Este espléndido lienzo, por su profundo dramatismo, es una obra que escapa de las características habituales de la pintura de Murillo. La Virgen está sentada en un banco corrido tal como solía representarse en la década de 1650. De frente y, emergiendo de un fondo intensamente oscuro, se nos muestra su rostro con un dolor contenido, elevando los ojos al cielo y abriendo las manos en un gesto de petición de amparo. Este gesto también podría interpretarse como la expresión de la pérdida de su Hijo y la ofrenda que Ella hace de su dolor, dolor intenso pero no estridente, que la diferencia de otras versiones del tema realizadas por otros pintores de la época.