Entre 1567 y 1568 El Greco decidió trasladarse a Venecia con el fin de convertirse en un artista occidental. En la Ciudad de los Canales existía una próspera colonia cretense, la isla dependía de la Serenísima República desde 1204, que contaba con iglesia propia. Encontramos en esa colonia a algunos pintores dedicados a la elaboración de iconos para sus compatriotas, introduciendo ligeras novedades italianas pero manteniendo el bizantinismo en sus trabajos. Doménikos desea avanzar en su pintura por lo que se introduce en los talleres de los grandes maestros venecianos que trabajaban en aquellos momentos, Tiziano y Tintoretto, sin olvidar a Veronés o Bassano. Desconocemos datos que avalen esta formación en algún taller concreto pero se aprecia claramente en sus obras una sincera evolución respecto al periodo cretense - véase "Dormición de la Virgen". El pintor, tras abandonar Creta, se estableció, en 1567, en Venecia, ciudad que dejó hacia mediados de 1570 para trasladarse a Roma, que fue su última etapa en Italia, antes de su traslado a España en 1577. De los diez años que el Greco pasó en Italia quedan muchas lagunas por completar, tanto a nivel profesional como personal, aunque a lo largo del siglo pasado el catálogo de obras de esos primeros años se ha ido incrementando. La Última Cena es un tema con poca repercusión dentro de su repertorio, sin embargo el Greco trató este asunto en una tabla conservada en la Pinacoteca Nazionale de Bolonia, fechada hacia 1567-1570, que se inscribe de lleno en sus años italianos. La pintura representa a Cristo en la Última Cena con sus apóstoles, antes de sufrir su Pasión. El espacio pictórico, representado en perspectiva, tiene poco volumen corporal y parecer estar suspendido sobre el aire. La concepción de este episodio sagrado, así como el resultado, son bastante diferentes de los que encontramos en la tela del Museo Thyssen-Bornemisza. En esta Última Cena se observa un acentuado interés hacia la perspectiva al ubicar la escena en un interior con varias puertas, que produce una limitación extrema del espacio, que indica su transición, o mostrar las baldosas del suelo, el pintor ha trazado una marcada diagonal con la mesa, que recorre la estancia de un extremo a otro y que nos conduce al final de la sala, mientras los apóstoles se van acomodando a su lado y en los laterales. Las figuras se sitúan alrededor de una mesa cubierta por un mantel blanco, presidida por Cristo en el centro de la mesa se dispone a bendecir vestido con túnica roja iluminada por un potente foco de luz que absorbe el color, convirtiéndolo en blanco. [Destacan las actitudes de los apóstoles, resueltas con acierto y empleando distintos modelos y colores. Se aprecia un barniz oriental, aunque la pincelada rápida permite anticipar uno de los rasgos más distintivos del artista durante toda su producción pictórica. El óleo, como la crítica ha subrayado, recuerda trabajos de Tintoretto en los pormenores de la composición y de Veronés en el derroche de anécdotas que envuelven el episodio.