El pintor genovés Alejandro Semino fue el elegido por el Ayuntamiento de Toledo para decorar el retablo de la Capilla Oballe en la iglesia toledana de San Vicente, fundada por doña Isabel de Oballe. Al fallecer el artista sin haber iniciado los trabajos, se pensó en El Greco como el maestro idóneo para dicho encargo, produciéndose algunas alteraciones con respecto al diseño de Semino. El pago se concertó en 1.200 ducados y Doménikos debía acabar en un plazo de ocho meses, a contar desde diciembre de 1607. Como era costumbre en el cretense, no cumplió el plazo de entrega, acabándolo en 1613 por lo que el Ayuntamiento no pagó todo lo acordado al candiota ya que éste falleció en abril de 1614. El retablo de la Capilla Oballe está presidido por la Asunción, considerada en algunas ocasiones como Inmaculada Concepción. La pintura sin duda representa la Inmaculada Concepción, a pesar de que a menudo se ha referido como un Asunción. Los distintos atributos de la Virgen: rosas , lirios , espejo, fuente de agua clara, son propios de la representación del Misterio de la Inmaculada, y aparecen al pie del cuadro a la derecha. Un ángel parece elevar a la Virgen llevándola hasta el Espíritu Santo, que aparece en la parte superior, y María coloca sus brazos en la típica postura de la Inmaculada. La figura de María preside la escena al situarse en el centro de la composición, organizada a través de una espiral ascendente que refuerza los escorzos de algunas de las figuras. De esta manera muestra su influencia manierista. Alrededor de María se distribuyen diversos ángeles y querubines, conformando una especie de óvalo. En la zona izquierda baja encontramos una nueva visión de la ciudad de Toledo, de la misma manera que en San José o San Martín de años anteriores. Toledo se presenta con una luz sobrenatural, abundando los tonos verdes y grises azulados. La emoción espiritual de la escena se refleja en efectos meteorológicos : el sol y la luna brillan simultáneamente mientras explosiones de luz irrumpió entre las nubes como el fuego. La luz y el color de la Escuela veneciana protagonizan esta delicada imagen, añadiéndose tonalidades manieristas; los rojos, azules, amarillos y verdes se distribuyen por el lienzo acentuados por los focos de luz. Allí donde incide la iluminación, el color en cuestión se convierte en blanco. El Greco muestra en esta obra las características distintivas de su estilo tardío. Las figuras, excesivamente alargadas, muestran el tradicional canon flamígero de El Greco. Sus cuerpos apenas se perciben bajo los ropajes, convirtiendo su materia en espíritu. Las cabezas se hacen pequeñas, los cuerpos se acortan y las piernas se estiran para crear la sensación de que estamos alejados de la realidad y nos acercamos al mundo celestial. La escala ordenada, la recesión espacial y la precisión anatómica se han subordinado a los imperativos de la experiencia visionaria . Los colores son puros, sin mezclarlos. El Greco incluye en esta una naturaleza muerta, los lirios y las rosas, que parecen pertenecer al reino terrenal, su inclusión se intensifica en la transición visual de lo terrenal a lo místico. La pintura es la gran culminación de la carrera de El Greco. Ningún artista ha sido capaz de expresar de manera tan convincente el infinito: una infinidad de colores y luces, una infinidad de movimientos y del espacio. Esta expresión de la realidad espiritual del universo sólo es posible lograrla por la retirada de este mundo. La tierra, simbolizada por la vista de Toledo, ya es un fantasma. todo lo penetra y logra captar el infinito. Esta obra es quizás la más notable realización del éxtasis espiritual en la pintura, y una de las mayores obras maestras de color. Un solo detalle - la ofrenda de flores , la apertura de un ala, el manto de la Virgen transfigurado por la luz - es una experiencia conmovedora en sí mismo. En la misma Capilla se colocaría la escena de la Visitación, aunque no estaba colocada cuando se dio por concluido el conjunto en 1613, quizá por alguna variación en el programa decorativo.