El entierro del señor de Orgaz, es un óleo de El Greco, pintado sobre lienzo de 4,80 x 3,60 metros. Fue realizado entre los años 1686 y 1588, para la iglesia parroquial de Santo Tomé de Toledo, por encargo del párroco Don Andrés Nuñez, para situarlo en una capilla lateral de la iglesia. Se encuentra conservado en este mismo lugar, y se considera una de las mejores y más admiradas obras del autor, visitándolo anualmente cerca de medio millón de personas, tanto es así, que es reconocido como una obra maestra por los propios contemporáneos toledanos. Siendo a nivel técnico y de seguridad, una de las obras más mimadas por Bellas Artes. Gonzalo Ruiz de Toledo era señor de Orgaz, hombre piadoso y benefactor de la parroquia de Santo Tomé. El Entierro del Señor de Orgaz, empieza con un pleito y termina con un pleito. Las razones de este encargo se hallan en el pleito que mantuvo el párroco con los vecinos de Orgaz, al negar estos seguir ayudando a su parroquia. El pleito es ganado por este y decide levantar una capilla sobre la tumba del Señor de Orgaz. El Greco tiene que representar una pintura conforme al contrato y encargo de Nuñez. El cuadro de El Greco representa el milagro ocurrido en 1323 cuando se iba a enterrar al señor de Orgaz y bajan del cielo San Esteban y San Agustín para enterrarlo con sus propias manos. El lienzo está pintado en estilo manierista en general, destacando en él, sobretodo, como está pintado y no tanto lo que está pintado. El cuadro visto a distancia, en la soledad de la sala expuesto es un cuadro frio, pero cuando se acerca el espectador, es la de un cuadro que nos impresiona, una pintura colosal. tiene además una serie de características  que permiten encuadrarlo en esta tendencia. Se puede decir que El Greco sigue aquí una composición propia que no está influenciado por un pintor concreto. En primer lugar, el uso de la luz amarillenta y escasa, un tanto artificial, que no emana de una fuente concreta. La luz existe casi exclusivamente en la parte superior, en la que pinta una luz diáfana. En la terrenal la iluminación no pertenece a la observación natural, ya que si la luz la aplicase de esta forma, veríamos los contrastes  entre luces y sombras que modificarían las antorchas que portan alguno de los personajes, la luz proviene exclusivamente de las vestiduras, sin un foco concreto, las casullas tienen un fastuoso color, pero no se aprecia en ellas un foco de luz. Por otro lado podemos destacar otra característica del manierismo como es la de rellenar todo el espacio pictórico, el "Horro vacui", lo que se aprecia tanto el parte terrenal, como en la celestial en donde aparecen un sin fin de bienaventurados que llenan por completo la escena. Otra característica del manierismo es el predominio del color, lo que se observa en los colores llamativos y vistosos que emplea en esta pintura, como en las casullas de los santos y en general el predominio del color en la parte celestial, alcanzando su culmen en la representación del alma del difunto, en donde queda plasmadas unas pinceladas de color, desapareciendo totalmente la línea. Otro recurso manierista es el alargamiento de las figuras. Hasta entonces el canon, es decir la medida con la que se representa las figuras, era vitruviano, esto, es la altura tenía que tener ocho veces y media la altura de la cabeza. Pero el Greco era un pintor manierista buscando una belleza de las formas a través de su estilización y reflejado fundamentalmente en la parte celestial, tomando este recurso de la escuela veneciana, de Tintoretto y Parmigianino y de Miguel Ángel. Es curioso, como consecuencia del manierismo, que no existe profundidad en la escena, por lo que no observamos ni suelo, ni fondo, ni casi podemos afirmar que la escena se representa al aire libre o en el interior de una cripta, en la que no aparece ninguna sepultura. También es propio del arte manierista las figuras recortadas como se aprecia en los laterales del cuadro. De todas formas aunque sea un pintor manierista, El Greco crea un estilo propio y de difícil clasificación en una escuela, como lo prueban los diferentes pleitos que el pintor mantuvo en su carrera pictórica al reflejar en sus cuadros un arte liberal y propio alejado de toda ortodoxa. De todas formas en este cuadro El Greco resume su espiritualidad y religiosidad, dejándonos en esta pintura una lección teológica del juicio particular, en la que las almas al morir se desprenden del cuerpo y se dirigen al cielo en la otra vida para ser juzgadas por Dios en la persona de su Hijo, determinando a quienes se les abre el cielo o quienes son condenados para toda la eternidad. El Greco sabe y cree en la doctrina, siguiendo a San Pablo, que todo hombre al morir tiene que comparecer ante el tribunal de Dios. La otra verdad a nivel teológico es el poder de intercesión de los santos, pintando en primer lugar a La Virgen Santísima, a San Juan Bautista y a San Pedro que están intercediendo por el alma del Conde de Orgaz. Este cuadro, a diferencia del martirio de San Mauricio, encargado para El Escorial, si le hubiera gustado a Felipe II, pues en su composición se revela toda la mística de su época, con su testimonio histórico, religioso y social de ese siglo, que está presente en la obra, y con el mismo retratado en la segunda fila de la procesión celestial de los bienaventurados. El Greco resume aquí lo aprendido en sus comienzos en las pinturas religiosas bizantinas. El cuadro representa las dos dimensiones de la existencia humana: abajo la muerte, arriba el cielo. El Greco se lució plasmando en el cuadro lo que constituye el horizonte cristiano de la vida ante la muerte, iluminado por Jesucristo. Distingamos, la parte terrenal y celestial, separando ambas unas densas nubes, perfectamente delimitadas por El Greco y entre las que se le ha ocurrido dejar un pequeño espacio para la ascensión del alma. En la parte superior, el pintor describe el cielo. El Greco dibuja a  Jesucristo glorioso, luminoso, vestido de blanco, entronizado como juez de vivos y muertos. Entre el cielo y la tierra, en la parte central del cuadro, el lazo de unión es el alma inmortal del señor de Orgaz, llevado al cielo por manos de un ángel, que se "hace cargo" de ella, sujetándola la introduce, entre nubes, a la presencia celestial. ¿Pero cómo se puede pintar el alma? El Greco la representa como una crisálida, con forma de niño, y que puede ser la parte de la composición que menos guste al espectador, pero tenemos que fijarnos bien  en ella, para su perfecta compresión. En esta visión divina donde va el alma que sube del difunto, El Greco representa el cielo dominado por la figura central de Jesucristo Resucitado, en el lugar con más luz del cuadro lo ocupa quien es Luz del mundo. Aparece de forma gloriosa, vestido de blanco, como juez de vivos y muertos, como ordenando a San Pedro que abra las puertas del cielo, portando las llaves tal y como lo atestigua su atributo pictórico. En la representación de Jesucristo como juez la crítica establece una relación entre este Cristo y la figura de los pantocrátor medievales. Bajo la figura central aparece la Virgen María vestido de rejo y azul según la tradición, de rojo como copartícipe de la Pasión de Cristo y azul como color de la esperanza en el cielo. La representación responde a la Déesis bizantina que es la representación de Cristo flanqueado por la Virgen María y San Juan Bautista rodeado de santos y ángeles. El gesto de la Virgen es como de acoger maternalmente al señor de Orgaz que llega al cielo. La Virgen, acoge maternalmente el alma del señor que llega hasta el cielo. La Virgen la representa como intercesora en la que ayuda al alma a elevarse y poder integrarse en el Cielo con las otras almas que a lo largo de la Historia se han hecho merecedores de él. Esta representación de la Virgen como intercesora será uno de los argumentos contrareformistas más utilizados posteriormente en el Barroco, con el fin de contrarrestar las doctrinas protestantes. Las formas características de El Greco acentúan la belleza de lo ultraterreno; el tono frío y al mismo tiempo intenso y deslumbrante del color y la iluminación subrayan la pertenencia a otro ámbito. A la derecha del cuadro aparece, en primer lugar, San Juan Bautista con vestimenta de piel de camello, como primero entre los hijos de mujer; junto a San Pablo de violeta, con la espada de su martirio y Santiago de peregrino con la concha. En segunda fila está Santo Tomás, de verde y amarillo, titular de la parroquia, es reconocible por la escuadra de arquitecto. A la izquierda del cuadro se ve a David con el arpa, Moisés con las tablas de la ley o Noé con el arca. Los ángeles aparecen por toda la composición distribuyéndose conforme con la disposición propuesta por el mismo San Agustín. Los ángeles serían los personajes celestiales más cercanos a los humanos y los representa lo más parecido a los mortales, mientras que los serafines y querubines los sitúa alrededor de los celestiales. Se destaca también la forma expresionista que presentan las almas de la derecha, que nos recuerdan "El grito" de Munch. En la parte inferior, que tiene forma como de cripta, el centro lo ocupa el cadáver del señor, que va a ser depositado con toda veneración y respeto en su sepulcro Las conjeturas para identificar a los personajes de la época retratados en el cuadro han sido muchas, pero sólo se puede afirmar con rotundidad la de dos o tres personajes. El pajecillo semiarrodillado en primer término a nuestra izquierda. Es Jorge Manuel, el hijo del Greco, cuando tenía 10 años. Se cuenta la anécdota de que al finalizar la obra, los contemporáneos le alabaron el cuadro ¡Qué cuadro tan bonito! a lo que el Greco respondió, más bonito que la pintura es la figura que he pintado de ese niño, que es mi hijo. Un pañuelo que sale de su ropa testifica su edad, puesto que indica la fecha de su nacimiento. El niño esta como dentro y fuera del cuadro, de espaldas al mismo y no necesita mirar, porque sabe lo que va a ocurrir, señalando con su dedo la escena del milagro. Podemos distinguir entre los personajes de primera fila y en una segunda en un posterior plano una serie de caballeros de la sociedad toledana, suceso un tanto anacrónico, pues el suceso habría ocurrido varios siglos antes, probablemente, feligreses de la propia parroquia llevando cuello cervantino y una barba afilada que se resalta el alargamiento de los rostros. En la fila del centro una serie de personajes contemporáneos de El Greco, y el retrato del mismo Greco que nos mira de frente. El personaje de barba canosa, al otro lado de la escena, con la cara casi de perfil. Es Alonso de Covarrubias, un clérigo íntimo del Greco. El artista invita al espectador a adentrarse en el misterio y milagro que está ocurriendo, de la misma manera que hace el pequeño señalando con su dedo al personaje central. Para tan solemne ocasión han bajado dos santos del cielo: San Agustín, y San Esteban. San Agustín sujeta al señor de Orgaz a nuestra derecha. Es uno de los Padres de la Iglesia. Ataviado, en este caso, con rico ropaje litúrgico de obispo bordada en oro, tocado con mitra, también bordada. En la iconografía católica es fácil reconocer a san Agustín, como anciano, con su barba, su báculo –que en esta ocasión no lleva- y su capa y portando sobre su cabeza la mitra obispal. Parece que su casulla es un bordado. La riqueza de su capa permite observar que el pintor ha retratado –de arriba abajo- a san Pablo, Santiago el Mayor y santa Catalina de Alejandría. Está demostrado que el rostro de San Agustín corresponde al del Cardenal Quiroga. El santo más joven es San Esteban que sujeta al señor de Orgaz a nuestra izquierda de las piernas. San Esteban es el primer mártir de la Iglesia. Representado por un joven con dalmática diaconal en la que lleva bordada la escena de su propio martirio, ambas casullas contrastan con las negras vestiduras de los caballeros toledanos. El cura con roquete, de espaldas al espectador hace caso omiso al propio entierro, contemplando cómo el alma se introduce en el cielo. Destaca la transparencia de la sobrepelliz. que viste de tul o gasa, que parece ser de nylon moderno, porque es totalmente transparente, y que es posiblemente una de las cosas más fabulosas que tiene la pintura.  Se sabe que el color blanco es una de las cosas mas difíciles de representar en pintura, también se aprecia en la túnica blanca de Cristo, en la parte alta del cuadro y que permanece inalterable después de cuatrocientos años. Se cree que se trata de Pedro Ruiz Durón, ecónomo de la parroquia. El sacerdote que celebra el responso, es el propio párroco que figura revestido como tal, con capa pluvial negra con dorados, que asiste al entierro de forma anacrónica. En la capa que viste, se observa un retrato de santo Tomás con escuadra de carpintero, y una calavera negra. Llama la atención la palidez mortal del Señor de Orgaz y la armadura que viste con sus brillos metalizados, con un despliegue de realismo y verismo, donde El Greco demuestra haber aprendido todos los recursos de la pintura y el manejo de las texturas. En la parte opuesta el pintor sitúa a un fraile franciscano, y un agustino, con esa mano expresiva, en la que parece estar volando sobre el cuadro, en la que el fraile agustino está consolando al franciscano por la muerte del Señor de Orgaz y parece estarle diciendo: "ten fe en el milagro". El luto y la seriedad en los semblantes destaca por encima de todo. Todos los labios están sellados. Contrasta el tropel con el que se sitúan los personajes, con el orden de la parte superior. Algunos rostros no están completos. Las formas características de El Greco acentúan la belleza de lo ultraterreno; el tono frío y al mismo tiempo intenso y deslumbrante del color y la iluminación subrayan la pertenencia a otro ámbito.  Es curioso como El Greco también pinta al señor de Orgaz con armadura lujosa, no humildemente envuelto en una mortaja o un hábito de mendicante, como era en realidad.