El rico comerciante toledano Martín Ramírez cedió unas casas a santa Teresa con el fin de fundar en Toledo el quinto convento del Carmelo descalzo. Su muerte interrumpió este propósito y los herederos decidieron construir en dicho lugar una capilla bajo la advocación de San José, con trazas de Nicolás de Vergara el Mozo y consagrada en1594. Se construyó en los últimos años del siglo XVI, concebida como oratorio privado con función funeraria de su fundador, acoge a ambos lados del altar mayor los sepulcros de los fundadores. Tras más de una década sin recibir ningún gran encargo, en el año 1596 se abrió para El Greco una época de prosperidad, en diciembre contrató el retablo mayor del Colegio de Doña María de Aragón en Madrid, al año siguiente el del Monasterio de Guadalupe de Cáceres y en diciembre de ese año el de la capilla de San José. Los retablos y pinturas de su interior fueron encargados a El Greco. El 9 de noviembre de 1597, El Greco firmó un contrato para ejecutar una serie de pinturas para la nueva construcción dedicada a San José, santo preferido de Santa Teresa. La pieza central del esquema decorativo iba a ser una pintura de San José y el Niño , con la coronación de la Virgen por encima de ella . Estos dos cuadros que figuran en un retablo de estilo palladiano diseñado por El Greco , aunque fueron alterados por las adiciones barrocas alrededor de 1665, están todavía in situ , la limpieza reciente reveló su calidad magistral. El retablo central, considerado el más innovador de los realizados por el artista, muestra los dos  únicos lienzos originales del pintor que hoy se conservan en ella, San José con el Niño y, en el ático, una Coronación de la Virgen. Los cuadros de los retablos laterales. La capilla, de propiedad privada, ha pertenecido siempre a la misma familia, hoy los Marqueses de Eslava, y mantiene intacto su ambiente original, tal como El Greco la decoró en su momento. La historia de la capilla, sin embargo, tiene un lado oscuro. En las paredes laterales de la capilla hoy pueden contemplarse copias de obras tan emblemáticas de El Greco como San Martín y el mendigo, la Virgen con el Niño, Santa Inés y Santa Martina. Dos esculturas de David y Salomón , situadas a ambos lados del altar mayor , fueron diseñadas también posiblemente por El Greco. En el contrato la fecha del mes de agosto se estableció para la terminación en 1598, sin embargo , la decoración se completó sólo a finales de 1599. Los cuadros originales laterales fueron adquiridos por la National Gallery de Washington. Con la exposición de 1907 El Greco comenzó a ganar fama y en 1908 el Conde de Guendulaín, patrono de la fundación de la Capilla vendió los cuadros laterales a un marchante francés por 300.000 francos y posteriormente  San Martín y el mendigo y La Virgen con el Niño, Santa Inés y Santa Martina, fueron adquiridos a comienzos del siglo XX por el magnate estadounidense Widener para su colección de Filadelfia, pasando en 1950 a la National Gallery de Washington, donde se encuentran. Porque lamentablemente, como comenta el propio Marqués de Eslava, Luis Fernando Londáiz y Mencos, "nadie quiso comprarlas en su momento", cuando el anterior propietario, el conde de Guendulain las puso a la venta. Primero pasaron a manos de un anticuario francés sin que ni Ayuntamiento, ni Arzobispado ni Gobierno Civil de la época, allá por 1906 movieran un solo dedo para que permanecieran en Toledo, después la historia terminaría llevándoselas hasta Estados Unidos, aunque hasta junio, todas ellas  hayan vuelto, eso sí temporalmente, y puedan verse en la exposición que ofrece el Museo de Santa Cruz. El encargo para la capilla de San José comprendía las labores de arquitectura y pintura del retablo mayor, con dos lienzos: San José con el Niño Jesús y la Coronación de la Virgen, y de otros dos retablos laterales, uno con San Martin y el pobre y el otro con la Virgen y el Niño con Santa Marina y Santa Inés. La capilla fue dedicada a San José, santo preferido de Santa Teresa- "El padre de mi alma"- porque era la intención original del fundador, Martín Ramírez construir una capilla para ella. Era de los conjuntos más bellos y expresivos de los realizado por El Greco. Conserva el retablo mayor, el cuadro advocación con San José caminante, llevan en su mano un cayado y agarrando con la otra mano al Niño Jesús que va a su lado. Como fondo se ve uno de los paisajes nocturnos de Toledo, más impresionantes.  San José se muestra como una figura de la confianza y la protección al Niño Jesús, que indica el camino, con ello se pretende promover la idea del padre como guía y protector. Esta escena de amor paternal, la más íntima entre el padre y el hijo, muestra el cariño entre ambos manifestado por sus ademanes. San José amaba con verdadero amor paternal a Cristo. Su corazón estaba unido de tal forma al de Jesús, que mucho antes que San Juan se recostara sobre el pecho del Señor, ya San José conocía plenamente los latidos del Corazón de Cristo y aún mas, Cristo conocía perfectamente los latidos del corazón de su padre virginal, puesto que toda su niñez la pasó recostado del pecho de su padre. La obra fue valorada en 1599 por los tasadores en 31.328 reales, el triple que lo que había costado el Entierro del señor de Orgaz. No debemos olvidar que en este encargo de San José se incluía también la arquitectura de los retablos. Estamos ante uno de los primeros ejemplos de la pintura occidental en el que San José es el protagonista principal del cuadro. No hay ninguna ambigüedad 'manierista' en la relación de la figura. El sujeto es un paralelo a la de Santa Ana enseñando a la Virgen, y es un extracto del tema del Niño Jesús caminando entre la Virgen y San José. El santo itinerante toma hacia si al Niño vestido con una túnica, con lo que se pretende promover la idea del padre como guía y protector. El Niño se abraza al santo, mientras que él baja su mirada para contemplarlo y con su mano acaricia su cabecita. El santo de imponente estatura. Esta escena del amor paternal, la más íntima entre padre e hijo. Esta imagen de amor paternal fue desconocida durante la Edad Media. Durante el siglo XVII se exaltó el culto a San José, asociado con la santa infancia, surgiendo así una sensibilidad entorno a ella. Una obra representativa de este cambio de mentalidad fue la realiza por El Greco en este lienzo. Camón Aznar define muy bien el espíritu del cuadro: "fiel a las puras referencias bíblicas, El Greco no concibe a San José, según la manera occidental, en quietos oficios de artesanía, sino andariego y vigilante, conductor y servidor de las vocaciones de Jesús". Vemos su enorme figura en primer plano, representado como un caminante, protegiendo y guiando al Niño. El pequeño se abraza a la cintura del padre mientras éste le protege con su amplia mano izquierda. En la derecha el Santo Patriarca porta un cayado. Representado como un hombre joven, según la ideología católica del siglo XVI producto del Concilio de Trento, muestra su amor paternal hacia Jesús y es coronado por los ángeles de la parte superior. Tras las figuras se observa el paisaje de la ciudad de Toledo, que ha tenido que ser dividida en dos partes para no omitir ninguno de sus importantes monumentos. Bien es cierto que Doménikos renuncia en la mayor parte de sus obras al paisaje pero cuando recurre a él, sitúa las figuras en primer plano y en un reducido espacio de terreno, con la ciudad en la lejanía; casi siempre emplea tonalidades verdes, azules y grises que le otorgan un cierto aspecto fantasmal y dramático, reforzada esta idea por los oscuros nubarrones. Resulta interesante el contraste entre la zona superior del lienzo y las figuras protagonistas; los ángeles están totalmente escorzados, colocados boca abajo para crear una perfecta sensación de movimiento. Portan varas de lirios que simbolizan la pureza y guirnaldas de laurel y de rosas, símbolos de triunfo y de amor respectivamente. San José y el Niño están estáticos, dando la impresión de haberse detenido en el camino. El canon estético empleado por El Greco abandona la proporción tradicional de uno a siete - la cabeza es la séptima parte del cuerpo - para tomar medidas mucho mayores, de una cabeza por nueve partes de cuerpo. Esto hace que sus figuras tengan una enorme estilización a pesar de la amplitud corporal heredada de Miguel Ángel. Las tonalidades oscuras dominan la composición, destacando entre ellas el brillante color rojo de la túnica de Jesús o el manto amarillo del santo. Gracias a la iluminación se resalta al pequeño Salvador de la Humanidad que mira a los espectadores para hacerlos cómplices de su futuro. Los colores, el ritmo de las figuras parecidas a torres de José, expresan perfectamente el significado de la pintura.