Esta obra  perteneciente a la época de madurez de El Greco representa, el casamiento de la Virgen. El cuadro se encuentra en el Museo Nacional de Arte de Rumanía, Bucarest. Mide 110 x 183 cm. Tema extraño en la obra de El Greco, donde sólo aparece en una única ocasión. De ejecución tardía , está inacabado y revela todo el exacerbamiento final con  que El Greco cierra su trayectoria artística. El matrimonio de la Virgen se narra en los evangelios apócrifos y en la Leyenda Dorada de Jacobo de la Vorágine en donde se cuenta el suceso de la vara florida que sirvió para designar a san José como esposo de María. El Greco, sin embargo, omite estos detalles y dando muestras de de su enorme capacidad inventiva y renovadora , a pesar  de lo avanzado de su edad , crea una de las escenas más brillantes y coloristas de sus años finales. La acción captada en el momento del "conjunctio manuum", transcurre en el  interior de un templo , del que intuimos el fondo columnario que, a pesar de la abstracción con que se ejecuta, crea la referencia escenográfica necesaria para la ubicación espacial. Supone además una alusión simbólica al templo de Jerusalén donde se educa la Virgen. Contrasta con el detallismo con el que se  proyecta la solería, que ayuda a introducir tanto al espectador como a ubicar a los personajes. Tanto que el cuadro sea de la última época de El Greco, como que los expertos coincidan en que está inacabado y que sean los únicos “desposorios” pintados por el fantástico artista, corroboran que se trata de una parte del retablo que debería haber sido instalado en la Virgen del Prado. Disputas políticas de poder impidieron que El Greco realizase el retablo de la Virgen del Prado en Talavera, según puso de manifiesto el profesor Gayarre, el enfrentamiento que mantuvo El Greco con el Ayuntamiento de la ciudad con el vicario rector del templo dedicado a Nuestra Señora del Prado por la iniciativa de encargar el retablo al Greco, y que terminó con la rescisión del contrato y que la obra se encargase a un artista local. La situación se enconó de tal manera, que en un momento determinado, el vicario, Juan de Avellaneda Manrique, se ofreció para correr con los gastos del retablo por la importante cantidad de 2.000 ducados acordados con el pintor cretense afincado en Toledo. Para Gayarre El Greco ya lo había comenzado a realizar. Este cuadro podría ser por sus medidas el número 90 del “inventario” del pintor, “Unos desposorios de Ntra. Sra. de bara de ancho i bara y quarta de alto” ( vara castellana o vara de Burgos, de aproximadamente 83,5 centímetros, múltiplo del pie castellano de aproximadamente 27,8 centímetros. La disposición de las figuras es la siguiente; en medio del grupo, el gran sacerdote con todos los ornatos, en la cabeza la  resplandeciente mitra y sobre los hombros una plateada casulla. El sacerdote tiene entre las suyas la mano de María para ponerla en la de José. La excelsa desposada lleva un manto azul celeste y a través de un velo muy pálido de gasa azulada, apenas si se descubre el perfil de la virgen. San José lleva, bajo los rasgos del pintor, una túnica verde-morada. Cubierta a medias por un manto amarillo. A la derecha hay dos hombres y a la izquierda dos mujeres, ricamente vestidos. A pesar de la fuerte abstracción con la que se resuelve la composición se ajusta a uno de los esquemas más simétricos y equilibrados de los realizados por Doménikos. Concede todo el protagonismo a las figuras centrales que, reducidas a la gran mancha cromática de los ropajes , adoptan la forma propia de la estilización final. Son cuerpos gigantescos y casi espectrales aunque volvemos a reconocer algunos de los tipos más queridos por el cretense. El rostro de la Virgen responde a la fisonomía femenina que ya creará años atrás , al igual que la figura de san José. En el centro, el sumo sacerdote hace la apariencia de Dios padre, de barba cana a las que nos tiene acostumbrados en las distintas composiciones del Bautismo de Cristo; tras él, vuelve a colarse el anciano que clava la su mirada en el espectador y en el que volvemos a reconocer la presencia distante y escéptica del propio pintor. Llama la atención la brillantez y riqueza del colorido a base de blancos, amarillos y azules en los que se compone como uno de los conjuntos más luminosos de todos los que concibiera El Greco y en el que da muestras de la valentía de ese arte final que Pacheco calificara de " crueles borrones " aunque en esta ocasión tomen la apariencia de fluidas y vibrantes pinceladas,