Es una de las obras más destacadas del pintor renacentista Doménikos Theotókopoulos, El Greco. Se conserva en la Catedral de Palencia, y es la obra cumbre de su museo catedralicio. Se trata de una pintura realizada al poco de la llegada a España del pintor cretense, y presenta fuertes influjos de la pintura italiana contemporánea, que El Greco había tenido ocasión de conocer durante sus estancias en Roma y Venecia.  Esta obra de gran tamaño muestra la figura de cuerpo entero del santo, que aparece de pie y desnudo, y con una flecha en el costado, cubierto tan sólo por un paño de pureza. Aparece de frente, con la mirada elevada hacia el cielo; los brazos atados a un tronco seco. Siete flechas asaetean al joven. Tres de ellas están clavadas en el lado izquierdo del torso (dos a la altura del pecho y otra en el abdomen); otras tres en el brazo, cadera y muslo derechos, la séptima se introduce en la ingle izquierda. Una octava flecha se ha clavado en el tronco. San Sebastián es un muchacho casi adolescente, imberbe y enjuto, de piel blanca. El espigado cuerpo se realza por estar situado sobre un pequeño  promontorio pedregoso donde destaca la representación nocturna del fondo, protagonizado por un cielo cargado de tormentosas nubes, y la vista parcial, en perspectiva muy baja, de dos de los hitos urbanos que definen el perfil de Toledo, el castillo de San Servando y el puente de Alcántara. La inestable postura del santo, con una pierna flexionada sobre una roca y la otra tocando la piedra con la rodilla y apoyada en el suelo, muestra un típico contraposto de raigambre clásica, y permite al artista mostrar detenidamente la musculatura del tronco y del brazo derecho, atado a la espalda. El otro brazo se encuentra extendido hacia el vértice superior derecho, con la mano caída, lo que acentúa la sensación de debilidad ante el martirio. El tronco y la cabeza se encuentran levemente inclinados hacia la izquierda, iniciando el cuerpo del santo una torsión o postura serpentinata típicamente manierista. Se ha señalado que tanto el aspecto heroico del santo, como el interés por el desnudo (muy poco común en la pintura española) y la postura inestable y forzada pueden ser ecos de la obra de Miguel Ángel, cuyas obras vio El Greco en Roma. El fondo presenta un cielo azul profundo con celajes blancos de aspecto metálico, típicos del pintor, y un breve paisaje con algunos árboles de tonalidades pardas y verdes, entre los que se mueven algunos personajes, muy diluidos en la lejanía, que pudieran ser los ejecutores del suplicio. La roca sobre la que se apoya san Sebastián lleva inscrita la firma del autor. El ambiente que rodea la figura es realista, incluyendo la representación exacta del árbol al que se ata al santo (una higuera), así como la veraz captación de su rostro. No hay referencia alguna a lo sobrenatural, salvo la mirada alzada al cielo del joven mártir. El artista utilizó una composición muy similar en una obra tardía, un San Jerónimo en penitencia, conservado en la National Gallery de Washington. El tema del martirio de san Sebastián lo trató el pintor en otro cuadro, igualmente de su época final y muy diverso formalmente del que tratamos, en el Museo del Prado. La gama cromática se presenta más reducida que lo habitual en el Greco, aun cuando presenta notable riqueza, destacando los matices grises y pardos de las carnaciones y el paisaje, en contraste con el brillante azul del cielo, velado en parte por las nubes. El tratamiento de la luz es interesante, con un foco lumínico cenital, pero destaca aquí la ausencia del rompimiento de gloria que posteriormente utilizará el pintor en obras de este tipo. El santo está resuelto con pinceladas gruesas y empastadas, al contrario del fondo, que las tiene más finas y sueltas. San Sebastián fue un oficial de la guardia palatina de Diocleciano (siglo III) que fue martirizado en Roma por mantenerse firme en su fe cristiana. Aunque su muerte se produjo tras ser apaleado, fue la representación de su primer martirio el que ha perdurado en la historia del arte. El apolíneo cuerpo de san Sebastián, atado en un árbol, aparece triunfante a pesar de mostrarse asaeteado por las flechas de los arqueros del emperador. En la Edad Media se convirtió en santo protector contra la peste, en el Renacimiento en una suerte de Apolo cristianizado y a finales del siglo XVI se valoraba su martirio como demostración máxima de la fe. Del Greco nos han llegado tres representaciones de san Sebastián, siendo esta del Prado la que puede considerarse más tardía. En torno a 1577, realizó la primera de ellas que se conserva en la catedral de Palencia, un ejemplar de gran calidad que responde a la producción temprana del Greco en España; una figura de anatomía y modelado poderosos que en esta versión del Prado, casi treinta años después, se convierte en una rítmica y quebrada línea ascendente, realizada por una sucesión de abruptas pinceladas que se imbrican en el magma del celaje. Nada sabemos sobre la procedencia inicial de la pintura, ni los motivos por los que fue cortada, aunque probablemente debió de producirse a finales del siglo XIX. La parte superior fue donada al Prado en 1959 por la condesa de Mora y Aragón, marquesa de Casa Riera, en honor de su padre, el marqués de Casa Torres. La tela inferior fue dada a conocer en 1962, siendo comprada por el Prado en 1987.  No se conoce con exactitud cómo llegó la pintura a la catedral palentina, ni cuál fue su ubicación original. Figuró en la exposición de "Las Edades del Hombre" que visitó la ciudad en 1999 con el nombre de "Memorias y esplendores". La obra apenas ha sufrido intervenciones y su estado de conservación es óptimo. Fue restaurada y limpiada con motivo de la exposición antológica de El Greco que se exhibió en Madrid, Nueva York y Tokio.