El Greco, visto el éxito que había alcanzado con el Expolio (1577-79), supo derivar de éste otras obras de carácter pasional, de mediano y pequeño formato y con un fuerte carácter devocional con las que pudo atender a una muy amplia clientela. Son obras de catálogo en las que la intervención del Greco y de su taller es, según el nivel del mecenas y la cuantía a pagar, altamente desigual. Surgen así producciones “en serie” como los Cristo abrazado a la cruz (Metropolitan Museum of Art, New York, c1580; Museo Parroquial del Santísimo Cristo de El Bonillo, c1598-1602; Museo del Prado, 1600-05; etc.) o las diferentes versiones de la Oración en el huerto entre las que se encuentra la que ahora comentamos. El pintor cretense abordó este tema tanto en formato horizontal (Toledo Museum of Art, Toledo, Ohio, c1590) como en vertical, siendo quizás la primera obra de esta índole el lienzo conservado en la Iglesia de Santa María de Andújar (c. 1600-05). En cuanto a la de Cuenca, posterior, aún siendo obra de taller, la intervención del maestro sigue predominando. El formato vertical permitió al pintor introducir algunas novedades y dividir en dos la escena. Esta distribución en vertical remite a las estampas con el mismo tema de Durero (Pasiones grande y pequeña y Pasión al buril), con los apóstoles Pedro –en un escorzo que El Greco repetirá en su Laooconte (1610)–, Santiago y Juan dormidos en primer plano mientras que al fondo, sobre-elevado en la mitad superior de la imagen, queda Cristo reconfortado por el ángel que le presenta el cáliz. La obra tiene como fondo la oscuridad de la noche, iluminada únicamente por un gran foco de luz. El principal foco lumínico procede de la izquierda, siendo una luz sobrenatural que llega con el ángel. Ese foco convierte los colores carmines y azules de la túnica y el manto de Cristo en blanco, allí donde incide con mayor fuerza. Sería una muestra más de su fuerte vinculación con la Escuela veneciana, en la que se inspiraría a la hora de representar el tema. Tiziano, Tintoretto o Bassano también habían realizado obras con esta temática que sirvieron de punto de partida a Doménikos. La dependencia del Manierismo se aprecia en algunas notas cromáticas y en el escorzo de los discípulos, encontrándose restos de su bizantinismo juvenil. A pesar de estas influencias. Destaca la postura reverente de Jesucristo y el escorzo de los apóstoles, en actitudes muy naturalistas que recuerdan al Manierismo. Cristo, sin embargo, sigue fielmente los cánones del simbolismo del arte bizantino. La pintura exalta la idea del sacrificio y de entrega de Cristo, cuya figura, etérea y como en éxtasis, destaca mediante el uso en su túnica del rojo pasional frente al dominio de una paleta de colores fríos; colores que, reforzados por la luz divina del ángel y por la nocturna de la luna que ilumina a los soldados guiados por Judas al fondo, ayudan a recrear una atmósfera onírica, irreal. El Greco resuelve la escena con un lenguaje totalmente personal, saliendo muy airoso del envite. Es éste un perfecto ejemplo de cómo El Greco, especialmente en sus últimos años, recupera técnicas aprendidas en su formación como pintor de iconos para, sacrificando la realidad de la representación, poder conseguir obras de mayor expresión espiritual.