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  4,23c Predicando el Evangelio del Reino A      4,23c Predicando el Evangelio del Reino A  
 

Análisis Doctrinal

          

[1] La palabra evangelio aparece ya en el Antiguo Testamento para anunciar una buena noticia, y en Isaías se usa para el anuncio de que Dios es rey [1]. Evangelio y Reino de Dios se enlazan en la expresión “Evangelio de Dios”. «Cristo, en cuanto evangelizador, anuncia ante todo un reino, el reino de Dios, tan importante que, en relación a él, todo se convierte en "lo demás", que es dado por añadidura. Solamente el reino es pues absoluto y todo el resto es relativo. El Señor se complacerá en describir de muy diversas maneras la dicha de pertenecer a ese reino, una dicha paradójica hecha de cosas que el mundo rechaza, las exigencias del reino y su carta magna, los heraldos del reino, los misterios del mismo, sus hijos, la vigilancia y fidelidad requeridas a quien espera su llegada definitiva. Como núcleo y centro de su Buena Nueva, Jesús anuncia la salvación, ese gran don de Dios que es liberación de todo lo que oprime al hombre, pero que es sobre todo liberación del pecado y del maligno, dentro de la alegría de conocer a Dios y de ser conocido por El, de verlo, de entregarse a El. Todo esto tiene su arranque durante la vida de Cristo, y se logra de manea definitiva por su muerte y resurrección; pero debe ser continuado pacientemente a través de la historia hasta ser plenamente realizado el día de la venida final del mismo Cristo, cosa que nadie sabe cuándo tendrá lugar, a excepción del Padre» [2]. Creer en el Evangelio, es creer en Jesús que se hace presente entre nosotros. Esta presencia del Reino de Dios entre nosotros, debe ser el contenido de toda predicación. Pero no se puede predicar lo que uno no ha vivido, sólo puede hacerse desde una "experiencia de fe". «El origen de la Sagrada Escritura no hay que buscarlo en la investigación humana, sino en la revelación divina, que procede del Creador de los astros, de quien procede toda familia en los cielos y en la tierra, de quien por su Hijo Jesucristo se derrama sobre nosotros el Espíritu Santo, y por el Espíritu Santo, que reparte y distribuye a cada uno sus dones como quiere, se nos da fe, y por la fe habita Cristo en nuestros corazones. En esto consiste el conocimiento de Jesucristo, conocimiento que es la fuente de la que

[1] Cf. Is.52,7  
[2]
Cf. Pablo VI. Exh. Apostólica Evangelii Nuntiandi. 8-9 VAHF

     

dimana la firmeza y la compresión de toda la Sagrada Escritura. Por esto es imposible penetrar en el conocimiento de las Escrituras, si no se tiene previamente infundida en sí la fe en Cristo, la cual es como la luz, la puerta y el fundamento de toda la Escritura. En efecto, mientras vivimos en el destierro lejos del Señor, la fe es el fundamento estable, la luz directora y la puerta de entrada de toda iluminación sobrenatural; ella ha de ser la medida de la sabiduría que se nos da de lo alto, para que nadie quiera saber más de lo que es justo, sino que abriguemos sentimientos de justa moderación, cada uno en la medida de la fe que Dios le ha dado» [3]. Y San Ambrosio comenta: «En todo momento tu corazón y tu boca deben meditar la sabiduría, y tu lengua proclamar la justicia, siempre debes llevar en el corazón la ley de tu Dios. Por esto te dice la Escritura: hablarás de ella estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado. Hablemos, pues, del Señor Jesús, porque él es sabiduría, él es la palabra, y palabra de Dios... Por esto, medita y habla siempre las cosas de Dios, estando en casa: Habla con prudencia, para evitar el pecado, no sea que caigas por tu mucho hablar. Habla en tu interior contigo mismo como quien juzga. Habla cuando vayas de camino, para que nunca dejes de hacerlo. Hablas por el camino si hablas en Cristo, porque Cristo es el camino. Por el camino, Háblate a ti mismo, habla a Cristo. Atiende cómo tienes que hablarle; Quiero: dice, que los hombres oren en todo lugar levantando al Cielo las manos purificadas, limpias de ira y de altercados. Habla, oh hombre, cuando te acuestes, no sea que te sorprenda el sueño de la muerte» [4]. El sacerdote debe ser para el resto de la comunidad un reflejo de Cristo, enseñando, anunciando, predicando la Palabra de Dios. «El sacerdote debe ante todo predicar la Palabra de Dios, raíz de toda la vida cristiana... su misión es siempre no enseñar su propia sabiduría, sino la Palabra de Dios, e invitar a todos a la conversión y santidad. Ahora bien, la presencia sacerdotal, que en las circunstancias actuales del mundo resulta no rara veces dificilísima, para que mejor mueva a las almas de los oyentes no debe exponer la palabra de Dios sólo de modo general y abstracto, sino aplicar a las circunstancias....(sigue)


[3] Cf. San Buenaventura. SPa I Pág. 225. Breviloquio Opera Omnia 5,201-202
[4]
Cf. San Ambrosio. Salmo 36