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  4,23d Y curando toda enfermedad y dolencia X      4,23d Y curando toda enfermedad y dolencia X   
 

Excursus 

El sentido cristiano del sufrimiento y el dolor y su valor en la economía de la salvación:  [1] Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?...” [1]. Este versículo que el Señor invoca en la Cruz, refleja la incomprensión del hombre ante el designio de Dios. Pero en la Cruz encontramos los cristianos la fuerza necesaria para combatir los dolores y sufrimientos de esta vida. Dice Santa Teresa Benedicta de la Cruz: «Siempre se nos ha presentado a San Juan de la Cruz como aquel que no deseaba para sí más que el sufrimiento y el desprecio. Nosotros nos preguntamos por el motivo de este amor por el sufrimiento. ¿Se trata solamente del recuerdo amoroso de la vía dolorosa de Nuestro Señor en la tierra, del ímpetu de un afectuoso corazón para estar humanamente más cercano a él a través de una vida que se asemeja a la suya? No parece que esto concuerde con la alta y severa espiritualidad del Doctos místico. Además sería como olvidar, en virtud del hombre de dolores, al Rey triunfante, al divino Vencedor del pecado, de la muerte y del infierno. ¿Acaso no nos ha liberado Cristo de la esclavitud? ¿No nos ha conducido y llamado a un Reino para que seamos hijos dichosos del Padre celeste? La visión del mundo en que vivimos, la necesidad, la miseria y el abismo de la maldad humana sirven para atenuar siempre de nuevo el gozo de la victoria de la luz. La humanidad lucha todavía en el barro y aún es más pequeño el rebaño que ha logrado ponerse a salvo en las más altas cimas del monte. La batalla entre Cristo y el Anticristo todavía no se ha dirimido. En esta batalla los seguidores de Cristo tienen su puesto. Y su arma principal es la Cruz» [2]. El dolor y el sufrimiento es un enigma que desconcierta al ser humano, desde siempre el hombre ha tratado de liberarse del dolor que comporta la enfermedad. Comprender el sentido del dolor y del sufrimiento es uno de los temas más complejos y profundos del pensamiento humano. El hombre sufre más profundamente cuando no encuentra una respuesta adecuada al sentido del dolor. El dolor es ininteligible y no ofrece base científica alguna, es un misterio que debe ser contemplado con respeto. «Pocas cosas hay más impresionantes que el desconsuelo y las lágrimas de un hombre hecho y derecho. Y sin embargo hay hombres que lloran y

[1] Cf. Ps.21,2

[2] Cf. Santa Edith Stein. Amor por la Cruz. Ed. M.E.C 12 Pág.257

     Cristo, que era perfecto Hombre, lloró también ante la ceguera de Jerusalén y la muerte de Lázaro, el amigo. El hombre adulto no llora por causas banales, sus lágrimas están siempre justificadas y tras ellas se oculta legítimo dolor o desventura. Pero, si eso es así, ¿cómo será posible tener por felices y afortunados a los que lloran? “¡Bienaventurados los que lloran!”, dice el Señor. Otra vez las palabras de Jesús encierran una desconcertante paradoja. El dolor que hace llorar repugna a nuestra naturaleza y para muchos constituye un misterio incomprensible. Tan gran misterio que no ha faltado quien llegara a confundir el dolor con el mal, ese mal cuya presencia en el mundo ha sido, desde hace muchos siglos, uno de los enigmas que más ha conturbado el corazón del hombre. Nada habría con todo más ajeno a la verdad que considerar el dolor como una hijuela del mal. Dios no permitió que ni aun siquiera la sombra del pecado, que es la quintaesencia del mal, mancillase a su Madre y por eso la hizo concebir Inmaculada. Pero María no fue  de ningún modo dispensada de la experiencia del dolor; junto a la Cruz de su Hijo, la Inmaculada fue la Virgen Dolorosa y pudo decir de sí las palabras de la Escritura: “mirad vosotros que pasáis por el camino y ved si hay dolor como mi dolor[3]. Los dolores de María, sus sufrimientos, fueron la contribución reservada por Dios a su Madre en la obra de la Redención de la familia humana» [4]. Si, “bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados[4], el dolor y el sufrimiento si se ofrecen como expiación, puede ser útil para gloria de Dios. Ante el enigma del dolor y de la muerte el hombre suele ver la realidad de la vida con otra visión, y a veces ocurre lo contrario, el sufrimiento es la causa principal del alejamiento de Dios. Dice San Juan de Ávila: «¡Oh palabra tan nueva a las orejas del mundo y dificultosa de creer! Si Cristo no lo dijera, ¿quién nunca vido por llorar ser bienaventurados, pues que el mismo llorar se tiene por grande miseria? Pues, en fin, conviene creer lo que la Verdad dice, que los que lloran son bienaventurados. Empero, no pensemos que habla....(sigue)

[3] Cf. Lm.1,12

[4] Cf. José Orlandis. Ocho bienaventuranzas Eunsa Pág.51

[5] Cf. Mt.5,5