S02.03 4,24c

INSTITUTO DE ESTUDIOS BÍBLICOS SAN MATEO
Omnia  in  gloriam Dei  Facite
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Mt.4,24c

LIBRO X (II) EXPLICACIÓN ANÁLISIS DOCTRINAL EXCURSUS

EXPLICACIÓN

           
        4,24c Aquejados de diversas enfermedades E  
 

a.      Aquejados de diversas enfermedades y dolores:

Palabras clave

Aquejado:                      Act.28,8

Enfermedad:                 Ps.103,2-3. Mc.1,34. Lc.6,18; 8,2. San.5,14-15

Dolor:                             Ps.18,5; 41,4-5. Ap.2,22

A.T.

Salmos

Ps.18,5            Me rodean olas de muerte, me aterraban torrentes de Belial, 6 me envolvían los lazos del seol, me tendían redes de muerte.

Ps.41,4-5         El Señor lo asiste sobre él. Mulle todo su lecho cuando cae enfermo. 5 Yo digo: ten piedad de mí, sana mi alma, que he pecado contra Ti.

N.T.

San Marcos

Mc.1,34           Y curó a muchos que padecían diversas enfermedades, y expulsó a muchos demonios, y no les dejaba hablar, porque sabían quien era.

San Lucas

Lc.6,18            Que vinieron a oírle y a ser curados de sus enfermedades. Y los que estaban atormentados por espíritus inmundos quedaban curados.

Lc.8,2              Y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y de enfermedades.

Hechos de los Apóstoles

Act.28,8        Coincidió que el padre de Publio se hallaba en cama, aquejado de fiebre y disentería. Pablo entró a verle, oró, le impuso las manos y le curó.

Epístolas Católicas

San.5,14-15    ¿Está enfermo alguno entre vosotros? Que llame a los presbíteros de la Iglesia, y que oren sobre él, ungiéndole  con el óleo en el nombre del Señor. 15 Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor le hará levantarse, y se hubiera cometido pecados, le serán perdonados

   

Explicación

San Mateo en este versículo nos presenta a Cristo como taumaturgo, las multitudes acuden a él en busca de salvación. Dios se hace hombre para anunciar e inaugurar el Reino de Dios. El hombre posee en su corazón  una innata capacidad para recibir a Dios[1]. Jesús viene al mundo para salvarnos, no le interesa la curación del cuerpo sino con vistas a la curación del alma. Sus curaciones atraen a los hombres, y le llevan a  los enfermos y todos los que se sentían mal. Jesucristo tiene una debilidad especial por los que sufren, por los que están también enfermos y tienen dolores, que se sienten solos, deprimidos, sin ganas de luchar y con muchas tentaciones. El comportamiento del Señor con los enfermos se aparta de lo que era normal en aquella época, ningún rabino de aquellos tiempos hubiera tocado a una mujer enferma. Muchas prácticas judaicas de aquella época eran consideradas impuras, Jesús dirá: “nada hay fuera del hombre que, al entrar en él, pueda hacerlo impuro; las cosas que salen del hombre, ésas son las que hacen impuro al hombre[2]. A Jesús le mueve, su compasión, el amor al prójimo, no permanece indiferente ante el dolor del prójimo, sufre con nosotros y uniendo nuestros padecimientos a los suyos, nos convertimos en corredentores con Cristo. Jesús acoge nuestra debilidad, que alcanzará su culmen en el misterio de la cruz, ofreciéndose por nosotros para nuestra salvación. Esa fuerza sanadora continua en la Iglesia, llamada a seguir los pasos de su esposo, y reconoce en toda persona que sufre una imagen de su Fundador. Convirtiéndose así en vehículo de salvación para toda la humanidad.



[1] Cf. Rom.5,5  
[2]
Cf. Mc.7,15

 

 
           

ANÁLISIS DOCTRINAL

           
  4,24c Aquejados de diversas enfermedades A      4,24c Aquejados de diversas enfermedades A  
 

Análisis Doctrinal

[1] En el corazón humano se halla grabado un ansia de felicidad, y el deseo de liberarse del sufrimiento y de la enfermedad y hallarle significado. El dolor oprime al hombre, pero el cristiano, aunque lo padezca, es ayudado por la luz de la fe, que le lleva a soportarlo con mayor fortaleza  y encontrarle sentido, sabiendo que Cristo se ha encarnado por nosotros y ha venido al mundo para salvarnos, ofreciéndose en sacrificio por nuestros pecados, y trayéndonos la vida sobrenatural[1]. Jesucristo se hace semejante a nosotros y “ha sido probado en todo, excepto en el pecado[2]. «La recuperación, la salvación del hombre caído, es la respuesta fundamental a la pregunta sobre el porqué de la Encarnación»[3]. Continuando la tradición de la Iglesia, San Anselmo en el siglo XI, ofrece remedio al hombre que sufre y que vive sometido al poder del demonio, con su teoría de la satisfacción[4]. Santo Tomás, siguiendo a San Anselmo, mantiene que el sufrimiento de Nuestro Señor es completo, «no sólo fue suficiente la pasión de Cristo como satisfacción de los pecados cometidos por la humanidad, sino sobreabundante»[5], su dolor alcanzará su culmen en el huerto de Getsemaní y dirá a sus discípulos: “Mi alma está triste hasta la muerte”[6], y San Ignacio comentado este pasaje, en sus ejercicios dice «dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, lágrimas, pena interna de tanta pena que Cristo pasó por mí»[7]. El cristiano debe encontrar el sentido del sufrimiento, en el sufrimiento de Jesús, en su muerte y resurrección y en las implicaciones que de ellas se derivan para toda la vida del creyente. «Cristo sufre por nosotros: toma sobre sí el sufrimiento de todos y lo redime. Cristo sufre con nosotros, dándonos la posibilidad de compartir con El nuestros padecimientos. Unido al sufrimiento de Cristo, 

        [1] Cf. Ioh.3,17
[2]
Cf. Heb.4,15  
[3] Cf. Juan Pablo II. Catequesis 3-II-88. Cristología. Jesucristo plenamente hombre 10 VAHF
[4]
Cf. San Anselmo. Cur Deus homo.
[5]
Cf. Santo Tomás. BAC Summa Theologiae. IIIa q. 48, a. 2.
[6] Cf. Mt.26,38  
[7]
Cf. San Ignacio de Loyola. Ejercicios espirituales. nº 203

   

el sufrimiento humano se transforma en medio de salvación. Por esto el creyente puede afirmar con Pablo: “Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia[1]. El dolor, si es acogido con fe, se convierte en puerta para entrar en el misterio del sufrimiento redentor del Señor»[2]. El Papa Juan Pablo II nos recuerda que Dios no es indiferente  al dolor del afligido y que escucha siempre la oración del necesitado: «En el momento de la enfermedad y del sufrimiento es justo de todos modos elevar a Dios su propio lamento... “Señor, estoy oprimido; ¡protégeme!”[3]. El Señor no se queda indiferente ante las lágrimas de quien sufre y, si bien por caminos que no siempre coinciden con nuestras expectativas, responde, consuela y salva»[4]. «El dolor y la enfermedad forman parte del misterio del hombre en la tierra. Ciertamente, es justo luchar contra la enfermedad, porque la salud es un don de Dios. Pero es importante también saber leer el designio de Dios cuando el sufrimiento llama a nuestra puerta. La "clave" de dicha lectura es la cruz de Cristo. El Verbo encarnado acogió nuestra debilidad, asumiéndola sobre sí en el misterio de la cruz. Desde entonces, el sufrimiento tiene una posibilidad de sentido, que lo hace singularmente valioso... Quien sabe acogerla en su vida, experimenta cómo el dolor, iluminado por la fe, se transforma en fuente de esperanza y salvación»[5]. Dice San Jerónimo que él se dignó morir por nosotros para hacernos vivir, comentando el Salmo 102 escribe: «Muchas son las enfermedades que padece nuestra alma. Según son los pecados, así son el número de enfermedades. Recordad aquella mujer del evangelio que llevaba dieciocho años con una enfermedad que no le permitía mover la cabeza... Cuando uno padece una enfermedad está contrahecho, mira a la tierra y no puede contemplar el cielo»[6].


[1] Cf. Col.1,24
[2]
Cf. Juan Pablo II. XII jornada mundial del enfermo 11-2-2004 VAHF
[3]
Cf. Isaías 38, 14
[4]
Cf. Juan Pablo II. AG 27-02-02 VAHF
[5]
Cf. Juan Pablo II. Jubileo de los Enfermos 11.2.2000 nº 3 VAHF
[6]
Cf. San Jerónimo. Tratado sobre los Salmos. Salmo CII

 
           

EXCURSUS

           
  4,24c Aquejados de diversas enfermedades X     4,24c Aquejados de diversas enfermedades X  
 

Excursus

El Sacramento de la Unción de los enfermos: [1] Es uno de los siete sacramentos, y por tanto, un signo de la gracia que el Señor instituyó para nuestra santificación y para poder, en la hora de la muerte, contemplar cara a cara a Dios. Dice el Catecismo de la Iglesia: «El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte como una ida hacia El y la entrada en la vida eterna. Cuando la Iglesia dice por última vez las palabras de perdón de la absolución de Cristo sobre el cristiano moribundo, lo sella por última vez con una unción fortificante y le da a Cristo en el viático como alimento para el viaje. Le habla entonces con una dulce seguridad: “Alma cristiana, al salir de este mundo, marcha en el nombre de Dios Padre Todopoderoso, que te creó, en el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que murió por ti, en el nombre del Espíritu Santo, que sobre ti descendió. Entra en el lugar de la paz y que tu morada esté junto a Dios en Sión, la ciudad santa, con Santa María Virgen, Madre de Dios, con San José y todos los ángeles y santos. ... Te entrego a Dios, y, como criatura suya, te pongo en sus manos, pues es tu Hacedor, que te formó del polvo de la tierra. Y al dejar esta vida, salgan a tu encuentro la Virgen María y todos los ángeles y santos. ... Que puedas contemplar cara a cara a tu Redentor”[1]»[2]. Es un sacramento de enfermos y su finalidad es conseguir que el cristiano viva este periodo difícil de su vida con mayor hondura cristiana y que el enfermo se vea fortalecido en su fe. Jesús transfiere este poder de curar a sus discípulos y sus sucesores: “Y llamó a los doce y comenzó a enviarles de dos en dos, dándoles potestad sobre los espíritus inmundos[3]. Y Benedicto XVI comenta: «Jesús no solamente envió a sus discípulos a curar a los enfermos, sino que instituyó también para ellos un sacramento específico: la Unción de los enfermos. La Carta de Santiago atestigua ya la existencia de este gesto sacramental en la primera comunidad cristiana. Si la Eucaristía muestra cómo los sufrimientos y la muerte de Cristo se han transformado en amor, la Unción de los enfermos, por su parte, asocia al que sufre al ofrecimiento que Cristo ha hecho de sí 

[1] Cf. Ritual romano. Ordo exsequiarum: Commendatio animae  
[2] Cf. Catecismo de la Iglesia católica. CIC n. 1020. Pág.238
[3]
Cf. Mc.6,7

    para la salvación de todos, de tal manera que él también pueda, en el misterio de la comunión de los santos, participar en la redención del mundo. La relación entre estos sacramentos se manifiesta, además, en el momento en que se agrava la enfermedad… En el momento de pasar al Padre, la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo se manifiesta como semilla de vida eterna y potencia de resurrección… Puesto que el santo Viático abre al enfermo la plenitud del misterio pascual, es necesario asegurarle su recepción. La atención y el cuidado pastoral de los enfermos redunda sin duda en beneficio espiritual de toda la comunidad, sabiendo que lo que hayamos hecho al más pequeño se lo hemos hecho a Jesús mismo»[1]. No hay que olvidar que la enfermedad afecta al hombre entero: cuerpo y alma, y ambos deben responder ante Dios. La enfermedad es una consecuencia del pecado, mostrando la limitación del hombre, su debilidad y evidenciando lo efímero de las cosas. «Quizá nunca se manifieste tan sensiblemente la necesidad de consuelo como cuando sufrimos la enfermedad. El hombre enfermo se angustia ante el pensamiento de que pudiera estar cercana su muerte. Desde los comienzos mismos de su vida la Iglesia primitiva, guiada por los Apóstoles, tomó muy en serio el ejemplo de Cristo, que tanto tiempo dedicaba a salvar a los enfermos[2] y a consolar a los afligidos: “Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados[3]. En el sacramento de la Unción mediante la actuación de los presbíteros acompañado por la oración ferviente de los hermanos, Cristo y su Iglesia se acercan a las personas puestas a prueba en el cuerpo y en el alma por el sufrimiento de una grave enfermedad e, incluso, por la proximidad de la muerte. Este óleo sagrado derramado sobre los enfermos, y la oración de la Iglesia, confieren la gracia del consuelo y de la fortaleza cristianas, nos ayuda a aceptar la enfermedad y, si es voluntad de Dios, incluso hasta la muerte; procurando también, cuando el Señor lo quiera, el propio don de la salud física. En cualquier caso, el Sacramento de la Unción es siempre fuente abundante de gracias espirituales para los que lo reciben y para toda la comunidad cristiana: las gracias de una

[1] Cf. Benedicto XVI. Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis 22 VAHF  
[2] Cf. Mt.10,8  
[3]
Cf. Mt.5,5

 
           

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