S02.03 4,24d

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Mt.4,24d

LIBRO X (II) EXPLICACIÓN ANÁLISIS DOCTRINAL EXCURSUS

EXPLICACIÓN

           
        4,24d A los endemoniados, lunáticos y paralíticos E  
 

d.            A los endemoniados, lunáticos y paralíticos:

Palabras clave

Endemoniado:             Dt.32,17. Mt.8,16. Mc.1,32; Lc.8,36; 2 Tes.2,9-10

Lunático:                       Mt.17,15

Paralítico:                     Ioh.5,3. Act.8,7

A.T.

Deuteronomio

  • Dt.32,17         Hacen sacrificios a demonios – que no son Dios –, a dioses que desconocían, dioses nuevos, advenedizos, a los que no honraban vuestros padres.

N.T.

San Marcos

  • Mc.1,32  Al atardecer, cuando se puso el sol, llevaban hasta él a todos los enfermos y a los endemoniados.

San Lucas  

  • Lc.8,36  Y los que lo habían visto, les contaron como fue librado el endemoniado  

San Juan  

  • Ioh.5,3 En estos yacía una muchedumbre de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos.  

Hechos de los Apóstoles  

  • Act.8,7 Pues de muchos que tenían espíritus inmundos salían estos con grandes voces, y muchos paralíticos y cojos eran curados.  

San Pablo  

  • 2 Tes.2,9-10 Aquél por la acción de Satanás, vendrá con todo poder, y falsas señales y prodigios, 10 y con todo género de engaños inicuos, dirigidos a los que se pierden, puesto que no aceptaron el amor de la verdad para salvarse.

   

Explicación

[1] San Mateo expresa con los términos “endemoniados, lunáticos y paralíticos” a curaciones que contará más detenidamente en los capítulos 8 y 9. Las curaciones y las expulsiones de demonios realizadas por Jesucristo son también una prueba de la Redención operada por él, y muestran su poder mesiánico sobre toda la creación. Son al mismo tiempo las “señales” evidentes en donde se revela la obra divina de la salvación, y su victoria sobre las fuerzas del mal. La liberación y curación de todos los que se sentían oprimidos por la enfermedad o por los demonios tuvo gran importancia en la vida del Señor, muchos eran los que seguían a Jesús y “vinieron a oírle y a ser curados de sus enfermedades. Y los que estaban atormentados por espíritus inmundos quedaban curados[1]. “En el Nuevo Testamento son innumerables los relatos evangélicos en los que se muestra a Jesús expulsando demonios. Jesús afirma que los demonios forman un reino contrario a Dios bajo el mando de Satanás, príncipe de este mundo, pero que, con su llegada, se alcanza ya el Reino de Dios. Jesucristo es verdadero Dios y el demonio y las fuerzas del mal pertenecen al orden de lo creado; como dice el santo padre Juan Pablo II, en cuanto espíritu puro es un criatura poderosa, pero al fin y al cabo una criatura. El hombre posee en su corazón una capacidad natural para recibir a Dios pero esta se encuentra desvirtuada por el pecado. Jesucristo es más fuerte que Satanás y pone fin a su imperio. Las expulsiones de los demonios inauguran, el triunfo de Jesús sobre el príncipe de este mundo y muestran el poder taumatúrgico de Jesús. Jesucristo viene al mundo para liberarnos de la fuerzas del mal, en considerables ocasiones actúa como exorcista y transmite su fuerza a aquellos que estaban poseídos. La Fe en el poder de Jesús lleva a las gentes a presentarle toda clase de enfermos, entre los que se especifica en primer lugar a los “endemoniados”. Cristo se hace presente en la enfermedad. Por endemoniados se entiende las personas sujetas al poder de los demonios. Jesucristo cura a los endemoniados, para expulsar los males del alma; en cuanto que llamaba a los gentiles a la fe apartándolos de los ídolos de los demonios, y sanaba los lunáticos y

 

[1] Cf. Lc.6,18

 
           

ANÁLISIS DOCTRINAL

           
  4,24d A los endemoniados, lunáticos y paralíticos A      4,24d A los endemoniados, lunáticos y paralíticos A  
 

Análisis Doctrinal

[1] En primer lugar Dios que “es amor” creó unos seres espirituales, los ángeles, «llamados desde el principio, en razón de su inteligencia, a conocer la verdad y a amar el bien que conocen en la verdad. Este amor es el acto de una voluntad libre, por lo cual también para los ángeles la libertad significa posibilidad de hacer una elección en favor o en contra del Bien que ellos conocen, esto es, Dios mismo... Estos espíritus puros han sido sometidos a una prueba de carácter moral. Fue una opción decisiva, concerniente ante todo a Dios mismo... Dios había admitido a todos los espíritus puros, antes y en mayor grado que al hombre, a la eterna comunión de Amor... La opción realizada sobre la base de la verdad de Dios, conocida de forma superior dada la lucidez de sus inteligencias, ha dividido también el mundo de los espíritus puros en buenos y malos. Los buenos han elegido a Dios como Bien supremo y definitivo. Los otros, en cambio, han vuelto la espalda a Dios contra la verdad del conocimiento que señalaba en Él el Bien total y definitivo... ¿Cuál puede ser el motivo de esta radical e irreversible opción contra Dios, de un odio tan profundo que puede aparecer como fruto de la locura?. Los Padres de la Iglesia y los teólogos no dudan en hablar de “ceguera”, producida por la supervaloración de la perfección del propio ser, impulsada hasta el punto de velar la supremacía de Dios que exigía, en cambio, un acto de dócil y obediente sumisión. Todo esto parece expresado de modo conciso en las palabras '"Non serviam”, que manifiestan el radical e irreversible rechazo de tomar parte en la edificación del Reino de Dios en el mundo creado. “Satanás”, el espíritu rebelde, quiere su propio reino, no el de Dios, y se yergue como el primer 'adversario' del Creador, como opositor de la providencia, como antagonista de la amorosa sabiduría de Dios»[1]. A este “non serviam” del demonio y sus seguidores se pone el “serviam” de los hijos de Dios: « Yo subiré con ellos al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor..., lo desclavaré con mis desagravios y mortificaciones..., lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva,

[1] Cf. Juan Pablo II. Catequesis sobre el Credo. La caída de los ángeles malos (23.VII.86) VAHF

     

de donde nadie me lo podrá arrancar, y ahí, Señor, descansad! Cuando todo el mundo os abandone y desprecie... serviam!, os serviré, Señor»[1]. En segundo lugar, el Catecismo de la Iglesia Católica, nos dice que el hombre «sucumbió a la tentación y cometió el mal. Conserva el deseo del bien, pero su naturaleza lleva la herida del pecado original. Ha quedado inclinado al mal y sujeto al error El hombre persuadido por el Maligno, abusó de su libertad, desde el comienzo de la historia... De ahí que el hombre esté dividido en su interior. Por esto toda vida humana es una lucha dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas»[2]. «Creado por Dios en la justicia, el hombre, sin embargo, por instigación del demonio, en el propio exordio de la historia, abusó de su libertad, levantándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios. Conocieron a Dios, pero no le glorificaron como a Dios. Oscurecieron su estúpido corazón y prefirieron servir a la criatura, no al Creador. Lo que la Revelación divina nos dice coincide con la experiencia. El hombre, en efecto, cuando examina su corazón, comprueba su inclinación al mal y se siente anegado por muchos males, que no pueden tener origen en su santo Creador. Al negarse con frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompe el hombre la debida subordinación a su fin último, y también toda su ordenación tanto por lo que toca a su propia persona como a las relaciones con los demás y con el resto de la creación. Es esto lo que explica la división íntima del hombre. Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Más todavía, el hombre se nota incapaz de domeñar con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas. Pero el Señor vino en persona para liberar y vigorizar al hombre, renovándole interiormente y expulsando al príncipe de este mundo, que le retenía en la esclavitud del pecado. El pecado rebaja al hombre, impidiéndole lograr su propia plenitud. A la luz de esta Revelación, la sublime vocación y la miseria profunda que el hombre experimenta hallan simultáneamente su última


[1] Cf. San Josemaría. SJEB. Vía Crucis. Decimocuarta estación M1 Pág. 231
[2]
Cf. Catecismo de la Iglesia Católica nº 1707

 
           

EXCURSUS

           
  4,24d A los endemoniados, lunáticos y paralíticos X     4,24d A los endemoniados, lunáticos y paralíticos X  
 

Excursus

Posesión diabólica y exorcismos: [1] La palabra exorcismo viene del griego exorkizo, y aparece en la traducción griega del Génesis con el sentido de “provocar a jurar”[1], y en el Libro primero de los Reyes con el de “ordenar”[2]. En el libro de los Hechos de los Apóstoles se emplea el término “exorcistas” aplicado a unos judíos que pretendían ser capaces de expulsar unos demonios[3]. La acepción más común del término exorcismo sería pues “expulsar por orden de”. Debemos diferenciar entre poseídos, cuya razón y voluntad se encuentran en el poder del demonio, y endemoniados, en los que un espíritu maligno se apodera del sistema neuromotriz del organismo y se pierde el control de los movimientos y acciones. En los endemoniados, el espíritu maligno no obtiene el control absoluto del individuo, éste puede pensar independientemente pero es incapaz de manejar sus órganos. «Algunos autores escriben la historia de la religión de modo que no solamente descuidan, sino que niegan realmente la existencia y la presencia entre nosotros de este sistema superior e invisible del que hemos hablado. No contentos con reivindicar para los acontecimientos históricos de la cristiandad el lugar que ocupan normalmente en el curso de este mundo, rehúsan admitir el mundo sobrenatural en el que tales hechos tienen un lugar importante… Los que opinan que no existen, por ejemplo, ninguna influencia espiritual en lo que se llama posesión diabólica ―bajo pretexto de que los síntomas de estos casos pueden explicarse de forma satisfactoria por causas físicas― se ven forzados, o al menos pueden ser persuadidos fácilmente, a negar, por la misma razón, el origen divino de cualquier doctrina cuya huella puede encontrarse en las Escuelas filosóficas de los hombres. Tales espíritus no pueden concebir la posibilidad de una corriente visible y otra invisible que actúan en este mundo al mismo tiempo… Así, mientras que los ángeles se disipan en simples impresiones espirituales, las verdades del catolicismo se reducen a los dogmas de Platón o Zoroastro»[4]. La posesión del control interno del cuerpo del hombre por el 

[1] Cf. Gén.24,3  
[2]
Cf. 1Re.23,16  
[3]
Cf. Act.19,13  
[4]
Cf. John Henry Newman. La Iglesia, Páginas selectas. Ed. Monte Carmelo Pág.201

   
demonio o los espíritus malignos es lo que entendemos por posesión diabólica. Dice el nuevo rito de los exorcismos: «La sagrada Escritura nos enseña que los espíritus malignos, enemigos de Dios y del hombre, realizan su acción de modos diversos; entre éstos se señala la obsesión diabólica, llamada también posesión diabólica. Sin embargo, la obsesión diabólica no constituye la manera más frecuente como el espíritu de las tinieblas ejerce su influjo. La obsesión tiene características de espectacularidad; en ella el demonio se apropia, en cierto modo, de las fuerzas y de la actividad física de la persona que sufre la posesión. No obstante esto, el demonio no puede adueñarse de la libre voluntad del sujeto, lo que impide el compromiso de la libre voluntad del poseído, hasta el punto de hacerlo pecar. Sin embargo, la violencia física que el diablo ejerce sobre el obseso constituye un incentivo al pecado, que es lo que él quisiera obtener. El ritual del exorcismo señala diversos criterios e indicios que permiten llegar, con prudente certeza, a la convicción de que se está ante una posesión diabólica. Es solamente entonces cuando el exorcista autorizado puede realizar el solemne rito del exorcismo. Entre estos criterios indicados se encuentran: el hablar con muchas palabras de lenguas desconocidas o entenderlas; desvelar cosas escondidas o distantes; demostrar fuerzas superiores a la propia condición física, y todo ello juntamente con una aversión vehemente hacia Dios, la santísima Virgen, los santos, la cruz y las sagradas imágenes»[1]. Dice Trese: «Desconocemos la extensión total de los poderes del diablo sobre el universo creado, en el que se incluye la humanidad. Sabemos que no puede hacer nada si Dios no se lo permite. Pero también sabemos que Dios, al realizar sus planes para la creación, no quita normalmente, ni a los ángeles ni a los hombres, ninguno de los poderes que concedió originalmente. En cualquier caso, tanto la Biblia como la historia, además de la continua experiencia de la Iglesia, muestran con claridad meridiana que existe la posesión diabólica, o sea, que el diablo penetra en el cuerpo de una persona y controla sus actividades físicas: su palabra, sus movimientos, sus acciones. Pero el diablo no puede controlar su alma; la libertad del alma humana queda inviolada, y ni todos los demonios del infierno pueden forzarla.
 

[1] Cf. Congregación para el Culto Divino. El nuevo rito de los exorcismos. VARC

 
           

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