S02.03 4,24e

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Omnia  in  gloriam Dei  Facite
vera et una Trínitas, una et summa Deítas, sancta et una Unitas

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Mt.4,24e

LIBRO X (II) EXPLICACIÓN ANÁLISIS DOCTRINAL EXCURSUS

EXPLICACIÓN

           
        4,24e Y los curaba E  
 

e.            Y los curaba:  

Palabras clave

        Curar:              Eco.38,15. Jr.17,14.Mt.10,1; Mc.3,10

A.T.

Eclesiástico  

  • Eco.38,15      El que peca contra su Hacedor, caerá en manos de médico.  

Jeremías  

  • Jr.17,14         Sáname, Señor, y quedaré sano. Sálvame, y seré salvo.  

N.T.

San Marcos  

  • Mc.3,10          Porque sanaba a tantos, que se le echaban encima para tocarle todos los que tenían enfermedades.

   

Explicación

En Jesucristo se realiza la obra de la salvación. La vida pública de Nuestro Señor, no se puede explicar sin una referencia a los milagros que realiza. La historicidad de los milagros lo confirma, el estilo sobrio y simple con que están escritos. Ninguna ostentación, ningún indicio a la exageración tan corriente en las narraciones orientales. Los milagros que durante su vida pública hizo Nuestro Señor son la mejor prueba de su divinidad: «Las obras que yo hago en nombre de mi Padre esas dan testimonio de mí» [1]. Esta es la respuesta de Dios que corrobora la Filiación Divina de Jesús en el sentido más pleno. En el Nuevo Testamento son numerosos los casos de curación que se describe: paralíticos, ciegos, sordomudos, epilépticos, etc. En la mentalidad judía, la enfermedad es una consecuencia del pecado. Jesús contradice esta interpretación en la escena del ciego de nacimiento [2]. Él cura a los enfermos por misericordia y como signo que manifiesta la proximidad del Reino de Dios, que ha venido para restablecer al hombre en su plenitud corporal.



[1] Cf. Ioh.10,25  
[2] Cf. Ioh 9,3

 
           

ANÁLISIS DOCTRINAL

           
  4,24e Y los curaba A      4,24e Y los curaba A  
 

Análisis Doctrinal

[1] Jesús es el médico divino – como escribe Santa Brígida –  que nos cura de nuestras enfermedades: «Por eso te suplico de este modo: ¡Oh Señor, omnipotente y bonísimo, mira las llagas con que mis pecados me hirieron desde la infancia: lloro por el tiempo perdido inútilmente. Mis fuerzas no bastan para sostenerme en la fatiga, pues se gastaron en vanidades. Y puesto que eres la fuente de toda bondad y misericordia, te conjuro a que tengas compasión de mí. Toca mi corazón con la mano de tu amor, pues eres el mejor de los médicos, consuela a mi alma, pues eres el mejor consolador»[1]. Pero Jesús para realizar su obra, elige lo mísero del mundo: «Cristo eligió padres pobres, pero perfectos en la virtud; llevó una vida pobre, para que nadie se gloríe solamente de la nobleza del linaje o de las riquezas de la familia; llevó una vida pobre, para enseñarnos a despreciar las riquezas; vivió privado de dignidades, para apartar al hombre de un apetito desordenado de honores; soportó trabajos, hambre, sed y sufrimientos corporales de forma que los hombres no se retrajeran del bien de la virtud por dedicarse a los placeres y delicias a causa de la dureza de esta vida. Soportó, finalmente, la muerte para que nadie abandonara la verdad por miedo a la muerte; eligió la forma de muerte más reprobable, la muerte de cruz, para que nadie temiera como digna de vituperio la muerte por la verdad. Fue, por tanto, conveniente que el Hijo de Dios hecho hombre sufriera la muerte para que así su ejemplo animara a los hombres a la virtud... »[2]. Dice San Ambrosio: «Además, cuando la Iglesia estaba en sus comienzos la multitudes lo buscaban. ¿Por qué razón? Porque imponiendo sus manos ─dice─ los curaba. No se requieren tiempos o lugares determinados para curar. En efecto, en todo tiempo se ha de facilitar la medicina. Dentro de casa María es bendecida por el ángel, dentro de casa David es ungido por el profeta, Jesús cura en cualquier lugar, sana en cualquier lugar: en el camino en casa, en el desierto. En el camino se cura aquella que tocó la orla de su vestido, en casa es resucitada la hija del jefe de la sinagoga., en el desierto es sanada una muchedumbre. En efecto, así se lee: “Después que se pusiera el sol,

[1] Cf. Santa Brigida. Las celestiales revelaciones
[2]
Cf. Santo Tomás de Aquino. De rationibus fidei Ed. Leonina,  t. 40 pp. 56 ss

    todos los que tenían enfermos con varias enfermedades los llevaban a Él. Y Él imponiéndoles las manos, los curaba[1]. Así pues, curaba también en el desierto, y cuando el sol ya se había puesto; y curaba imponiendo las manos para mostrar que era Dios y hombre. No sin razón, pues apenas se hacía de día, las muchedumbres le buscaban.  En todo esto veo un orden de acontecimientos. A la puesta del sol los enfermos son llevados a Cristo; apenas se hacía de día, las muchedumbres le buscaban.[2] ¿Cuándo, pues, se busca a Cristo, sino de día? En efecto, quien camina en la luz no se aleja de Cristo. Por tanto la noche tenía los gemidos  de los que todavía estaban enfermos, pero el día tenía ya la fe del pueblo, y la alegría de los que habían sido curados, para que se cumpliese lo que está escrito: Por la tarde permanecerá el llanto y por la mañana la alegría.[3]  En efecto, ¿qué mayor gracia para la muchedumbre que seguir a Cristo hasta un lugar desierto?  Con tal comportamiento Él enseña que la jactancia debe estar lejos de quien es perfecto; en efecto, no buscaba evitar  el gran número de enfermos para curar , sino la jactancia de las propias obras. Así pues, también nosotros, si deseamos ser salvados, o si ya merecemos la salvación, alejémonos de la intemperancia, alejémonos del desenfreno; como si esta vida fuese para nosotros un terreno árido y desnudo, y como si tuviéramos una cierta sed corporal sigamos a Cristo que huye de la indolencia»[4]. En efecto, «Dios, que "quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad"[5]... envió a su Hijo, el Verbo hecho carne, ungido por el Espíritu Santo, para evangelizar a los pobres y curar a los contritos de corazón, como "médico corporal y espiritual", mediador entre Dios y los hombres. En efecto, su humanidad, unida a la persona del Verbo, fue instrumento de nuestra salvación. Por esto en Cristo se realizó plenamente nuestra reconciliación y se nos dio la plenitud del culto divino. Esta obra de redención humana y de la perfecta glorificación de Dios, preparada por las maravillas que Dios obró en

[1] Cf. Lc.4,40  
[2]
Cf. Lc.4,42  
[3]
Cf. Ps.29,6  
[4]
Cf. San Ambrosio. La virginidad 8,42-44 Ed. Ciudad Nueva. Fuentes patrísticas 19 Pág.69  
[5]
Cf. 1 Tim.2,4

 
           

EXCURSUS

           
  4,24e Y los curaba X     4,24e Y los curaba X  
 

Excursus

Los milagros y su negación por los racionalistas. [1] La palabra "milagro" viene del latín miraculum que significa "hecho admirable" y ésta de mirari "asombrarse, admirarse". Esta acepción de admiración o asombro se recoge en la palabra griega thauma, de la que deriva taumaturgo, también se utiliza el término paradoxa que pone el acento en el aspecto psicológico del milagro, otra acepción de milagro es tératon que indica prodigio. En hebreo, esta capacidad de asombro, se traduce por peléh que significa “separar”; lo admirable sería pues lo separado, lo diferente. El Nuevo Testamento utiliza más los términos érgon (obras), San Mateo y San Marcos usan dynameis o fuerza de Dios, que resalta el aspecto ontológico en la persona divina de Cristo, verdadero Dios y Hombre verdadero. También el Evangelio de San Juan utiliza sémeion.(signos). Hay que diferenciar entre milagro y prodigio, éste se centra en el carácter asombroso de un hecho, mientras que el milagro es una llamada a la fe en la que se denota la intervención de Dios, en el que se pone en evidencia su misericordia. Aunque el milagro promueve a la fe de los que se encuentran implicados, no es esta su misión fundamental, sino la de mostrar la misericordia de Dios, manifestación de su caridad. En Cristo se evidencia este amor misericordioso por sus hermanos, «es tanta la gente, que el Señor manda a sus discípulos que preparen una barca por causa de la muchedumbre; porque sanaba a tantos, que se le echaban encima para tocarle todos los que tenían enfermedades. Es gente necesitada la que acude a Cristo. Y les atiende, porque tiene un corazón compasivo y misericordioso. Durante los tres años de su vida pública curó a muchos, libró a endemoniados, resucitó a muertos... Pero no curó a todos los enfermos del mundo, ni suprimió todas las penalidades de esta vida, porque el dolor no es un mal absoluto –como lo es el pecado–, y puede tener un incomparable valor redentor, si se une a los sufrimientos de Cristo. Jesús realizó milagros, que fueron remedio, en casos concretos, de dolores y de sufrimientos, pero eran ante todo un signo y una muestra de su misión divina, de la redención universal y eterna»[1]. Hay que señalar que nuestra fe no se basa en los
 

[1] Cf. Francisco Fernández Carvajal. Hablar con Dios T.III 13.1 Pág.105

   
milagros sino en la anunció de salvación de Cristo, dice Santo Tomás: «la fe es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina bajo el imperio de la voluntad movida por la gracia de Dios; se trata, pues, de un acto sometido al libre albedrío y es referido a Dios»[1]. El milagro es pues un signo de revelación en el que se manifiesta su bondad. Dios al realizar un milagro no pretende motivar en nosotros la admiración, sino convencernos de su amor, de que es un Padre  misericordioso que está cercano a nuestras necesidades. La clave para comprender el milagro es ésta: “un poder que está subordinado al amor, un amor que se manifiesta como poder”. Además, el milagro se manifiesta en otra serie de funciones, como son la llegada del Reino de Dios entre nosotros o la manifestación del poder de Cristo. El pueblo judío tenía del milagro una concepción mucho más amplia de la que solemos tener nosotros, ya que atribuían a Dios todos los fenómenos naturales y sobrenaturales. Todo lo que en la naturaleza se les mostraba como asombroso y sorprendente, será una manifestación especial del poder de Dios, que no tendrá límite: ¿Es que hay nada milagroso para Dios?[2]. Jesús lleva en su persona la cercanía de Dios. Nicodemo, se dirige al Señor y le dice: “Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios como Maestro, pues nadir puede hacer los prodigios que tú haces si Dios no está con él[3]. Los milagros prueban pues la divinidad de Jesús. Escribe León XIII: «Para unir los espíritus, para crear y conservar la concordia de los sentimientos, era necesario, además de la existencia de las Sagradas Escrituras, otro principio. La sabiduría divina lo exige, pues Dios no ha podido querer la unidad de la fe sin proveer de un modo conveniente a la conservación de esta unidad, y las mismas Sagradas Escrituras indican claramente que lo ha hecho, como lo diremos más adelante. Ciertamente, el poder infinito de Dios no está ligado ni constreñido a ningún medio determinado, y toda criatura le obedece como un dócil instrumento. Es, pues, preciso buscar, entre todos los medios de que disponía Jesucristo, cuál es el principio de unidad en la fe que quiso establecer. Para esto hay que remontarse con el pensamiento a los
 

[1] Cf. Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica II-II q.2 a.9  
[2]
Cf. Gén.18,14  
[3]
Cf. Ioh. 3,2

 
           

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