S02.03 4,25a

INSTITUTO DE ESTUDIOS BÍBLICOS SAN MATEO
Omnia  in  gloriam Dei  Facite
vera et una Trínitas, una et summa Deítas, sancta et una Unitas

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Mt.4,25a

LIBRO IX (III) EXPLICACIÓN ANÁLISIS DOCTRINAL EXCURSUS

EXPLICACIÓN

           
        4,25a Y le seguían grandes multitudes E  
 

a.      Y le seguían grandes multitudes:

Palabras clave

Seguir:                           Mt.8,1;19,2.  Mc.3,7. Lc.23,27ª.  Ioh.6,2

Multitud:                        Mt.19,2. Mc.5,21b; 8,1ª. Lc.4,42; 6,17: 12,1a; 14,25; Ioh.6,2.  Ap.19,1

N.T.

San Marcos

Mc.3,7            Jesús con sus discípulos se alejó hacia el mar; y le siguió gran muchedumbre de Galilea y de Judea.

Mc.5,21b        Se reunió una gran muchedumbre a su alrededor, mientras él estaba junto al mar.

Mc.8,1a          En aquellos días, reunida de nuevo una gran muchedumbre que no tenía que comer

San Lucas

Lc.4,42           Cuando se hizo de día, salió hacia un lugar solitario, y la multitud le buscaba, llegaron hasta él, y lo detenían para que no se apartara de ellos.

Lc.6,17           Bajando con ellos, se detuvo en un lugar llano; y había una multitud de sus discípulos, y una gran muchedumbre del pueblo procedente de toda Judea y de Jerusalén, y del litoral de Tiro y Sidón.

Lc.12,1a        En esto, habiéndose reunido una muchedumbre de miles de personas, hasta atropellarse unos a otros.

Lc.14,15        Iba con él mucha gente, y volviéndose les dijo.

Lc.23,27 a     Le seguía una gran multitud del pueblo y de mujeres,

San Juan

Ioh.6,2            Le seguía una gran muchedumbre porque veía los milagros que hacía con los enfermos.

Apocalipsis

Ap.19,1          Después de esto oí como la fuerte voz de una inmensa muchedumbre en el cielo que decía: ¡Aleluya! ¡La salvación, la gloria y el poder son de nuestro Dios

   

Explicación

[1] Aquí, San Mateo, nos muestra una de sus frases preferidas: “Y le seguían grandes multitudes”. En esta mezcla diversa de personas que siguen a Jesús, hay los que buscan la verdad y los que le siguen por interés, unos le siguen por la salud de sus cuerpos y otros por la salud de sus almas, hay personas cultas y sencillas, unos le siguen por lo llamativo de sus milagros y otros para escuchar su doctrina. Jesús gozaba de mucha fama, la autoridad de sus enseñanzas y la atracción de los milagros que realizaba, habían suscitado la curiosidad de todos y el entusiasmo de muchos, pero no todos le seguían con rectitud de intención. Esa multitud de gente no amaba a Jesús, le seguía guiada por su interés: “Jesús les respondió: En verdad, en verdad os digo que vosotros me buscáis, no por haber visto los milagros, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado[1]. San Lucas nos dice que se reunían en torno a Jesús miles de personas[2]. Y el Talmud usa el término multitud al hablar de no menos de sesenta mil personas. Sería la misma multitud que grita: “'¡Crucifícalo, crucifícalo!”. Jesús es el único modelo que hemos de seguir, pero para seguir a Jesús, no es suficiente el entusiasmo. Como él mismo dirá, muchos empiezan a edificar y, por no calcular bien los gastos, se quedan sin acabar la obra. El “seguir” a Jesús implica “ser discípulo de Jesús”. Seguir a Jesucristo significa creer en el Evangelio, significa, en definitiva, seguirle con las exigencias que él señala: “El que quiera ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga[3]. Implica un acto libre y consciente de nuestra voluntad, una elección personal que supone renuncia y entrega. El seguimiento de Jesús implica quemar las naves, seguirle por el camino que él ha marcado, con disponibilidad plena, con renuncia total, sin medias tintas. La vida del cristiano es un camino. Seguir a Jesús, significa recorrer el camino que él recorrió y poder llegar a la meta, que es la gloria que nos ha prometido. Hoy en día, cuesta aceptar esta renuncia esta idea de seguimiento, pero en esto consiste precisamente la radicalidad de la conversión. Ser discípulo


[1] Cf. Ioh.6,26
[2]
Cf. Lc.12,1  
[3] Cf. Mc.8,34

 

 

           

ANÁLISIS DOCTRINAL

           
  4,25a Y le seguían grandes multitudes A      4,25a Y le seguían grandes multitudes A  
 

Análisis Doctrinal

[1] El carácter dulce y perfecto de Cristo: su modo de ser, su humildad, su lucidez extraordinaria, su enorme carisma, ha sido reconocido por hombres de todas las tendencias y de todo tipo, incluso por sus enemigos. «La admiración de las multitudes por el divino taumaturgo se manifestó desde los primeros milagros de que fueron testigos. Jamás se cansó de seguirle, y nosotros la vemos estallar más vivamente que nunca en ocasión de los prodigios que Jesús cumplió en los últimos días de su vida… Los milagros de Jesús, no menos que su enseñanza enteramente celestial y nueva, arrebataban las multitudes haciéndoles correr tras Él animadas por una simpatía ilimitada. También los evangelistas señalan estos sentimientos de admiración»[1]. En la carta que Oscar Wilde[2] escribe a su amigo Lord Alfred Douglas, en la cárcel de Reading, una hermosa y extensa carta de arrepentimiento por su vida pasada, describe como nadie el carácter poético de Jesús y dice: «Y sin embargo la vida de Cristo…  realmente es un idilio, aunque acabe con el velo del templo desgarrado, y las tinieblas envolviendo la faz de la tierra, y la piedra a la puerta del sepulcro. Siempre piensa uno en él, como un novio con sus amigos, como se describe de hecho él mismo en una ocasión, o un pastor que se pierde por el valle con sus ovejas en busca de verdes prados o frescas aguas, o un trovador que intenta alzar los muros de la ciudad de Dios con su música, o de un amante para cuyo amor resultaba pequeño el mundo entero. Sus milagros me parecen tan delicados como la llegada de la primavera, e igual de naturales.

[1] Cf. Louis Claude Fillion. Los milagros de Jesucristo. Ed. Círculo Latino Pág.133

[2] Oscar Wilde nació en 1854, en Dublín. Poeta, novelista y dramaturgo irlandés, estudió en el Trinity Collage y en la Universidad de Oxford, destacando en los estudios clásicos. De carácter excéntrico y de gran ingenio, su modo de vida  escandalizó a la sociedad victoriana inglesa y fue varias veces ridiculizado. Se casó con Constante Lloyd, cuyo padre era consejero de la reina, y de cuyo matrimonio nacieron dos hijos. Tuvo gran influencia en el movimiento estético representado por Rossetti y William Morris, que defendía la idea: “El arte por el arte”. Entre sus obras destacan “Poemas”, obra que recoge sus primeros poemas. “El retrato de Dorian Grey”, su única novela. En el teatro se pueden citar: “El abanico de Lady Windermere”, “La importancia de llamarse Ernesto” o “Un marido ideal”. Fue acusado por el Marqués de Queensberry, padre de su amigo Alfred Douglas, de sodomía y fue condenado dos años a prisión. En la cárcel escribió “De profundis”, una carta a su amigo en la que Wilde expresa su dolor y arrepentimiento. Muere el 1900 en París.

    No hallo ninguna dificultad para creer que tal fuera el encanto de su personalidad, que su simple presencia podía llevar paz a las almas angustiadas, y los que tocaban su túnica o sus manos se olvidaran de sus dolores; o que, a su paso por el camino de la vida, gente que no había visto nada de los misterios de la vida los viera claramente, y otros que habían sido sordos a toda palabra, que no fuera la del placer, oyeran por vez primera la voz del Amor y la encontraran tan “musical como el laúd de Apolo”; o que las maléficas pasiones huyeran ante él, y hombres sin imaginación cuyas vidas embotadas no habían sido sino un modo de muerte, se alzaran de sus tumbas a su llamada; o que, cuando enseñaba en el monte, la gente que le seguía se olvidaran de su hambre, su sed y las fatigas de este mundo, y que a los amigos que le escuchaban al sentarse a comer la ruda comida les pareciera suculenta, y el agua supiera a vino, y la casa entera se llenaba del suave olor y la dulzura del nardo»[1]. Sin embargo la mayoría de las veces nos dejamos arrastrar por la fama de una persona y no vemos el fondo de su corazón. Se cuenta de Juan XXIII que poco antes de ser cardenal un  periodista le preguntó si era pariente del Marqués de Roncalli, a lo que contesto: Hasta ahora no, pero es posible que comencemos a emparentarnos ahora que soy cardenal. «El encuentro con Cristo cambia radicalmente la vida de una persona, la lleva a la "metánoia" o conversión profunda de la mente y del corazón y establece una comunión de vida que se convierte en seguimiento. En los Evangelios, el seguimiento se expresa con dos actitudes: la primera consiste en "hacer camino" con Cristo "akoloutheîn"; la segunda, en "caminar detrás" de él, auténtico guía, siguiendo sus huellas y dirección "érchesthai opíso". Hay quien le sigue de una manera todavía genérica y con frecuencia superficial, como la muchedumbre; están también los pecadores; muchas veces se menciona a las mujeres que apoyan con su servicio concreto la misión de Jesús. Algunos reciben una llamada específica por parte de Cristo y, entre ellos, una posición particular es reservada a los Doce. Por tanto, la tipología de los llamados es muy variada:  gente dedicada a la pesca y a cobrar impuestos, honrados y pecadores, casados y solteros, pobres y ricos, como José de Arimatea, hombres y mujeres. Figura incluso el zelota Simón, es decir, un miembro de la

[1] Cf. Oscar Wilde. De profundis

 
           

EXCURSUS

           
  4,25a Y le seguían grandes multitudes X      4,25a Y le seguían grandes multitudes X  
 

Excursus

Los laicos en la Iglesia: [1] En este excursus comentaremos la Exhortación Apostólica de Juan Pablo II Christifideles Laici. En el ius comune y en el derecho eclesial “kleros” se contrapone a “laikos”. A diferencia de la palabra “kleros” que signific la participación en el ministerio espiritual, la palabra “laico” viene de “laos” que significa “pueblo” y, se usaba tanto en griego “laikos”, como en latín “laicus”; pero con una acepción diferente. En griego, el término tenía un sentido peyorativo, era más bien, una masa no cualificada, el pueblo ignorante, el pueblo bajo, en contraposición a sus líderes. En más de una lengua “laico” es sinónimo de “profano”, es decir, la persona que tiene un conocimiento básico de una cuestión. En definitiva, el término “laico” aplicado en sentido eclesial, significa la persona que no era religiosa, mientras que en sentido no religioso, significaba: ignorante, no especialista. «Desde los primeros siglos del cristianismo hasta la Edad Media, con el nombre de laico no se denomina a todos los miembros del Pueblo de Dios sino a aquellos que no son clérigos y a los que se reconoce la nota de secularidad. Cuando se quiere designar a todos los fieles indistintamente para señalar su cualidad primaria de miembros del Pueblo de Dios, se utilizaba la palabra “discipuli”[1], “frates”[2], “christifideles” o “christiani”. El término laico es de utilización algo tardía, y, como decimos, designa a los simples fieles no clérigos, pero apareciendo como una de sus notas distintivas el carácter secular, el estar inmerso en realidades profanas; por eso se llaman también saeculares o mundani… Como puede verse, la palabra “laici” no tiene en estos casos un significado idéntico al que ha sido presentado tantas veces como etimológico; tiene otro sentido: miembro del Pueblo de Dios que no pertenece al ordo o Jerarquía. A partir de la Edad Media, laico pasaría a ser el término utilizado para designar en los escritos teológicos a la categoría de los simple fieles, pero al mismo tiempo se conservaría y aun adquiriría mayor fuerza el sentido de laico como secular. Es éste el sentido prevalerte que tiene


[1] Cf. Act.6,1-5  
[2] Cf. Act.1,15

    en la literatura de la época»[1]. Posteriormente se ha dado a este término el significado de aquello que no tiene que ver con la religión. El Concilio Vaticano II define a la Iglesia como Pueblo de Dios “Laós tou Theou” «“He aquí que llega el tiempo -dice el Señor-, y haré una nueva alianza con la casa de Israel y con la casa de Judá. Pondré mi ley en sus entrañas y la escribiré en sus corazones, y seré Dios para ellos, y ellos serán mi pueblo... Todos, desde el pequeño al mayor, me conocerán”, afirma el Señor. Nueva alianza que estableció Cristo, es decir, el Nuevo Testamento en su sangre, convocando un pueblo de entre los judíos y los gentiles que se condensara en unidad no según la carne, sino en el Espíritu, y constituyera un nuevo Pueblo de Dios. Pues los que creen en Cristo, renacidos de germen no corruptible, sino incorruptible, por la palabra de Dios vivo, no de la carne, sino del agua y del Espíritu Santo, son hechos por fin "linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo de adquisición ... que en un tiempo no era pueblo, y ahora pueblo de Dios»[2]. El Papa Pío XII acuñó la bella expresión “consecratio mundi”, sacralización del mundo, en oposición a “secularización del mundo”, consiste en adaptar la esfera temporal a los principios del Evangelio, tarea fundamentalmente de los laicos; y afirmaba: “Las relaciones entre la Iglesia y el mundo exigen la intervención de los Apóstoles laicos. La consecratio mundi es, esencialmente, obra de los propios laicos”. Dios nos quiere santos. “El mismo nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia, por el amor, nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo conforme al beneplácito de su voluntad[3]. Por este motivo es preciso escuchar la llamada a la conversión. Una llamada que se dirige a todos: obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, independientemente de las circunstancias personales, a los que están parados y a los que tienen trabajo, a los jóvenes y a los adultos, a los ancianos, a los sanos y a los que están enfermos, a los pobres y a los ricos. «La vocación universal a la santidad, proclamada por el Concilio Vaticano II, está estrechamente unida a

[1] Cf. Mons. Álvaro del Portillo. Fieles y laicos en la Iglesia Ed EUNSA Pág.33
[2]
Cf. Concilio Vaticano II Const. Lumen Gentium 9 VAA  
[3]
Cf. Eph.1,4-5

 

 
           

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