S02.03 4,25b

INSTITUTO DE ESTUDIOS BÍBLICOS SAN MATEO
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Mt.4,25b

LIBRO IX (III) EXPLICACIÓN ANÁLISIS DOCTRINAL EXCURSUS

EXPLICACIÓN

           
        4,25b De Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea. E  
 

b.      De Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea:

Palabras clave

Galilea:                         Mc.3,7. Lc.5,17

Decápolis:              Mc.5,20; 7,31.

Jerusalén:                   Mt.3,5. Mc.1,5. Lc.5,17.

Judea :                        Mt.19,1. Mc.1,5. Lc.5,17. Ioh.3,22  

N.T.

San Marcos

Mc.1,5a          Y acudía a él toda la región de Judea y todos los habitantes de Jerusalén

Mc.3,7            Jesús con sus discípulos se alejó hacia el mar; y le siguió gran muchedumbre de Galilea y de Judea.

Mc.5,20          Se fue y comenzó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; y todos se admiraban.

Mc.7,31          De nuevo, saliendo de la región de Tiro, vino a través de Sidón hacia el Mar de Galilea, cruzando el territorio de la Decápolis.

San Lucas

Lc.5,17b        habían venido de todas las aldeas de Galilea, de Judea y de Jerusalén.

San Juan

Ioh.3,22         Después de esto fue Jesús con sus discípulos a la región de Judea, y allí convivía con ellos y bautizaba.

   

Explicación

[1] El valor de sus enseñanzas de Jesús y el poder de sus milagros llegan a todas las gentes, una multitud enorme procedente de diversas regiones llegan para ver a Nuestro Señor. En primer lugar San Mateo destaca Galilea, pero quieren verle de toda Palestina, también de Judea y de la Decápolis. Dice San Marcos: «Vete a tu casa con los tuyos y cuéntales todo lo que el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido misericordia de ti. Se fue y comenzó a proclamar en la Decápolis lo que Jesús había hecho con él, y todos se admiraban»[1]. Jesús siente lástima de la gente que le quiere ver. En numerosos pasajes de los evangelios podemos leer que le sigue una enorme masa y una enorme misericordia embarga su alma, porque estaban como ovejas sin pastor[2]. San Mateo al nombrar la Decápolis nos quiere indicar que el anuncio del Evangelio debe llegar a todas las gentes, indicando la universalidad de la salvación que se hará extensiva a todos los pueblos[3]. Estamos hechos a imagen del Creador pero Jesús es su imagen perfecta, el ejemplo de Cristo es el mejor medio de anunciar su Evangelio. Su misericordia con las gentes es el ejemplo que hemos de seguir, no es el Dios mágico de otras religiones, sino el Dios rico en misericordia[4]. Este seguir a Jesús como modelo, supone una conversión de nuestro interior, una llamada a vivir de una manera diferente, «y no os amoldéis a este mundo, sino por el contrario transformaos con una renovación de la mente, para que podáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, agradable y perfecto»[5]. San Mateo en su Evangelio nos presenta a Jesús siempre en movimiento, que pasa a nuestro lado y nos transforma, ante este pasar de Jesús, el hombre no se puede quedar indiferente. De Galilea, Decápolis, Jerusalén y Judea, no son sólo los judíos los que quieren ver a Jesús, sino también los gentiles y los paganos.


[1] Cf. Mc.5,19-20  
[2] Cf. Mt.9,36  
[3]
Cf. Mt.28,17  
[4]
Cf. Ef.2.4  
[5]
Cf. Rom.12,2

 
           

ANÁLISIS DOCTRINAL

           
  4,25b De Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea.  A      4,25b De Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea.  A  
 

Análisis Doctrinal

[1]Despierta, tú que duermes, álzate de entre los muertos, y Cristo te iluminará[1]. Jesús es el único camino, la verdad absoluta y la verdadera vida. Todo hombre que busque la verdad, oyendo su conciencia, el sentido de su propia vida, busca en definitiva a Cristo, aunque no sea consciente de ello. Jesús viene al mundo para salvar a los pecadores[2], el pecado es el único mal que nos aparta de Dios. La misión principal de su venida, es salvarnos del pecado y de esta misión nace la Iglesia y su acción evangelizadora. «El Señor Jesús ya desde el principio llamó a sí a los que El quiso y designó a doce para que le acompañaran y para enviarlos a predicar. Los Apóstoles fueron así la semilla del nuevo Israel, a la vez que el origen de la Jerarquía sagrada. Después una vez que hubo completado en sí con su muerte y resurrección los misterios de nuestra salvación y la restauración de todas las cosas, habiendo recibido toda potestad en el cielo y en la tierra, antes de ascender a los cielos, fundó su Iglesia como sacramento de salvación y envió a los Apóstoles al mundo entero, como también El había sido enviado por el Padre, mandándoles: Id, pues,  enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. Id por el mundo entero a predicar el Evangelio a toda criatura. El que creyere y fuera bautizado se salvará; más el que no creyere se condenará»[3]. «San Pablo afirma que Jesús nos ha hecho pasar de las tinieblas a la luz. Sin lugar a dudas el gran apóstol pensaba en la luz que le cegó, cuando perseguía a los cristianos en el camino de Damasco. Cuando recuperó la vista, ya nada era como antes. Pablo había vuelto a nacer y, a partir de entonces, nada podría haberle arrebatado la alegría que había inundado su espíritu»[4]. Todos los cristianos que formamos el Pueblo de Dios tenemos el deber misionero de dar testimonio de Cristo a todas las gentes: «Puesto que toda la Iglesia es misionera y la obra de la evangelización es deber fundamental del Pueblo de

[1] Cf. Ef.5,14  
[2] Cf. 1 Tim.1,15  
[3] Cf. Concilio Vaticano II. Decreto Ad gentes divinutus 5 VAA
[4]
Cf. Juan Pablo II. XVII Jornada Mundial de la Juventud. Toronto VAHF

    Dios, el Santo Concilio invita a todos a una profunda renovación interior a fin de que, teniendo viva conciencia de la propia responsabilidad en la difusión del Evangelio, acepten su cometido en la obra misional entre los gentiles. Todos los fieles, como miembros de Cristo viviente, incorporados y asemejados a El por el bautismo, por la confirmación y por la Eucaristía, tienen el deber de cooperar a la expansión y dilatación de su Cuerpo para llevarlo cuanto antes a la plenitud. Por lo cual todos los hijos de la Iglesia han de tener viva conciencia de su responsabilidad para con el mundo, han de fomentar en sí mismos el espíritu verdaderamente católico y consagrar sus fuerzas a la obra de la evangelización. Conozcan todos, sin embargo, que su primera y principal obligación por la difusión de la fe es vivir profundamente la vida cristiana. Pues su fervor en el servicio de Dios y su caridad para con los demás aportarán nuevo aliento espiritual a toda la Iglesia, que aparecerá como estandarte levantado entre las naciones "luz del mundo" y "sal de la tierra"»[1]. «La llamada a la misión deriva de por sí de la llamada a la santidad. Cada misionero, lo es auténticamente si se esfuerza en el camino de la santidad: “La santidad es un presupuesto fundamental y una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia”. La vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación universal a la misión. Todo fiel está llamado a la santidad y a la misión. Esta ha sido la ferviente voluntad del Concilio al desear, “con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la Iglesia, iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura”»[2]. El Concilio Vaticano II, en su documento fundamental Lumen Gentium,  en el que se haya resumido todo el espíritu del Concilio, dice: «Cristo es la luz de los Pueblos. Por ello este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea ardientemente iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la tierra»[3]. La Iglesia fiel al mandato recibido, lleva el anuncio del Evangelio a todos los rincones del mundo y «el Espíritu Santo la impulsa a cooperar para que se cumpla

[1] Cf. Concilio Vaticano II. Decreto Ad gentes divinutus 35.36 VAA  
[2]
Cf. Juan Pablo II Enc. Redemptoris missio 90 VAHF  
[3] Cf. Concilio Vaticano II. Constitución Lumen Gentium 1 VAA

 
           

EXCURSUS

           
  4,25b De Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea.  X     4,25b De Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea.  X  
 

Excursus

La Decápolis. [1] Etimológicamente Decápolis viene del griego “Deka” diez y “polis” ciudad. Era un distrito de Palestina, al este del Jordán, que abarcaba diez ciudades, pero según fuentes antiguas, la Decápolis variaba entre dieciocho y diecinueve ciudades. Ptolomeo sitúa las ciudades de la Decápolis en Celesiria. Eran de origen nabateo, pertenecientes a tribus Canaaitas, expulsados de la Tierra Prometida por Josué[1].  Decápolis es el nombre que asigna la Biblia a esta región. En el Nuevo Testamento aparece citada tres veces[2]. Historiadores como Josefo, Plinio el Viejo, Estrabón, Ptolomeo y otros geógrafos antiguos la citan con frecuencia. Cada ciudad de la Decápolis era autónoma (polis). Con cultura griega y poblada por pueblos, tales como Judíos, Arameos o Nabateos. Muchos investigadores de nuestro tiempo han visto la Decápolis como una confederación de ciudades autónomas Greco-Romanas. En sus comienzos estuvo habitada por griegos que se establecieron en la región tras la conquista de Alejandro Magno. Su muerte prematura hizo que su imperio se dividiera entre sus generales: los Seléucidas se distribuyeron por Persia y Siria y los Ptolomeos en el sur en Egipto. Gran número de sus tropas se establecieron en ciudades del interior llevando una vida pacífica. Así que construyeron nuevas ciudades o transformaron las viejas. Las ciudades de la Decápolis surgieron para promover sus intereses y como protección contra los pueblos vecinos actuando como escudos ante la amenaza del Imperio persa. El sueño de Alejandro de helenizar al mundo, no murió con él, pervivió en las dinastías siguientes. La Decápolis fue helenizada por los ptolomeos y posteriormente por los Seléucidas, en la batalla de Panias, el año 198 a.C., las tropas de Antioco, conquistaron al Imperio de los Ptolomeos de Egipto y la Decápolis pasó a control Seléucida, pero a pesar de este control, las ciudades gozaban de una autonomía similar a la que tenían otros estados como Nabatea, Iturea y Judea. Tenían, como una ciudad griega, edificios administrativos, templos, teatros e instalaciones defensivas, juegos y cultos griegos.  En el 218 a.C., según Polibio, varias de estas ciudades se

[1] Cf. Jos.3,10
[2]
Cf. Mt.4,25; Mc.5,20; 7,31

    convirtieron en fortalezas, pero con la llegada de los romanos se debilitó su poder. Durante la época Macabea (167-63 a.C.). La población de la Decápolis era eminentemente pagana. Pero muchos no habían perdido la esperanza de convertir a sus ciudadanos a sus costumbres y su religión. Judas Macabeo atacó la ciudad de Escitópolis[1], pero como se había portado bien en los tiempos de desgracia, Judas y los suyos se lo agradecieron  y la Decápolis no fue sometida hasta el reinado de Hircano. Los habitantes griegos de esta región no tuvieron buenas relaciones con los judíos y el episodio del rebaño de cerdos[2] indica desprecio por lo que consideraban como un prejuicio judío. El hecho de un hato de 2000 cerdos indica la fuerte presencia helenística en la zona, ya que el cerdo era el animal utilizado preferentemente en los sacrificios griegos[3].  En el 63 a.C. fueron liberadas por Pompeyo. Las ciudades de la Decápolis de cultura griega, acogieron la llegada de los romanos como una verdadera liberación, ya que la mayoría habían tenido conflictos con los Judíos y los Nabateos. Después de la conquista de Palestina por parte de los romanos, estas ciudades fueron parcialmente colonizadas y reconstruidas, poseyendo privilegios particulares. La Liga de las ciudades de la Decápolis se formó con Pompeyo y estaban reagrupadas bajo la autoridad de un prefecto romano,  políticamente dependían del gobernador romano de Siria; siendo independientes de su tetrarquia local, probablemente con el fin de obstaculizar su judeización. Las ciudades de la Decápolis constituían una unidad política con independencia de su situación geográfica. Disfrutaban de los derechos de asociación y asilo, tenían su propia moneda, pagaban los impuestos a Roma y eran responsables del servicio militar, sus ciudadanos no eran militares romanos, como en ciudades más recientes. Tenían su propio calendario, que comenzó con el año de su liberación. Los romanos las ampliaron e integraron nuevas ciudades al conjunto. La función más importante de las ciudades de la Decápolis era una posición de defensa en el paso de las tribus del este hacia Palestina, el control e influencia del Imperio se ejerció solo de ciudad en ciudad. La situación de la Decápolis era una

[1] Cf. II Mac.12,29  
[2]
Cf. Mc.5,11  
[3]
Cf. Is.65,4

 
           

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