S02.03 3,17

INSTITUTO DE ESTUDIOS BÍBLICOS SAN MATEO
Omnia  in  gloriam Dei  Facite
vera et una Trínitas, una et summa Deítas, sancta et una Unitas

02
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Mt.3,17

LIBRO VI EXPLICACIÓN ANÁLISIS DOCTRINAL EXCURSUS

ANÁLISIS DOCTRINAL

           
  3,17 Y una voz del Cielo que decía... A      3,17 Y una voz del Cielo que decía... A  
 

Análisis Doctrinal

[1] En el Bautismo de Jesús en el Jordán el Padre da testimonio del Hijo y se manifiesta una segunda epifanía. Algo trascendental ocurre entonces cuando se abren las aguas: Dios mismo se presenta en forma trinitaria. Jesús estaba hablando con su Padre retirado en oración según nos dice San Lucas. «Y entonces mientras dialogaba con su Padre del Cielo, tuvo lugar la manifestación del misterio del misterio de la Santísima Trinidad. Esta escena, junto a la Transfiguración, es una de las más bellas de toda la vida del Señor… Una voz del Cielo atestiguó: Éste es mi Hijo, en quien me he complacido. Literalmente ha de leerse: Éste es el Hijo mío, el amado. Y el Amado, precedido del artículo y unido a la expresión el Hijo, normalmente en la Escritura se refiere al hijo único. Con toda propiedad y fuerza se declara aquí que Jesús es el Hijo de Dios, el Unigénito, Hijo en un sentido completamente distinto a los demás hombres. Por esa filiación poseía la plenitud del Espíritu Santo. Este nuevo descendimiento significa que la Tercera Persona de la  Trinidad comenzaba su acción por medio del Mesías. Muchos textos del Antiguo Testamento anunciaban esta especialísima manifestación del Espíritu Santo. El Señor no necesitaba ser bautizado, como no precisaba de la circuncisión, a la que, sin embargo, también se sometió. El evangelista indica la razón: era la voluntad de su Padre que se sometiese a la Ley, como Él mismo enseñará mas tarde»[1]. Y Juan Pablo II enseña: «Los Evangelios —y todo el Nuevo Testamento— dan testimonio de Jesucristo como Hijo de Dios. Es ésta una verdad central de la fe cristiana. Al confesar a Cristo como Hijo “de la misma naturaleza” que el Padre, la Iglesia continúa fielmente este testimonio evangélico. Jesucristo es el Hijo de Dios en el sentido estricto y preciso de esta palabra. Ha sido, por consiguiente, “engendrado” en Dios, y no “creado” por Dios y “aceptado” luego como Hijo, es decir, “adoptado”. Este testimonio del Evangelio, en el que se funda la fe de todos los cristianos, tiene su fuente definitiva en Dios-Padre, que da testimonio de Cristo como Hijo suyo… Este testimonio único y fundamental, que surge del misterio eterno de la vida trinitaria, encuentra expresión particular en los Evangelios sinópticos,

[1] Cf. Francisco Fernández Carvajal. Vida de Jesús Ed. Palabra Pág.140

    primero en la narración del Bautismo de Jesús en el Jordán y luego en el relato de la transfiguración de Jesús en el monte Tabor. Estos dos acontecimientos merecen una atenta consideración. En el Evangelio según Marcos leemos: “En aquellos días vino Jesús desde Nazaret, de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. En el instante en que salía del agua vio los cielos abiertos y el Espíritu, como paloma, que descendía sobre Él, y una voz se hizo oír de los cielos: 'Tú eres mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias'“. Según el texto de Mateo, la voz que viene del cielo dirige sus palabras no a Jesús directamente, sino a aquellos que se hallaban presentes durante su Bautismo en el Jordán: “Este es mi Hijo amado. En el texto de Lucas, el tenor de las palabras es idéntico al de Marcos»[2]. Hasta ahora, para comunicarse Dios con los hombres había enviado a los profetas, ahora nos envía a su Hijo. Cristo es el Hijo amado, quien se revela como palabra y complacencia del Padre. Dice San Juan de la Cruz: «Porque tú pides locuciones y revelaciones en parte y, si pones en él los ojos, la hallarás en todo, porque él es toda mi locución y respuesta, y es toda mi visión y toda mi revelación; lo cual os he ya hablado, respondido, manifestado y revelado, dándoosle por Hermano, Compañero y Maestro. Precio y Premio. Porque desde aquel día que baje con mi Espíritu sobre él en el monte Tabor, diciendo: Hic est Filius meus dilectus, in quo mihi bene complacui, ipsum audite; es a saber: Este es mi amado Hijo, en que me he complacido; a él oíd, ya alcé yo la mano, de todas esas maneras de enseñanzas y respuestas y se las di a él. Oídle a él, porque no tengo más fe que manifestar»[3]. Y San Hipólito escribe: «Jesús acude a Juan y es bautizado por él. ¡Cosa admirable! El río infinito que alegra la ciudad de Dios es lavado con un poco de agua. La fuente inconmensurable e inextinguible, origen de vida para todos los hombres, es sumergida en unas aguas exiguas y pasajeras. Aquel que está presente siempre y en todo lugar, incomprensible para los ángeles e inaccesible a toda mirada humana, llega al Bautismo por voluntad propia. Se le abrieron los cielos y se oyó una voz que venía del cielo que decía: “Éste es mi Hijo amado en quien tengo mis complacencias”. El amado engendra amor, y la ..... (sigue)

[2] Cf. Juan Pablo II. Audiencia general 27-05-87 VAHF  
[3]
Cf. San Juan de la Cruz. Subida del Monte Carmelo. L.2 C.22,5 BAC 15 Pág.201

 
           

EXCURSUS

           
  3,17 Y una voz del Cielo que decía... X     3,17 Y una voz del Cielo que decía... X  
 

Excursus

Teofanía: Manifestación sensible de Dios. [1] La palabra teofanía viene del griego Teos “Dios” y fainein “aparecer”, “hacerse visible”, significa la manifestación de la divinidad en forma visible, de manera que puede ser perceptible por el hombre. Dios es invisible e infinito y el hombre, al ser una criatura limitada, no puede llegar a captarlo de forma concreta, además nadie ha podido verlo jamás: “Pero no podrás ver mi rostro, pues ningún ser humano puede verlo y seguir viviendo[1]. Otro término griego utilizado es el de epifanía que significa “manifestación”, y que en los Setenta se utilizaba para traducir la “gloria de Dios”. «Es imposible imaginar hasta qué punto la tradición de Israel era ―y es aun en los medios ortodoxos― fiel al pasado, inflexible en esa fidelidad. Nosotros, por el contrario, nos gloriamos de ser unos desarraigados. Nuestras palabras son cobardes, nuestras definiciones de palabras son extremadamente, vagas. La ruina a que el romanticismo ha arrastrado a nuestro lenguaje lo ha erosionado… No tenemos idea de la riqueza de las palabras en los Evangelios, ni de su precisión. Las palabras empleadas por los escritores del Nuevo Testamento eran una moneda fuerte, la más alta del mundo, en relación con nuestras divisas. Así, ¿qué quieren decir para nosotros las palabras "gloria", "cuerpo glorioso", "cuerpo glorificado"? Suenan bien, no pedimos más. Y pasamos. Es decir, pasamos al lado de verdades religiosas capitales. Cuando Juan dice de Jesús: “Hemos visto tu gloria[2] pensamos que habla como un mariscal del Imperio hablaba de Napoleón, o como un general de Alejandro podía hablar del mayor capitán de todos los tiempos. Pero en labios de un israelita ortodoxo, hablar de "la gloria" de Jesucristo sería propiamente confesar que Jesucristo es Dios. En la tradición judía, la palabra "gloria" (en hebreo kabôd) está estrictamente reservada a Dios.... La palabra Gloria es uno de los pilares esenciales de todas las Escrituras, una de las palabras capitales de toda la revelación divina al pueblo hebreo»[3]. Pero ante la divinidad el hombre se siente un ser indefenso y frágil. «En efecto, siente que es un "soplo", como una

[1] Cf. Ex.33,20  
[2]
Cf. Ioh.1,14  
[3]
Cf. Raymond L. Bruckberger. La Historia de Jesucristo IV Parte 24,11

   
una sombra que pasa, débil e inconsistente, inmerso en el flujo del tiempo que transcurre, marcado por el límite propio de la criatura. Entonces surge la pregunta: ¿por qué Dios se interesa y preocupa de esta criatura tan miserable y caduca? A este interrogante responde la grandiosa irrupción divina, llamada "teofanía", a la que acompaña un cortejo de elementos cósmicos y acontecimientos históricos, orientados a celebrar la trascendencia del Rey supremo del ser, del universo y de la historia»[4]. Pero Dios es un amigo que se acerca a la historia de los hombres, así ocurrió en la aparición de Dios a Abrahán: “El Señor se manifestó a Abrahán junto a la encima de Mambré, cuando estaba sentado a la puerta de la tienda en lo más caluroso del día[5]. Algunos Padres han visto en este suceso una primera revelación del Dios Uno y Trino, y a quienes Abrahán se dirige hablando en singular: “Mi Señor, si he hallado gracia a tus ojos, no pases sin detenerte junto a tu siervo[6]; he aquí, pues, una manifestación del misterio de la Santísima Trinidad: «Todo viene de Él, Todo existe por Él, Todo vive por Él; ¡A Él se dé gloria por los siglos de los siglos!»[7]. Dice San Gregorio Magno: «Nótese que el Señor vio que resistían a su reprensión, y, a pesar de esto, no dejó de volverles a predicar diciendo: “Abrahán vuestro padre, se llenó de gozo por ver mi día, violé y se regocijó”. Abrahán vio el día del Señor cuando dio hospitalidad a los tres ángeles que representaban a la Santísima Trinidad, y después de haberles admitido en su casa les habló como si fueran uno solo, porque si bien las personas son tres, es una sola la naturaleza divina. Mas los corazones carnales de los oyentes no elevan su vista sobre la carne, y lo entienden todo de su edad carnal»[8]. Otros Padres han visto la manifestación de Dios a Abrahán por medio de tres ángeles, esta es la opinión de San Agustín en su libro la “ciudad de Dios”: «Asimismo se apareció Dios a Abraham junto al encinar de Mambré en figura de tres varones, quienes no hay duda que fueron ángeles, aun que hay algunos que imaginan haber sido uno de ellos Nuestro ..... (sigue)

[4] Cf. Benedicto XVI. Audiencia general 11-01-06 VAHF  
[5]
Cf. Gén.18,1  
[6] Cf. Gén.18,3
[7]
Cf. Misal Romano. Antífona de las Vísperas de la Santísima Trinidad
[8]
Cf. San Gregorio Magno. Homilía 18 in Evangelia Ed. Rialp Pág.136

 
           

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