S02.03 4,02

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Mt.4,02

LIBRO VII EXPLICACIÓN ANÁLISIS DOCTRINAL EXCURSUS

EXPLICACIÓN

           
        4,02 Después de haber ayunado... E  
 

a.      Después de haber ayunado cuarenta días con cuarenta noches, sintió hambre.

Palabras clave

Ayuno:                           Ex.34,28; 1 Re.19,8; Is.58,4; Mc.1,13

Hambre:                         Lc.4,2

A.T.

Éxodo

Ex.34,28        Moisés estuvo allí con el Señor cuarenta días y cuarenta noches, no comió pan ni bebió agua, y escribió sobre las tablas las palabras de la alianza, los diez mandamientos.

Libro de los Reyes

1 Re.19,8      Se levantó, comió y bebió, y con las fuerzas de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta  el Horeb, el monte de Dios.

Isaías

Is. 58,4-6       Ayunáis para litigar y querellar y golpeáis con el puño sin piedad. No ayunéis como ahora, para que vuestra voz se oiga en las alturas. 5 ¿Es ése el ayuno que prefiero, el día de humillarse el hombre? ¿Inclinar la cabeza como un junco, y preparar un lecho de saco y ceniza? ¿A eso llamáis ayuno y día grato al Señor? 6 ¿El ayuno que prefiero no es más bien romper las cadenas de la iniquidad, soltar las ataduras del yugo, dejar libres a los oprimidos  y quebrar todo yugo?

N.T.

San Marcos

Mc.1,13      Y estuvo en el desierto cuarenta días mientras era tentado por Satanás; estaba con los animales, y los ángeles le servían.

San Lucas

Lc.4,2         donde estuvo cuarenta días y fue tentado por el diablo. No comió nada en estos días y, al cabo de ellos, tuvo hambre.

   

Explicación

 

[1] Jesús antes de comenzar su predicación del Evangelio, experimenta las tentaciones en el desierto y practica la oración y el ayuno, alimentándose quizá únicamente de hierbas y de raíces, como hicieron antes de él Moisés y Elías. Moisés estaría en el monte Sinaí cuarenta días antes de publicar la ley: “Permanecí en la montaña cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua[1],  y Elías en el monte Horeb: “Se levantó, comió y bebió, y con las fuerzas de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta  el Horeb, el monte de Dios[2]. En la Eucaristía también comemos y bebemos y recibimos la fuerza necesaria para caminar hacia Dios. Dos figuras claves en el AT, que prefiguran la ley y los profetas y que estarán presentes en la transfiguración de Jesús. Las tentaciones del Señor en el desierto siguen a su bautismo y no antes. Por el bautismo nos hacemos hijos de Dios, y se nos comunica la acción del Espíritu Santo. Dice San Pablo: “caminad en el Espíritu y no deis satisfacción a la concupiscencia de la carne. Porque la carne tiene deseos contrarios al espíritu, y el espíritu contrarios a la carne, pues ambos se oponen mutuamente, para que no hagáis lo que queréis[3]. Este ayuno del Señor es modelo de nuestro ayuno cuaresmal. El ayuno nos purifica el alma, mortifica la carne y permite –fruto del Espíritu Santo– controlar y tener el dominio del cuerpo. El Señor con su ejemplo en el desierto, nos ha mostrado que la oración y el ayuno son los instrumentos principales para rechazar los ataques del demonio. Jesucristo, perfecto Dios y perfecto hombre, después de ayunar durante cuarenta días, sintió hambre, lo que resalta la humanidad santísima de nuestro Señor: “de ellos son los patriarcas y de ellos según la carne desciende Cristo, el cual es sobre todas las cosas Dios bendito por los siglos. Amén [4], El cuerpo del Señor es sometido a la debilidad para dar a Satanás la ocasión de tentarlo. 


[1] Cf. Dt.9,9 b  
[2] Cf. 1 Re.19,8  
[3]
Cf. Gál.5,16-17  
[4]
Cf. Rom.9,5

 
           

ANÁLISIS DOCTRINAL

           
  4,02 Después de haber ayunado... A      4,02 Después de haber ayunado... A  
 

Análisis Doctrinal

[1] Jesús siente hambre después de haber ayunado durante cuarenta días y el demonio aprovecha para tentarlo. El ayuno se ha realizado en todos los tiempos y en todas las religiones, aunque ha sido usado y sigue usándose por motivos ajenos a lo religioso, las razones religiosas han sido las más influyentes. “Buena es la oración sincera y es preferible la limosna con la justicia a la abundancia inicua[1]. Siempre se ha considerado el ayuno, acompañado de oración, como signo de humildad delante de Dios: “Esta será para vosotros una ley perpetua: el día diez del mes séptimo haréis penitencia y no haréis trabajo alguno, ni el nativo ni el extranjero que habita en medio de vosotros. Ese día se expiará por vosotros para purificaros. Quedaréis limpios de todos vuestros pecados delante del Señor. Será para vosotros como un sábado extraordinario y haréis penitencia. Es una ley perpetua[2]. El pueblo judío cuando se veía amenazado celebraba ayunos públicos: “Proclamad ayuno y haced sentar a Nabot a la cabeza del pueblo[3]; y en días señalados se declaraban jornadas de ayuno en conmemoración de la ciudad de Jerusalén: “¿Debo yo hacer duelo y guardar abstinencia el mes quinto, como vengo haciendo desde hace años?[4]. «En el Antiguo Testamento se descubre cada vez con una riqueza mayor el sentido religioso de la penitencia…  Así había de establecerse también en los diversos ritos penitenciales sancionados por la ley. Cuando esto no se realiza, el Señor se lamenta: “No ayunéis como ahora, haciendo oír en el cielo vuestras voces”. “Rasgad los corazones y no las vestiduras; convertíos al Señor, Dios vuestro”. No falta en el Antiguo Testamento el aspecto social de la penitencia: las liturgias penitenciales de la Antigua Alianza no son solamente una toma de conciencia colectiva del pecado, sino que también constituyen la condición de pertenencia al pueblo de Dios. También podemos advertir que la penitencia se presenta, antes de Cristo igualmente como medio y prueba de perfección y santidad:

[1] Cf. Tb.12,8
[2]
Cf. Lev.16,29-31
[3] Cf. 1 Re.21,9
[4]
Cf. Zac.7,3 b

     

Judit[5], Daniel[6], la profetisa Ana y otras muchas almas elegidas servían a Dios noche y día con ayunos y oraciones, con gozo y alegría. Finalmente, encontramos, en los justos del Antiguo Testamento, quienes se ofrecen a satisfacer, con su penitencia personal, por los pecados de la comunidad, así lo hizo Moisés en los cuarenta días que ayunó para aplacar al Señor por las culpas del pueblo infiel; sobre todo así se nos presenta la figura del Siervo de Yahvé, el cual “soportó nuestros sufrimientos” y en el cual “el Señor cargó... todos nuestros crímenes”. Sin embargo, todo esto no era más que sombra de lo que había de venir»[7]. Varios son los motivos por los que el ayuno se ha practicado desde el inicio de la antigüedad. En primer lugar para dirigir nuestra mente a Dios y pedirle ayuda para solucionar nuestras dificultades, tal fue el caso de Esdras: “Ayunamos, pues, y pedimos a nuestro Dios por todo esto, y él satisfizo nuestro ruego[8]. Segundo, para realizar un sacrificio en reparación por nuestros pecados, o suplicar el perdón de una culpa, como se nos cuenta en el primer libro de Samuel, cuando los filisteos devolvieron el arca de la Alianza a los israelitas y estos pecaron contra el Señor, adorando a otros dioses paganos: “Ayunaron aquel día y dijeron: Hemos pecado contra el Señor[9]. Tercero, para convertirnos interiormente, como constantemente han denunciado los profetas. Escribe San Ambrosio: «Conviene que seáis más asiduos en las vigilias, ayunos, limosnas y oraciones. Quien hasta ahora ayunó y oró, que ahora ayune y rece más. Porque hay algunos pecados que no se perdonan si no es por la oración y el ayuno»[10]. En la carta de Bernabé, atribuida al apóstol, leemos: «Les dice también acerca de estas cosas: No ayunéis como ahora, haciendo oír en el cielo vuestras voces. ¿Es ése el ayuno que el Señor desea para el día en que el hombre se mortifica? A nosotros en cambio nos dice: El ayuno que yo quiero es éste – oráculo del Señor –: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos,. ..... (sigue)


[5] Cf. Jud.8,6
[6] Cf. Dan.10,3
[7] Cf. Pablo VI. Constitución Paenitemini Cap.I VAHF
[8] Cf. Es.8,23
[9] Cf. 1 Sam.7,6
[10]
Cf. San Ambrosio. Sermón I de Cuaresma

 
           

EXCURSUS

           
  4,02 Después de haber ayunado... X     4,02 Después de haber ayunado... X  
 

Excursus

Vida Consagrada: [1] Monacato viene del griego “monos”, que significa “solo”; la etimología de la palabra monje deriva pues de la palabra griega monajos, que significa el género de vida de una persona que está sola. El monje, es pues, la persona que se retira del mundo y se dedica a cumplir los mandatos evangélicos a imitación de Cristo. Ya desde en el Antiguo Testamento se habla de estilos de vida o de comunidades religiosas, que si bien no se pueden considerar como monásticas, pueden ser un precedente de la vida consagrada. En primer lugar están la institución de los nazareos que se remonta a tiempos de Moisés: “El hombre o mujer que decida hacer voto de nazareo para consagrarse al Señor, se abstendrá de vino o licor...” [1]. El voto del nazareo era frecuente en Israel, consistía en abstenerse de toda bebida alcohólica, no cortarse el pelo y abstenerse del contacto con cadáveres. Otro tipo de institución monástica son las comunidades proféticas que se establecen en torno a un grupo de profetas; alcanzan su esplendor con el profeta Elías, generalmente estaban vinculados a un santuario, como el monte Carmelo: “Ahora manda congregarse junto a mí  a todo Israel en el monte Carmelo con los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal y los cuatrocientos profetas de Aserá que comen a la mesa de Jezabel”[2]. Elías es el paradigma del profeta que clama a Dios. Dice el Catecismo: «Elías es el padre de los profetas, de “la raza de los que buscan a Dios, los que van tras su rostro[3]. Su nombre “el Señor es mi Dios”, anuncia el grito del pueblo en respuesta a su oración en el monte Carmelo. Santiago nos remite a él para incitarnos a orar: “La oración ferviente del justo tiene mucho poder[4]»[5]. Había otras comunidades, como la de los recabitas, en los que su ideal de vida era vivir en el desierto: “Por eso, Yo mismo la seduciré: la conduciré al desierto y le hablaré al corazón[6]. Existían también grupos como

[1] Cf. Nm.6,2  
[2] Cf. 1 Re.18,19  
[3] Cf. Ps.23,6  
[4] Cf. San.5.16b-18  
[5]
Cf. Catecismo de la Iglesia católica. CIC n. 2582. Pág.561
[6]
Cf. Os.2,16

   
el de los asideos o el de los esenios que vivían un radicalismo perfeccionista en el desierto de Judea, únicamente cuando se restableciera la santidad dejarían la comunidad: «casa santa de Aarón, para adherirse al santo de los santos, y casa de la comunidad en Israel, para los que caminan en la perfección»[7]. En tiempos apostólicos los primeros en dedicarse a una vida consagrada a Dios fueron los seguidores de los ascetas y las vírgenes que existieron desde la época de Jesús. Se alejaban de las ciudades y huían al desierto, en donde excavaban celdas en las depresiones de las dunas hasta alcanzar el nivel freático con la intención de convertir las moradas en tumbas, donde el eremita estaba muerto para el mundo. Expresa el Catecismo de la Iglesia: «Desde los comienzos de la Iglesia hubo hombres y mujeres que intentaron, con la práctica de los consejos evangélicos, seguir con mayor libertad a Cristo e imitarlo con mayor precisión. Cada uno a su manera, vivió entregado a Dios. Muchos, por inspiración del Espíritu Santo, vivieron en la soledad o fundaron familias religiosas, que la Iglesia reconoció y aprobó gustosa con su autoridad»[8]. Hombres y mujeres que voluntariamente se apartaron del mundo y se entregaron a Dios. Dice Santa Edith Stein: «El que está destinado a la vocación del celibato, deberá acogerla como una llamada de Cristo. La mujer que oye esta llamada, debe asir la mano tendida de Dios y dejarse guiar por ella. Ella debe, pues, aun no perteneciendo a una congregación religiosa, reclamar para sí el título honorífico de “sponsa Cristi” y ser consciente de la especial solicitud que el Señor otorga a los consagrados a su servicio. Si dejan espacio en su vida cotidiana para la obra del Señor… entonces su alma se llenará más y más de la vida de Cristo y acercará espontáneamente esta vida divina a todos los hombres con los que entra en relación… Una tal vida tampoco carece del amor al prójimo. Quien está lleno del amor de Dios, cuyo corazón rebosa de amor hacia los hombres, encuentra también amor en abundancia»[9]. El monacato cristiano se basa en la “fuga saeculi” o “contemptus mundi”, en que se desprecia el mundo, como condición previa para una purificación interior, y ejercitando las virtudes,. ..... (sigue)
 

[7] Cf. Qumrán. Regla de la Comunidad 1 QS 9,6  
[8]
Cf. Catecismo de la Iglesia católica. CIC n. 918. Pág.218
[9]
Cf. Santa Edith Stein. Determinación vocacional de la mujer. M.E.C.12 Pág.99

 
           

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