S02.03 4,09

INSTITUTO DE ESTUDIOS BÍBLICOS SAN MATEO
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02
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Mt.4,09

LIBRO VII EXPLICACIÓN ANÁLISIS DOCTRINAL EXCURSUS

EXPLICACIÓN

           
        4,09 Y le dijo: Todas estas cosas.... E  
 

a.      y le dijo: Todas estas cosas te daré si postrándome me adoras.

 

Palabras clave

 

Postrarse:                     Ex.20,5; Dt.5,9; Ap.5-14

Adoras:                          Lc.4,7; 1 Cor.14,25; Ap.13,4,8

A.T.

Éxodo

Ex.20,5            No te postrarán ante ellas ni le darás culto, porque yo Yahvé, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian.

Deuteronomio

Dt.5,9               No te postrarán ante ellas ni le darás culto, porque yo Yahvé, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian.

N.T.

San Lucas

Lc.4,7              Por tanto, si me adoras, todo será tuyo.

San Pablo

1 Cor.14,25     Quedarán manifiestos los secretos de su corazón y, cayendo de rodillas, adorará a Dios, confesando: «Verdaderamente Dios está entre vosotros».

Apocalipsis

Ap.13,4           Y adoraron al dragón porque había entregado el poder a la bestia. También adoraron a la bestia diciendo: ¿Quién como la Bestia, y quién puede luchar contra ella?.

   

Explicación

[1] El diablo ofrece a Jesús la posesión de todas las glorias del mundo al precio del homenaje de la adoración. Le presenta una disyuntiva: Usar el poder terrenal en su misión mesiánica o bien un poder que le convertiría en un servidor dependiente de Satanás. El Señor rechaza ambas hipótesis, no quiere ser conquistador de reinos terrenos, ni doblar la rodilla ante su contrincante. El poder que se le ofrece, no es un poder obtenido por haber conquistado el reino de Cristo, es el poder que nace de haber cedido ante su adversario. Desde tiempos prehistóricos se ha representado la divinidad con formas antropomórficas. Ya en el Antiguo Testamento el pueblo hebreo conocía la idolatría como culto de adoración a otros dioses. “No os hagáis ídolos ni imágenes, ni levantéis estelas, ni pongáis en vuestra tierra piedras esculpidas para adorarlas, porque yo soy el Señor, vuestro Dios[1].  El hombre mediante imágenes adoraba a la criatura en lugar de su Creador, como dice San Pablo: “y llegaron a transferir la gloria del Dios incorruptible a imágenes que representan al hombre corruptible, y a figura de aves, de cuadrúpedos y de reptiles[2]. El reino que anuncia Cristo no tiene nada que ver con los reinos de la tierra. Dios es la verdadera liberación del hombre, fuera de Dios no hay nada santo, ni digno de adoración. Dios es el único ser digno de honor supremo. La idolatría consiste precisamente en eso, en rendir culto a otras cosas que ocupan el lugar de Dios, dice la Escritura los ídolos que los hombres fabrican son imágenes carentes de vida: “Los ídolos de las naciones son plata y oro, hechura de manos de hombres[3]. El término adoración quiere decir “dar obediencia a”, en griego “proskuneo” de “pros” hacia y “kuneo” besar. En hebreo se traduce por shajah que significa “inclinarse, postrarse, agacharse”, es decir, mostrar sumisión. La adoración es la reacción del hombre ante la proximidad de Dios, es un acto de humildad, de sumisión ante la presencia de Dios, la condición pecadora de este escapa al influjo divino y manifiesta su adoración a las solas formas exteriores, pero “Dios es. ..... (sigue)


[1] Cf. Lev.26,1
[2] Cf. Rom.1,23  
[3]
Cf. Ps.113,12

 
           

ANÁLISIS DOCTRINAL

           
  4,09 Y le dijo: Todas estas cosas... A      4,09 Y le dijo: Todas estas cosas... A  
 

Análisis Doctrinal

[1] El diablo ofrece a Jesús la posesión de todas las glorias del mundo al precio del homenaje de la adoración. Le presenta una disyuntiva: Usar el poder terrenal en su misión mesiánica o bien un poder que le convertiría en un servidor dependiente de Satanás. El Señor rechaza ambas hipótesis, no quiere ser conquistador de reinos terrenos, ni doblar la rodilla ante su contrincante. El poder que se le ofrece, no es un poder obtenido por haber conquistado el reino de Cristo, es el poder que nace de haber cedido ante su adversario. Desde tiempos prehistóricos se ha representado la divinidad con formas antropomórficas. Ya en el Antiguo Testamento el pueblo hebreo conocía la idolatría como culto de adoración a otros dioses. “No os hagáis ídolos ni imágenes, ni levantéis estelas, ni pongáis en vuestra tierra piedras esculpidas para adorarlas, porque yo soy el Señor, vuestro Dios[1].  El hombre mediante imágenes adoraba a la criatura en lugar de su Creador, como dice San Pablo: “y llegaron a transferir la gloria del Dios incorruptible a imágenes que representan al hombre corruptible, y a figura de aves, de cuadrúpedos y de reptiles[2]. El reino que anuncia Cristo no tiene nada que ver con los reinos de la tierra. Dios es la verdadera liberación del hombre, fuera de Dios no hay nada santo, ni digno de adoración. Dios es el único ser digno de honor supremo. La idolatría consiste precisamente en eso, en rendir culto a otras cosas que ocupan el lugar de Dios, dice la Escritura los ídolos que los hombres fabrican son imágenes carentes de vida: “Los ídolos de las naciones son plata y oro, hechura de manos de hombres[3]. El término adoración quiere decir “dar obediencia a”, en griego “proskuneo” de “pros” hacia y “kuneo” besar. En hebreo se traduce por shajah que significa “inclinarse, postrarse, agacharse”, es decir, mostrar sumisión. La adoración es la reacción del hombre ante la proximidad de Dios, es un acto de humildad, de sumisión ante la presencia de Dios, la condición pecadora de este escapa al influjo divino y manifiesta su adoración a las solas formas exteriores, pero “Dios es

[1] Cf. Lev.26,1  
[2] Cf. Rom.1,23  
[3]
Cf. Ps.113,12

    del hombre, la Iglesia descubre con ello al hombre el sentido de la propia existencia, es decir, la verdad más profunda acerca del ser humano. Bien sabe la Iglesia que sólo Dios, al que ella sirve, responde a las aspiraciones más profundas del corazón humano, el cual nunca se sacia plenamente con solos los alimentos terrenos. Sabe también que el hombre, atraído sin cesar por el Espíritu de Dios, nunca jamás será del todo indiferente ante el problema religioso, como los prueban no sólo la experiencia de los siglos pasados, sino también múltiples testimonios de nuestra época. Siempre deseará el hombre saber, al menos confusamente, el sentido de su vida, de su acción y de su muerte. La presencia misma de la Iglesia le recuerda al hombre tales problemas; pero es sólo Dios, quien creó al hombre a su imagen y lo redimió del pecado, el que puede dar respuesta cabal a estas preguntas, y ello por medio de la Revelación en su Hijo, que se hizo hombre. El que sigue a Cristo, Hombre perfecto, se perfecciona cada vez más en su propia dignidad de hombre»[4]. En general todas las idolatrías se reducen a tres componentes: Riqueza, poder y placer. El fin último del hombre es Dios y no el diablo, nadie puede ser servidor de dos señores, como dice San Mateo: “porque o tendrá aversión a uno y amor al otro, o prestará su adhesión al primero y menospreciará al segundo: no podéis servir a Dios y a las riquezas[5]. La idolatría, el apartarse de Dios y servir a otros dioses, es la principal causa de esclavitud del hombre: «La idolatría es una forma extrema del desorden engendrado por el pecado. Al sustituir la adoración del Dios vivo por el culto de la creatura, falsea las relaciones entre los hombres y conlleva diversas formas de opresión. El desconocimiento culpable de Dios desencadena las pasiones, que son causa del desequilibrio y de los conflictos en lo intimo del hombre. De aquí se derivan inevitablemente los desórdenes que afectan la esfera familiar y social: permisivismo sexual, injusticia, homicidio. Así es como el apóstol Pablo describe al mundo pagano, llevado por la idolatría a las peores aberraciones que arruinan al individuo y a la sociedad. Ya antes que él, los Profetas y los Sabios de Israel veían en las desgracias del pueblo un castigo por su pecado de idolatría, y en el. ..... (sigue)

[4] Cf. Concilio Vaticano II. Cons. Gaudium et spes, 41. VAA  
[5]
Cf. Mt.6,24

 
           

EXCURSUS

           
  4,09 Y le dijo: Todas estas cosas... X     4,09 Y le dijo: Todas estas cosas... X  
 

Excursus

Jesucristo es Señor: [1] La palabra Señor es traducción del vocablo griego “Kyrios”. El término se emplea para indicar al que tiene propiedad sobre algo y significa dueño o señor. Se aplica tanto para personas o cosas, como para dioses. El término “Kyrios”, es muy antiguo y aparece en Oriente hacia el 1100 a.C. y se encuentra documentado ya desde Pindaro[1], lo encontramos también en las Cartas de Amarna[2]. La palabra griega “Theos” sería el equivalente de la hebrea “Elohim”, mientras que “Kyrios” es la correspondiente a “Adonai”. “Kyrios” tenía una importancia capital en el paganismo helénico; se usaba para designar una divinidad a la que se daba categoría de amo, propietario. Para los cristianos el Kyrios Jesús, ha tenido siempre un carácter marcadamente trascendente, o cósmico, es decir, de señorío sobre el universo, y de toda la creación visible e invisible. En el Antiguo Testamento la voz Señor, se usa algunas veces referida a personas, en el Génesis ya aparece en la conversación entre los hititas y Abrahán[3]. Pero la mayoría de las veces el término se aplica a Dios: “Porque el Señor, vuestro Dios, es el Dios de los dioses y el Señor de los señores, el Dios grande, fuerte y temible, que no hace acepción de personas ni admite sobornos[4]. El uso de Señor se utilizaba a menudo como un título real y estaba extendido por Egipto: “Entonces los siervos del Faraón le dijeron: ¿Hasta cuándo va a seguir molestándonos ése? Deja salir a esos hombres para que den culto al Señor, su Dios[5]. El profeta Isaías también emplea el vocablo Kyrios como sinónimo de la soberanía de Dios: Así dice el Señor, Rey de Israel, y su Redentor, el Señor de los

[1] Poeta y pensador griego, nacido en el 518 a.C. en Cinoscéfalos y muerto en Argos el 440 a.C. Considerado como el mayor poeta lírico griego. Cultivo todos los géneros poéticos. Se han conservado 45 odas triunfales en cuatro libros. Se mantuvo al margen de los conflictos que asolaban Grecia y al margen de la incipiente democracia ateniense. Escribió de los mitos ejemplos beneficiosos para la sociedad.

[2] 380 tablillas de arcilla descubiertas en Tell-el Amarna de los archivos reales de Amenofis III y su hijo Amenofis IV con importante información del siglo XIV a.C. escritas en acadio cuneiforme, el idioma diplomático de la época. Descubiertas en 1887 por una mujer que estaba picando barro para fabricar ladrillos.

[3] Cf. Gén.23,6  
[4] Cf. Dt.10,17  
[5]
Cf. Ex.10,7

   
ejércitos: “Yo soy el primero y Yo soy el último, fuera de mí no hay Dios[6]. Con esta expresión Isaías quiere significar la eternidad de Dios. El Señor es el Dios universal, creador del cielo y tierra y ante su soberanía “se doblará toda rodilla y jurará toda lengua. Sólo en el Señor —dirán— están la justicia y la fuerza[7]. El rey David le llamará Señor en el salmo 110, en clara referencia real y mesiánica[8] y San Mateo lo citará en las diatribas de Jesús con los fariseos: “Dijo el Señor a mi Señor[9]. «Al revelar su nombre misterioso de YHWH, "Yo soy el que es" o "Yo soy el que soy" o también "Yo soy el que Yo soy", Dios dice quién es y con qué nombre se le debe llamar. Este Nombre Divino es misterioso como Dios es Misterio. Es a la vez un Nombre revelado y como la resistencia a tomar un nombre propio, y por esto mismo expresa mejor a Dios como lo que él es, infinitamente por encima de todo lo que podemos comprender o decir: Es el "Dios escondido", su nombre es inefable, y es el Dios que se acerca a los hombres...  Por respeto a su santidad el pueblo de Israel no pronuncia el Nombre de Dios. En la lectura de la Sagrada Escritura, el Nombre revelado es sustituido por el título divino: "Señor" "Adonai", en griego "Kyrios". Con este título será aclamada la divinidad de Jesús: "Jesús es Señor"»[10]. “Adon” en hebreo quiere decir administrador, maestro o señor; cuando le añadimos la partícula “ai”, “plurale majestatis”, enfatizamos su significado y lo convertimos en el “Señor de señores” y resaltamos la soberanía Divina del Señor.  Así en Judit: “De poco valen los sacrificios de suave olor,  y de nada toda la grasa de los holocaustos. Pero al que teme al Señor será grande siempre[11]. En Cristo se cumple plenamente esta expresión de “Señor”. Dice Juan Pablo II: «Después de la resurrección, uno de los Apóstoles, Tomás, hace una confesión que se refiere aún más directamente a la divinidad de Cristo. Él, que no había querido creer en la resurrección, viendo ante sí al

[6] Cf. Is.44,6  
[7] Cf. Is.45,23-24 a  
[8]
Cf. Ps.110,1  
[9]
Cf. Mt.23,44  
[10]
Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, CIC nº 206. 209 Pág.55
[11]
Cf. Jud. 16,16

 
           

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