S02.03 4,10

INSTITUTO DE ESTUDIOS BÍBLICOS SAN MATEO
Omnia  in  gloriam Dei  Facite
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Mt.4,10

LIBRO VII EXPLICACIÓN ANÁLISIS DOCTRINAL EXCURSUS

EXPLICACIÓN

           
        4,10 Entonces le respondió Jesús... E  
 

a.      Entonces le respondió Jesús. Apártate Satanás, pues escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a El sólo darás culto.

Palabras clave

Satanás:                         Mc.18b

Señor:                            Ps.81,10-11; Mc.12,29b-30

Adorar:                          Os.14,4b: Lc.4,8; Ap.7,11

Culto:                             Dt.6,13

A.T.

Deuteronomio

Dt.6,13           Temerás al Señor, tu Dios, le darás culto, y en su nombre harás tus juramentos.

Salmos

Ps.81,10-11a   No haya en ti dios extranjero, no te postres ante dios extraño; 11 yo, El Señor, soy tu Dios...

Ps.96,8-9         Rendid al Señor la gloria de su nombre. Traed ofrendas y en sus atrios entrad, 9 postraos ante el Señor en esplendor sagrado, ¡tiemble ante su faz la tierra entera!

Oseas

Os.14, 4b      "Nunca llamaremos ya “dios nuestro” a las obras de nuestras manos

N.T.

San Marcos

Mc.12, 29b-30 El Señor Dios nuestro es el único Señor; 30 y amarás al Señor  tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con toda tus fuerzas.

Mc.18b           ¡Apártate de mi, Satanás!, porque no sientes las cosas de Dios, sino la de los hombres.

San Lucas

Lc.4,8             Y Jesús le respondió: Escrito está: Adorarás al Señor tu Dios, y al sólo servirás.

Apocalipsis

Ap.7,11           Y todos los ángeles estaban de pie alrededor del trono, de los ancianos y de los cuatro seres vivos, y cayeron sobre sus rostros ante el trono y adoraron a Dios.

   

Explicación

[1] El diablo ofrece al Señor todos los bienes de la tierra si le adora, es la tentación de la ambición del poder, pero se debe adorar únicamente a Dios, como Señor de todo cuanto existe. Sólo Dios es capaz de saciar la sed y llenar de felicidad el corazón humano. Adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador, Salvador y Señor de todo; los demás bienes dejan de serlo cuando nos apartan de Él. Todos los bienes creados son en sí mismo buenos y valiosos, pero únicamente viéndolos como cosas creadas, nos libran de su poder esclavizante. La fidelidad a Dios conduce a la derrota del adversario, no se puede servir a dos señores. Jesús vence por tercera vez al demonio con la Palabra de Dios. La respuesta del Señor es más enérgica que en las anteriores: Apártate Satanás. Será la misma respuesta que dirigirá a San Pedro: “¡Apártate de mí, Satanás! Eres escándalo para mí, pues no sientes las cosas de Dios, sino la de los hombres [1]. El Señor llama al diablo Satanás, en hebreo Satán significa enemigo, fiscal, adversario, como canta el salmo: “Suscita a un impío contra él y que un fiscal esté a su diestra[2]. El pensamiento de Dios es diferente del pensamiento humano. En ambas ocasiones el telón de fondo es el mismo: No aceptar el valor redentor del sufrimiento. Sólo a través de la cruz redentora llegará la salvación. Satanás utiliza la misma táctica que emplea con nuestros primeros padres. El diablo es el padre de la mentira y todo el engaño de esta tentación consiste en querer apartar al hombre del amor de Dios. Cristo rechaza la última tentación que Satanás le presenta, citando unas palabras del Deuteronomio: “Temerás al Señor, tu Dios, le darás culto, y en su nombre harás tus juramentos” [3]. Este temor a Dios es también adoración, obediencia y servicio, no es miedo, es algo muy distinto, es reconocer a Dios como único Señor creador del universo y cumplir sus mandatos, “¿qué es lo que el Señor, tu Dios, te pide sino que temas al Señor, tu Dios, y marches por todos sus caminos, amando y dando culto al Señor, tu Dios, con todo tu



[1] Cf. Mt.16,23

[2] Cf. Ps.108,6

[3] Cf. Dt.6,13

 

 
           

ANÁLISIS DOCTRINAL

           
  4,10 Entonces le respondió Jesús... A      4,10 Entonces le respondió Jesús... A  
 

Análisis Doctrinal

[1] La victoria que Satanás consiguió en el Paraíso se torna ahora en humillante derrota. Dios había sentenciado a la serpiente antigua. Jesús con un gesto decidido y firme rechaza al Demonio: “Apártate Satanás”: «En la lucha contra Satanás ha vencido Jesús: frente a la divinización fraudulenta del poder y del bienestar, frente a la promesa mentirosa de un futuro que, a través del poder y la economía, garantiza todo a todos. Él contrapone la naturaleza divina de Dios, Dios como auténtico bien del hombre. Frente a la invitación de adorar el poder, el Señor pronuncia unas palabras del Deuteronomio, el mismo libro que había citado también el diablo: “Al señor tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto”. El precepto fundamental de Israel es también el principal precepto para los cristianos: adorar sólo a Dios. Al hablar del Sermón de la Montaña veremos que precisamente este sí incondicional a la primera tabla del Decálogo encierra también el sí a la segunda tabla: el respeto al hombre, el amor al prójimo»[1]. El Señor adopta una postura más dura que en las anteriores ocasiones, de donde se deduce, que debemos actuar con más decisión cuando se perjudique la gloria de Dios y ser más pacientes con nuestro prójimo cuando se lesionen nuestros derechos. Escribe Santo Tomás que no va contra la virtud de la paciencia el rebelarse contra quien causa un mal: «ya que, como dice el Crisóstomo, comentando aquellas palabras de Mt 4,10: Apártate, Satanás, es digno de alabanza ser paciente en el sufrimiento de las propias injurias, pero soportar pacientemente las injurias contra Dios es la suma impiedad. Y dice San Agustín, en una carta Contra Marcellinum, que los preceptos de la paciencia no van contra el bien de la república, por cuya conservación se lucha contra los enemigos. Pero, en cuanto la paciencia dice relación a cualquier clase de males, se une a la fortaleza como virtud secundaria a la principal»[2]. El hombre puede vencer las tentaciones que le presenta el diablo mediante la fe y la humildad. Dice San Josemaría: «El demonio pretende extender, a ambiciones humanas, esa actitud que debe reservarse sólo a Dios: promete una vida fácil a quien se postra ante

[1] Cf. Benedicto XVI. Jesús de Nazaret. Ed. La esfera de los libros Pág.70  
[2]
Cf. Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica II-II q.136 a.4 ad.3

    él, ante los ídolos. Nuestro Señor reconduce la adoración a su único y verdadero fin, Dios, y reafirma su voluntad de servir: apártate Satanás; porque está escrito: adorarás al Señor Dios tuyo, y a El solo servirás. Aprendamos de esta actitud de Jesús. En su vida en la tierra, no ha querido ni siquiera la gloria que le pertenecía, porque teniendo derecho a ser tratado como Dios, ha asumido la forma de siervo, de esclavo. El cristiano sabe así que es para Dios toda la gloria; y que no puede utilizar como instrumento de intereses y de ambiciones humanas la sublimidad y la grandeza del Evangelio... El cristiano que –siguiendo a Cristo– vive en esa actitud de completa adoración del Padre, recibe también del Señor palabras de amorosa solicitud: Porque espera en mí, lo libraré; lo protegeré, porque conoce mi nombre»[3]. Debemos dar toda la gloria a Dios y a Cristo, Dios y Hombre verdadero, resplandor de la gloria del Padre, e imagen visible de Dios, sin él no somos nada. San Mateo al finalizar su Evangelio relata la admiración de los discípulos que reconocen en Jesús la Omnipotencia y la gloria de Dios: “Los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y, al verlo, le adoraron[4]. Debemos soportar los cristianos, cualquier cosa que perjudique la gloria de Dios, la cual resulta lesionada cuando atribuimos a las criaturas el derecho debido a Dios. Como leemos en la Epístola a los Hebreos: “Convenía, en efecto, que aquél para quien y por quien son todas las cosas, habiéndose propuesto llevar a muchos hijos a la gloria, perfeccionase mediante los sufrimientos al autor de su salvación[5]. «El que se ama a sí mismo no puede amar a Dios; en cambio, el que movido por la superior excelencia de las riquezas del amor a Dios, deja de amarse a sí mismo ama a Dios. Y, como consecuencia, ya no busca nunca su propia gloria, sino más bien la gloria de Dios. El que se ama a sí mismo busca su propia gloria, pero el que ama a Dios desea la gloria de su Hacedor. En efecto, es propio del alma que siente el amor a Dios buscar siempre y en todas sus obras la gloria de Dios y deleitarse en su propia sumisión a él, ya que la gloria conviene a la magnificencia de Dios; al hombre, en cambio, le conviene la humildad, la cual nos hace . ..... (sigue)

[3] Cf. San Josemaría. SJEB Es Cristo que pasa 61 Pág. 137  
[4]
Cf.Mt.28,16-17  
[5]
Cf. Hb.2,10

 
           

EXCURSUS

           
  4,10 Entonces le respondió Jesús... X     4,10 Entonces le respondió Jesús... X  
 

Excursus

El Sacrificio Eucarístico: [1] La etimología de la palabra latina “sacrificium”, deriva de sacrum-facere, hacer algo sagrado, si algún acto, aunque sea bueno en sí, no está referido a Dios, que es Amor, no podemos decir que sea sacrificio. Dice San Agustín: «Verdadero sacrificio es toda obra que se hace con el fin de unirnos a Dios en santa sociedad, es decir, toda obra relacionada con aquel supremo bien, mediante el cual llegamos a la verdadera felicidad. Por ello, incluso la misma misericordia que nos mueve a socorrer al hermano, si no se hace por Dios, no puede llamarse sacrificio. Porque aun siendo el hombre quien hace o quien ofrece el sacrificio, éste, sin embargo, es una acción divina, como nos lo indica la misma la palabra latina con la cual llamaban los antiguos latinos a esta acción. Por ello, puede afirmarse que el hombre es verdadero sacrificio cuando está consagrado a Dios por el bautismo y está dedicado al Señor, ya que entonces muere al mundo y vive para Dios. Esto, en efecto, forma parte de aquella misericordia que cada cual debe tener para consigo mismo, según esta escrito: Ten compasión de tu alma agradando a Dios. Si, pues, las obras de misericordia para con nosotros mismos o para con el prójimo, cuando están referidas a Dios, son verdadero sacrificio y, por otra parte, sólo son obras de misericordia aquellas que se hacen con el fin de librarnos de nuestra miseria y hacernos felices, cosa que no se obtiene sino por medio de aquel bien del cual se ha dicho: Para mí lo bueno es estar junto a Dios, resulta claro que toda la ciudad redimida, es decir, la congregación, o asamblea de los santos, debe ser ofrecida a Dios como un sacrificio universal por mediación de aquel gran sacerdote que se entregó a sí mismo por nosotros, tomando la condición de esclavo, para que nosotros llegáramos a ser cuerpo de tan sublime cabeza. Ofreció esta forma de esclavo y bajo ella se entregó a sí mismo, porque sólo según ella pudo ser mediador, sacerdote y sacrificio»[1]. La Santa Misa es el holocausto que Dios ordenó a Moisés que realizara a perpetuidad: “A continuación tomó Moisés la sangre y roció con ella al pueblo, diciendo: Ésta es la sangre de la alianza que ha hecho el Señor con vosotros de acuerdo con todas

[1] Cf. San Agustín. Sobre la Ciudad de Dios. Libro 10,6 SPa T.II Pág.377

   

estas palabras[2]. Esta alianza que Dios ha establecido con el hombre en la Antigua Alianza, se continúa en el Nueva Alianza del Santo Sacrificio de la Misa, en donde el Cuerpo y la Sangre de Cristo será el Cordero de Dios que quitará el pecado del mundo al nuevo Pueblo de Dios que es la Iglesia. Como enseña la Lumen Gentium: «Quiso, sin embargo, Dios santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados entre sí, sino constituirlos en un pueblo que le conociera en la verdad y le sirviera santamente. Eligió como pueblo suyo el pueblo de Israel, con quien estableció una alianza, y a quien instruyo gradualmente manifestándole a Sí mismo y sus divinos designios a través de su historia, y santificándolo para Sí. Pero todo esto lo realizó como preparación y figura de la nueva alianza, perfecta que había de efectuarse en Cristo, y de la plena revelación que había de hacer por el mismo Verbo de Dios hecho carne... Ese pueblo mesiánico tiene por Cabeza a Cristo, “que fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra salvación”, y habiendo conseguido un nombre que está sobre todo nombre, reina ahora gloriosamente en los cielos. Tienen por condición la dignidad y libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo... Aquel pueblo mesiánico, por tanto, aunque de momento no contenga a todos los hombres, y muchas veces aparezca como una pequeña grey es, sin embargo, el germen firmísimo de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano. Constituido por Cristo en orden a la comunión de vida, de caridad y de verdad, es empleado también por El como instrumento de la redención universal y es enviado a todo el mundo como luz del mundo y sal de la tierra»[3]. La Santísima Eucaristía, síntesis de los demás sacramentos, es el sacramento de la fe y del amor. Mediante la Eucaristía nos unimos a Cristo, y alcanzamos la unión máxima con Dios aquí en la tierra. Es la fuente en la que saciamos nuestra sed, el banquete donde se fortalece nuestro amor con el Señor. El sacrificio eucarístico es un "Misterio de Amor", una respuesta de amor a Dios en pago de su amor, pues Él nos amó primero. En la Eucaristía se cumple el doble precepto evangélico del amor: . ..... (sigue)


[2] Cf. Ex.24,8  
[3]
Cf. Concilio Vaticano II. Cons. Lumen Gentium, 9. VAA

 
           

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