S02.03 4,12

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Mt.4,12

LIBRO VIIIa EXPLICACIÓN ANÁLISIS DOCTRINAL EXCURSUS

EXPLICACIÓN

           
        4,12 Cuando oyó que Juan... E  
 

a.      Cuando oyó que Juan había sido encarcelado, se retiró a Galilea.

Palabras clave

Juan:                              Mc.1,14; Mc.6,17; Lc.3,19-20

Encarcelado:                 Mc.1,14; Mc.6,17; Lc.3,19-20; Lc.21,12; Ioh.3,24

Galilea:                           Mc.1,14; Lc.4,14; Ioh.3,24

N.T.

San Marcos

Mc.1,14           Después de haber sido apresado Juan, llegó Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios.

Mc.6,17           En efecto, el propio Herodes había mandado prender a Juan  y le había encarcelado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, a la cual Herodes había tomado como mujer.

San Lucas

Lc.3,19-20       Pero el tetrarca Herodes, al ser reprendido por él a causa de Herodías, la mujer de su hermano, y por todas las maldades que había cometido Herodes, 20 añadió esta otra a las demás: Metió a Juan en la cárcel.

Lc.4,14            Entonces, por impulso del Espíritu, volvió Jesús a Galilea, y se extendió su fama por toda la región.

Lc.21,12          Pero antes de todas estas cosas os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, llevándoos ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre.

San Juan

Ioh.3,24           Pues aún no había sido encarcelado Juan.

Epístola a los Hebreos

Hb.11,36          Otros soportaron escarnios y azotes, e incluso cadenas y cárcel.

   

Explicación

[1] Acabadas las tentaciones, San Mateo nos dice que el Señor tiene noticias del encarcelamiento del Bautista y se retira a Galilea. Juan es el último profeta del Antiguo Testamento ─La Ley y los Profetas llegan hasta Juan; desde entonces se evangeliza el Reino de Dios y cada uno se esfuerza por él [1]─, y prepara la venida del Señor, según estaba escrito por Malaquías: “Ved que envío mi mensajero a preparar el camino delante de Mí[2]. Una vez que el precursor ha cumplido su misión, Jesús comienza su actividad pública en Galilea, fijando su residencia en Cafarnaún. Con Juan finaliza un orden antiguo y comienza un orden nuevo. Herodes Antipas era tetrarca de Perea y Galilea, estaba casado con una hija de Aretas IV, una princesa nabatea. Herodes metió en la cárcel a San Juan Bautista y lo encarceló en la fortaleza de Maqueronte, al lado del Mar Muerto, porque el profeta le reprendía a causa de la unión ilegal de éste con Herodías, mujer de su hermano Filipo, que odiaba a Juan, porque se interponía entre ella y sus ambiciones. Juan morirá como un profeta por denunciar públicamente la vida inmoral que llevaba Herodes. La proclamación de la verdad es a menudo causa de numerosos conflictos, el profeta es responsable ante Dios de anunciar su Palabra, y el cristiano no debe tener miedo de divulgarla. El Señor permite a veces que el justo sufra persecuciones y padezca a causa de la justicia, pero el cristiano debe tener en cuenta que el sufrimiento es el paso a la vida eterna y que su patria definitiva es el cielo. Jesús se desplaza a Galilea, una región pagana y desde allí inicia su ministerio. Jesús se retira a Galilea no por miedo a Herodes, sino porque no había llegado su hora y poder así dar comienzo a su vida pública. San Mateo quiere indicar con esto que la proclamación del Evangelio y la predicación del Señor tiene un carácter universal que se dirige a todas las naciones: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo[3].. ..... (sigue)


[1] Cf. Lc.16,16
[2]
Cf. Mal.3,1a
[3]
Cf. Mt.28,19

 
           

ANÁLISIS DOCTRINAL

           
  4,12 Cuando oyó que Juan... A      4,12 Cuando oyó que Juan... A  
 

Análisis Doctrinal

[1] Perea y Galilea formaban la tetrarquía[1] de Herodes Antipas, conocido como Herodes el Tetrarca, era hijo de Herodes I el Grande, y educado en Roma junto con su hermano Arquelao. A la muerte de su padre se convirtió en gobernante de Galilea y Perea. Arquelao ocupaba el trono de Judea, Idumea y Samaría. Incapaz de gobernar, fue exiliado a las Galias y sus territorios fueron gobernados por funcionarios romanos denominados “prefectos”. Antipas reivindicó para sí el título familiar y se denominó Herodes Antipas. Estaba casado con la hija de Aretas IV rey de los nabateos. Durante un viaje a Roma, probablemente para informar a su amigo Tiberio, se enamoró de su cuñada Herodías, esposa de su hermanastro Herodes Filipo. Para poderse unirse a ella repudió a su legítima esposa. Esto enfureció a Aretas  que le declaró la guerra, derrotándole en el año 36 d.C., sólo la intervención de Vitelio, gobernador romano en Siria, evitó que el desastre fuera mayor. A este Herodes Antipas es al que llamará el Señor zorro: “Y les dijo: id a decir a ese zorro: he aquí que expulso demonios y realizo curaciones hoy y mañana y al tercer día acabo[2]. Aristóbulo, padre de Herodías era hermanastro de Antipas, lo que convertía su matrimonio con Herodías, en una unión incestuosa, además era esposa de su hermano Filipo, pertenecientes a la familia de los Asmoneos[3]. San Juan Bautista reprueba esta unión y no duda en denunciarla. Según la Ley del levirato estaba prohibido casarse con la esposa del hermano: “No descubrirás la desnudez de la mujer de tu hermano, pues su desnudez es la de tu propio hermano[4].

[1] El concepto de tetrarquía aparece ya como una institución de la Antigua Grecia. Designaba al gobierno de cuatro personas, denominadas tetrarcas, que ejercían su mando en cada una de las cuatro partes del territorio. En Palestina, a la muerte de Herodes el Grande su reino es distribuido de la siguiente manera: Arquelao es nombrado rey y le deja la extensa herencia de Judea, Samaria e Idumea. Herodes Antipas es nombrado tetrarca de Galilea y Perea. A su hijo Filipo le deja la tetrarquía de Galaunítide, Traconítide, Batanea y Pancas. En el Imperio Romano, a finales del siglo III el emperador Diocleciano, reorganiza el Imperio e instaura una nueva forma de gobierno a la que llama tetrarquía. Lo divide en dos regiones: la occidental y la oriental. Cada zona será gobernada por dos Césares con poder militar y dos Augustus con poder político.

[2] Cf. Lc.13,32

   

Sólo en caso de un hermano muerto, que no hubiera dejado descendencia, estaba permitido casarse con la viuda. Este hecho provocará la enemistad de Herodías, que le tenía un gran odio y buscaba su muerte. Dice San Marcos: “Herodías le odiaba y quería matarlo, pero no podía; porque Herodes temía a Juan, sabiendo que era un varón justo y santo, y le protegía, y al oírlo tenía muchas dudas pero le escuchaba con gusto[5]. Vemos como Herodías se convierte en instrumento de venganza e influencia de la debilidad de Herodes Antipas, del mismo modo se pondrá en evidencia la debilidad del rey Ajab, ante su mujer Jezabel: “Ahora tu tienes el reinado sobre Israel. Levántate, come pan  y alegra tu corazón. Yo te entregaré la viña de Nabot, el yizreelita[6]. La figura de San Juan Bautista es proverbial en la denuncia del mal y la defensa de la verdad. Juan el Bautista constituía para Herodes una seria amenaza política. En sus Antigüedades dice Josefo: «Muchos de los judíos sintieron que el desastre acontecido a Herodes era el juicio de Dios sobre él por la manera de haber tratado a Juan, de sobrenombre el Bautista. Aunque Juan era un buen hombre y había enseñado a los judíos a adorar a Dios, a llevar vidas rectas y a practicar la justicia con otros, Herodes dio orden de que le matasen. Juan había estado enseñando que no se debía usar el bautismo para obtener el perdón de los pecados cometidos, sino para que fuese una consagración del cuerpo... Comenzaron a reunirse grandes multitudes alrededor de Juan por causa de su predicación y Herodes se temía que su gran poder de persuasión sobre los hombres diese lugar a la rebelión. Por lo tanto, decidió que sería mejor matarle antes de que se produjese un. ..... (sigue)


[3] Los Asmoneos eran una dinastía judía que gobernó Israel. El nombre probablemente se deriva de Hasmon (príncipe, prócer). El dominio de Palestina impuesto por los invasores seléucidas, especialmente Antioco Epifanes IV, que profanó el Templo y dio comienzo a la rebelión de Matatías y sus hijos, los Macabeos. Se puede considerar a Simón Macabeo como el primer príncipe asmoneo, que reinó desde el 143 a.C. al 134 a.C. siendo asesinado por su yerno Ptolomeo. Durante este periodo se fueron formando numerosos grupos religiosos, a menudo rivales, como el de los saduceos y los fariseos, que se fueron alternando en el poder. Se realizaron importantes reformas administrativas. El reino asmoneo se extendió cerca de un siglo hasta el año 63 a.C. en que Pompeyo dejó a Hircano II como Etnarca y Sumo Sacerdote, y envió a Roma a Aristóbulo II y a su hijo Antígono. A la dinastía asmonea siguió el periodo herodiano, cuya figura más ilustre fue Herodes I el Grande.
[4]
Cf. Lev.18,16
[5] Cf. Mc.6,19-20
[6]
Cf. 1 Re.21,7

 
           

EXCURSUS

           
  4,12 Cuando oyó que Juan... X     4,12 Cuando oyó que Juan... X  
 

Excursus

San Juan Bautista: Testigo de Cristo. Un estudio del martirio: [1] La palabra mártir deriva de la griega “martys” que significa testigo, así en el Antiguo Testamento se usa la expresión “martys tou theou” para designar a los profetas y aquellos que han dado su vida por Dios. En el Nuevo Testamento se usa frecuentemente en el sentido ordinario de testigo. San Agustín comenta “Lo que en latín decimos testes (testigo) en griego se dice martyres (mártir)”. Pero en los primeros siglos en los que es frecuente su uso, el término mártir se emplea para indicar a los que mueren por Cristo derramando su sangre y confesando su fe; reservando la palabra testimonio “martyrion” para aquellos que han dado testimonio con su vida, y “confesor” para designar a los que soportaban otros padecimientos por Cristo. Dice San Isidoro: «En lengua griega se dice “mártires” y en latín “testigos”; de ahí que en griego, los “testimonio” reciban la denominación de “martirios”. Y se les llama “testigos” porque sufrieron  padecimientos por dar testimonio de Cristo y lucharon hasta la muerte por defender la verdad. No obstante, no solemos llamarles “testigos” ─lo cual es perfectamente factible en latín─, sino “mártires”, en griego, palabra esta que ya suena más familiar a los oídos de la Iglesia»[1]. Orígenes lo explica así: «Todo el que da testimonio de la verdad, ya sea de palabra, ya de obra, o ya de cualquier otra manera se ponga de parte de ella, puede, con razón, ser llamado mártir. Pero ya ha prevalecido entre los hermanos, por admiración a quienes lucharon hasta la muerte por la verdad y la virtud, la costumbre de llamar mártires sólo a los que han dado testimonio, mediante el derramamiento de su sangre, del misterio del amor»[2]. Cristo dio su vida por nosotros en señal de amor y los mártires han derramado su sangre siguiendo su ejemplo: «Sus dolores corporales fueron mayores que los de cualquier mártir, porque Él quiso que fueran mayores. Todo dolor del cuerpo depende, para ser sentido en tal o cual intensidad, de la naturaleza de la mente viva que habita en ese cuerpo. Los vegetales no sienten porque no tienen mente viva o espíritu en ellos. Los animales sienten más o menos de acuerdo 

[1] Cf. San Isidoro. Etymologiarum VII. 10.1-2 BAC 647, Pág. 667
[2]
Cf. Orígenes. Comm. in Johann. II; P.G. 14, 175s

   
a su inteligencia. El hombre siente más que cualquier animal porque tiene alma. Y el alma de Cristo sintió más que la cualquier hombre, porque su alma fue elevada por la unión personal con el Verbo de Dios. Cristo sintió el dolor corporal más agudamente que cualquier hombre, tanto como un hombre siente el dolor más agudamente que un animal»[3]. San Agustín hablando de esta verdad dice: «Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Esto significa preparar algo semejante. Esto es lo que hicieron los mártires, llevados por un amor ardiente; si no queremos celebrar en vano su recuerdo, y si nos acercamos a la mesa del Señor para participar del banquete en que ellos se saciaron, es necesario que, tal como ellos hicieron, preparemos luego nosotros algo semejante. Por esto, al reunirnos junto a la mesa del Señor, no los recordamos del mismo modo que a los demás que descansan en paz, para rogar por ellos, sino más bien para que ellos rueguen por nosotros a fin de que sigamos su ejemplo, ya que ellos pusieron en práctica aquel amor del que dice el Señor que no hay otro más grande. Ellos mostraron a sus hermanos la manera como hay que preparar algo semejante a lo que también ellos habían tomado de la mesa del Señor. Lo que hemos dicho no hay que entenderlo como si nosotros pudiéramos igualarnos al Señor, aun en el caso de que lleguemos por él hasta el testimonio de nuestra sangre, él era libre para dar su vida y libre para volverla a tomar, nosotros no vivimos todo el tiempo que queremos y morimos aunque no queramos; él, en el momento de morir, mató en sí mismo a la muerte, nosotros somos librados de la muerte por su muerte; su carne no experimentó la corrupción, la nuestra ha de pasar por la corrupción, hasta que al final de este mundo seamos revestidos por él de la incorruptibilidad; él no necesitó de nosotros para salvarnos, nosotros sin él nada podemos hacer; él, a nosotros, sus sarmientos, se nos dio como vid, nosotros, separados de él, no podemos tener vida. Finalmente, aunque los hermanos mueran por sus hermanos, ningún mártir derrama su sangre para el perdón de los pecados de sus hermanos, como hizo él por nosotros, ya que en esto no nos dio un ejemplo que imitar, sino un motivo para congratularnos.. ..... (sigue)

[3] Cf. Cardenal John Henry Newman. Meditaciones sobre la doctrina cristiana 3,2.3.1 Ed. Edibesa Pág.242

 
           

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