S02.03 4,15

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Mt.4,15

LIBRO VIIIa EXPLICACIÓN ANÁLISIS DOCTRINAL EXCURSUS

EXPLICACIÓN

           
        4,15 Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí... E  
 

a.      Tierra de Zabulón y tierra de Neftali en el camino del mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles.

Palabras clave

Zabulón:                        Jos.19,10; Jue.6,35

Neftali:                            Jos.19.32; Jue.6,35

Mar:                                Ioh.6,1

Jordán:                          Mt.3,13

Galilea:                           Mt.3,13; Ioh.6,1

Gentiles:                        Act.15,23

A.T.

Josué

Jos.19,10        El tercer lote correspondió a los linajes de los hijos de Zabulón. El límite de su heredad llega hasta Sarid.

Jos.19.32        El sexto lote correspondió a los hijos de Neftalí; a los linajes de los hijos de Neftalí.

Jueces

Jue.6,35          Envió mensajeros a todo Manasés, que también se le unieron, y a Aser, Zabulón y Neftalí, que también fueron a su encuentro.

N.T.

San Mateo

Mt.3,13            Entonces vino Jesús al Jordán desde Galilea para ser bautizado por Juan.

San Juan

Ioh.6,1             Después de esto partió Jesús al otro lado del mar de Galilea, el de Tiberiades.

Hechos de los Apóstoles

Act.15,23        Por medio de ellos les enviaron este escrito: Los Apóstoles y presbíteros hermanos, a los hermanos de la gentilidad que viven en Antioquía, Siria y Cilicia, salud .

   

Explicación

[1] San Mateo en este versículo recoge las palabras anunciadas por Isaías: “Así como en el tiempo primero menospreció la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí, en el tiempo postrero honrará el camino del Mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los Gentiles[1]. A esta zona ultrajada y deprimida se le anunciará la luz de un nuevo amanecer. Cristo rehabilitará esta región cuando empiece la salvación de Dios. Al otro lado del Jordán es una expresión bíblica que aparece en la Escritura en numerosas ocasiones. Designaba la parte oriental del Jordán. El Jordán significa “el que desciende”, es decir, el que se abaja y humilla delante de Dios. El Jordán es el río que tuvieron que cruzar los israelitas para entrar en la tierra prometida. Igualmente los cristianos tenemos que pasar al otro lado del Jordán, despojarnos del hombre viejo y volvernos a Jesucristo, cuya palabra es fuente de vida de la que mana leche y miel: “Poned mucha atención a las palabras con que hoy os he dado testimonio, y ordenad a vuestros hijos que cuiden de poner por obra todos los términos de la ley. No es ésta palabra vana para vosotros, pues ella es vuestra vida, y gracias a esta palabra prolongaréis vuestros días en la tierra que vais a poseer al pasar el Jordán[2]. Dice San Mateo: “Y sucedió que, cuando terminó Jesús estos discursos, partió de Galilea y fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán[3]. El camino que unía Galilea y Judea se podía hacer siguiendo el curso del río por Perea y la Decápolis, o directamente, atravesando Samaría, tomando la ruta de las montañas. La “Galilea de los gentiles” es un término que ya había usado el profeta Isaías 700 años antes y que designaba la parte norte de Palestina, en donde originariamente se asentaban las tribus de Zabulón y Neftalí, hijos de Jacob. Indudablemente este calificativo era debido a la gran población de gentiles que habitaban en esta parte del país, y la que contribuyó enormemente la deportación del rey asirio Teglatpalasar y el asentamiento de núcleos de población extranjera. . ..... (sigue)



[1] Cf. Is.8,23b

[2] Cf. Dt.32,46-47

[3] Cf. Mt.19,1

 
           

ANÁLISIS DOCTRINAL

           
  4,15 Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí... A      4,15 Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí... A  
 

Análisis Doctrinal

 [1] Indica en este versículo San Mateo la profecía enunciada por Isaías. El profeta usa la frase “en el tiempo primero” en contraste con el “tiempo postrero” en referencia a las dos tribus norteñas de Zabulón y Neftalí. Dice San Juan Crisóstomo: «Porque el profeta no habla aquí de una parte del pueblo judaico, ni alude, tampoco, a todas las tribus; mirad más bien como define y determina aquel lugar —la Galilea de las naciones—, diciendo así: Tierra de Zabulón y Neptalí, el camino del mar en la Transjordania»[1]. La opresión y la desesperación que habían soportado estas poblaciones, sobre todo, durante las invasiones del rey asirio Teglatpalasar, se contraponen al gozo y la esperanza que trae Cristo. “El imperio será engrandecido y la paz no tendrá fin sobre el trono de David y sobre su reino, para sostenerlo y consolidarlo con el derecho y la justicia, desde ahora y para siempre, el celo del Señor de los ejércitos lo hará[2]. El comienzo de su ministerio en Galilea infunde a los discípulos una nueva sabia y motivos para creer que Jesús es el Mesías esperado. Esta zona será el lugar elegido por Jesús para el inicio de su predicación. Dice Juan Pablo II: «Las tierras de Zabulón y de Neftali, al norte de Palestina, expuesto al peligro continuo de invasiones y de pillajes, finalmente serán liberados y la "vía maris", que unía Mesopotamia con Egipto a través de Palestina, será un hecho glorioso. San Mateo utiliza este profecía como el prologo de la actividad ministerial de Jesús en Galilea, cuando, de la casa de Nazaret, había venido a vivir en la ciudad de Cafarnaún»[3]. En esta región tendrán lugar muchos de sus milagros y donde el Señor llamará a sus Apóstoles. Jesús comienza su ministerio en una región fronteriza, a caballo entre dos culturas y dos estilos de vida diferentes. El “camino del mar” era el que unía Egipto con Mesopotamia. Jesús deja su ciudad y se va a residir junto al mar en una tierra extranjera, para que sus habitantes acostumbrados a vivir en sombras de muerte se acerquen a la luz de su doctrina. Galilea era una región en donde convivían gentes de diversas razas, un cruce de caminos por donde pasaban las caravanas que iban hacia el mar. Jesús se instala en este lugar bullicioso para iniciar su misión. 

[1] Cf. San Juan Crisóstomo. Homilía sobre San Mateo 14,1 BAC 141 Pág. 255
[2]
Cf. Is.9,6
[3]
Cf. Juan Pablo II. Homilía 22-01-84

   

Juan Pablo II comenta: «En esta tierra de Zabulón y de Neftali, “la Galilea de los gentiles”, imagen del Israel cercado por las tinieblas de la incredulidad y de la idolatría, es donde Jesús comienza su ministerio como enviado del Dios para la salvación del mundo. Aparece en la escena de las vicisitudes humanas para reunir a las ovejas dispersas y abandonadas de Israel y convertirlas en el pueblo de la nueva alianza. Viene como “luz”, para disipar las tinieblas y formar a una nueva humanidad, juntado en la paz y la alegría. A este objetivo de comunión y reconciliación, se encaminaran las primeras acciones y palabras del Redentor»[4].

[2] En el Antiguo Testamento se nos narra el hecho cumbre, tras la peregrinación por el desierto, del paso del pueblo hebreo “al otro lado” del Jordán, para alcanzar la tierra prometida: “Josué se levantó al amanecer y partió de Sitim junto con todos los israelitas. Llegaron al Jordán y acamparon allí antes de pasarlo[5]. Dice Orígenes: «En el paso del río Jordán, el arca de la alianza guiaba al pueblo de Dios. Los sacerdotes y levitas que la llevaban se pararon en el Jordán, y las aguas, como en señal de reverencia, a los sacerdotes que la llevaban, detuvieron su curso y se amontonaron a distancia, para que el pueblo de Dios pudiera pasar impunemente. Y no te has de admirar cuando se te narran estas hazañas relativas al pueblo antiguo, porque a ti, cristiano, que por el sacramento del bautismo has atravesado la corriente del Jordán, la palabra divina te promete cosas mucho más grandes y excelsas, pues te promete que pasarás y atravesarás el mismo aire. Oye lo que dice Pablo acerca de los justos: Seremos arrebatados en la nube, al encuentro del Señor, en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor. Nada, pues, ha de temer el justo, ya que toda la creación está a su servicio. Oye también lo que Dios promete al justo por boca del profeta: Cuando pases por el fuego, la llama no te abrasará, porque yo, el Señor, soy tu Dios. Vemos, por tanto, cómo el justo tiene acceso a. cualquier lugar, y cómo todo la creación se muestra servidora del mismo. Y no pienses que aquellas hazañas son meros hechos pasados y que nada tienen que ver. ..... (sigue)

[4] Cf. Juan Pablo II. Homilía 21-01-90
[5]
Cf. Jos.3,4

 
           

EXCURSUS

           
  4,15 Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí... X     4,15 Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí... X  
 

Excursus

La alimentación y la pesca en la Biblia. [1] Dios crea al hombre a su imagen y semejanza, le hace señor de la creación y le proporciona alimentos para que subsista: “He aquí que os he dado todas las plantas portadoras de semilla que hay en toda la superficie de la tierra, y todos los árboles que den fruto con semilla; esto os servirá de alimento. A todas las fieras, a todas las aves del cielo y a todos los reptiles de la tierra, a todo ser vivo, la hierba verde le servirá de alimento. Y así fue[1]. Después del pecado original el orden de la naturaleza se trastoca y se rompe el equilibrio que existía en el Paraíso. A lo largo de la historia de la Humanidad el hombre se ha adaptado al medio y ha desarrollado costumbres dietéticas que a menudo han ido cargadas de un contenido religioso. Dios establece con Noé una alianza en la que todos los animales le servirán de alimento: “Todo cuanto se mueve y tiene vida os servirá de alimento; lo mismo que os di las hortalizas, todo os lo doy. Únicamente no comeréis la carne con su vida, es decir, su sangre[2]. A medida que fueron transcurriendo los siglos, las prácticas alimentarias se fueron haciendo más dependientes de las costumbres religiosas. Por lo general, los alimentos básicos eran similares a los consumidos por los pueblos de su entorno, pero las leyes rituales prohibían el consumo de ciertos alimentos. Por ejemplo, la práctica de los israelitas de no comer cerdo, era debida a que el pueblo pagano los sacrificaba a sus ídolos. En el Deuteronomio y sobre todo en el Levítico, se describen normas sobre los alimentos que estaban prohibidos comer y la forma de cómo sacrificarlos. La sangre y la grasa de los animales estaban considerados impuros. La sangre era una sustancia sagrada y estaba prohibida para el consumo humano. Existía la creencia de que el alma residía en la sangre, por eso estaba prohibido tomar carne sin desangrar: “Porque la vida de la carne está en la sangre, y yo la he destinado para que vosotros mediante ellas hagáis expiación a favor vuestro sobre el altar, pues sólo la sangre por tener vida es la que expía[3]. De ahí la costumbre de

[1] Cf. Gén.1,29-30
[2]
Cf. Gén.9,3-4
[3]
Cf. Lev.17,11

   

muchos pueblos paganos de tomar la sangre de sus víctimas para absorber su energía. El “beber” la sangre era sinónimo de “beber” vida. La sangre de la víctima estaba reservada a Dios.  En el Antiguo Testamento el derramamiento de sangre era fundamental para la expiación de los pecados. En el Libro del Levítico se describen los rituales y sacrificios que debía seguir el pueblo de Israel y en especial los sacerdotes de la tribu de Leví. En los sacrificios que en él se describen, se desprende la idea de que Dios es el autor de la vida y todas las cosas le pertenecen. El Levítico resalta la fealdad del pecado que contrasta con la santidad de Dios: «La santidad de Dios es el hogar inaccesible de su ministerio eterno. Lo que se manifiesta Él en la creación y en la historia, la Escritura lo llama Gloria. La irradiación de su Majestad. Al crear al hombre a su “imagen y semejanza”, Dios “lo corona de gloria”, pero al pecar, el hombre queda “privado de la gloria de Dios”. A partir de entonces, Dios manifestará su Santidad revelando y dando su Nombre, para restituir al hombre “a la imagen de su Creador”»[4]. Leemos en la Carta a los Hebreos: “Y según la Ley casi todo se purifica con la sangre, y sin derramamiento de sangre no hay remisión. Es necesario, por lo tanto, que las figuras de las realidades celestiales  se purifique con tales medios, aunque las realidades celestiales exigen victimas muy superiores[5].

[2] La sangre de todos los animales sacrificados señalaba el sacrifico de Nuestro Señor en la Cruz. Escribe San Lorenzo de Brindis: «El sumo sacerdote de la antigua Alianza no entraba nunca en el “Santo de los Santos” sin el sacrificio de sangre ajena. Cristo es el sumo Sacerdote; es el Santo de los Santos, la gloria del paraíso, la felicidad eterna. Cristo desde el primer instante de su concepción entró en el santuario de la Virgen, bienaventurado en el alma, pero no sin el sacrificio de su propia sangre... Este sacrificio de Cristo fue de infinito valor, porque fue ofrecido a Dios con caridad infinita y por una persona que place infinitamente a Dios. Y así de valor infinito, vale tanto cuanto vale Dios. También fue infinito el mérito, de manera que Cristo no pudo merecer más por su pasión  en cuanto a la virtud y eficacia del mérito, sí en cuanto a la extensión y número. ..... (sigue)

[4] Cf. Catecismo de la Iglesia católica. CIC n. 2809. Pág.610
[5]
Cf. Hb.9,22-23

 
           

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