S02.03 4,16

INSTITUTO DE ESTUDIOS BÍBLICOS SAN MATEO
Omnia  in  gloriam Dei  Facite
vera et una Trínitas, una et summa Deítas, sancta et una Unitas

02
Please, link this html page
http://www.iebsm.com/ 

Evangelio S. Mateo 03 Cronológico 03 Vaticano 05 Padres y Doctores 07 Lecturas Liturgia Horas 09 Plan de Vida 09

Mt.4,16

LIBRO VIIIa EXPLICACIÓN ANÁLISIS DOCTRINAL EXCURSUS

EXPLICACIÓN

           
        4,16 El pueblo que yacía en tinieblas... E  
 

a.      El pueblo que yacía en tinieblas ha visto una gran luz; para los que yacían en región y sombra de muerte una luz ha amanecido. 

Palabras clave

Pueblo:                          Is.9,1; Is.42,6-7; Lc.2,29-32; Act.26,17-18

Tinieblas:                      Is.58,10; Lc.1,78-79; Lc.11,34-35; Act.26,17-18

Luz:                                Job.24,15-17; Ps.18,9; Ps.118,105; Is.9,1; Is.42,6-7; Is.58,10; ; Lc.2,29-32; Lc.11,34-35; Ioh.1,9; Act.26,17-18

Yacían:                           Lc.1,78-79;

Sombra de muerte:    Is.91; Job.24,15-17; Lc.1,78-79

A.T.

Job

Job.24,15-17   El ojo del adúltero observa el crepúsculo, se dice: «Nadie me ve», y cubre su rostro con un velo. 16 De noche perforan las casas, de día se ocultan no quieren conocer la luz. 17 La aurora sigue siendo sombra para ellos, pues están familiarizados con el terror de la sombra.

Salmos

Ps.18,9            Los preceptos del Señor son rectos, alegran el corazón.  Los mandamientos del Señor son puros, dan luz a los ojos.

Ps.118,105      Antorcha es tu palabra ante mis pasos, luz en mi sendero.

Isaías

Is.9,1               El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra de sombras de muerte, les ha brillado una luz.

Is.42,6-7          Yo, el Señor, te he llamado en justicia. Te he tomado de la mano, te he guardado y te he destinado para la alianza del pueblo para luz de las naciones, 7 para abrir los ojos de los ciegos, para sacar del la prisión a los cautivos, y del calabozo a los que yacen en tinieblas.

Is.58,10           Y ofreces tu propio sustento al hambriento, y sacias al alma afligida, entonces tu luz despuntará en las tinieblas y tu oscuridad será como mediodía.

   

Explicación

 

[1] San Mateo cita la profecía de Isaías, pero el evangelista aquí se refiere no solamente a los débiles y pequeños, sino que se dirige a un pueblo oprimido y doliente, que sufría los tormentos de la guerra y vivía en sombras de muerte, es decir, en completa ignorancia religiosa, en un ambiente donde imperaban las costumbres paganas, en una total oscuridad espiritual. En el Antiguo Testamento el tema de la luz se emplea para relacionarlo con la esperanza mesiánica. Las “tinieblas” son distintivo inequívoco de caos y desolación e imagen de la muerte; mientras que la “luz” se emplea como imagen de la vida. De este resplandor gozan las almas de los justos: “Pero las almas de los justos están en manos de Dios y no les tocará tormento... A la hora de su prueba resplandecerán y se propagarán como chispas en cañaveral[1]. En esta tierra hostil brillará una gran luz. Jesús es la luz, todos los que viven sin Cristo, están en la oscuridad. Es el salvador que nos libera del pecado y nos rescata de la muerte. El pecado rompe la amistad con Dios e introduce en la historia humana la incertidumbre de la muerte. El pecado es sinónimo de tinieblas y sombras de muerte: “Los fantasmas tiemblan bajo el mar y todos sus habitantes[2]. Jesús se va a vivir en Cafarnaún, desde allí comenzará a anunciar su Evangelio a todas las gentes. Comienza por la periferia, un lugar despreciado por los que se consideran “escogidos de Dios”, el Evangelio debe llegar también a los paganos, a los que viven en tinieblas y sombras de muerte, incluso a aquellos que consideramos perdidos. El Señor viene a traer vida a la tierra: “Entonces el cojo saltará como un ciervo y la lengua del mudo gritará de júbilo. Porque manarán aguas en el desierto y torrentes en la estepa[3]. Los cristianos que formamos el nuevo Pueblo de Dios participamos en el sacerdocio de Cristo y estamos llamados a ser testigos de su Luz y extender su doctrina a todo el mundo. . ..... (sigue)



[1] Cf. Sb.3,1.7  
[2]
Cf. Job.26,5  
[3]
Cf. Is.35,6

 
           

ANÁLISIS DOCTRINAL

           
  4,16 El pueblo que yacía en tinieblas... A      4,16 El pueblo que yacía en tinieblas... A  
 

Análisis Doctrinal

[1] Jesús es el Mesías anunciado por Moisés y los profetas. Es Dios hecho hombre, encarnado en el seno virginal de Maria. San Mateo da cumplimiento, en esta profecía, a lo que anunció ya el profeta Isaías: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra de sombras de muerte, les ha brillado una luz[1]. «Tinieblas llama aquí el profeta no a las tinieblas sensibles, sino al error y a la impiedad. De aquí que añade: A los sentados en la región y sombras de la muerte una luz les ha salido. Por que os dierais cuenta de que ni la luz ni las tinieblas son aquí las tinieblas y luz sensible, hablando de la luz, no la llamó así simplemente, sino luz grande, la misma que en otra parte llama la Escritura luz verdadera; y, explicando las tinieblas, les dio nombre de sombras de la muerte. Luego, para hacer ver que no fueron ellos quienes, por haberle buscado, encontraron a Dios, sino éste quien del cielo se le apareció: Una luz —dice— salió para ellos, es decir, la luz misma salió y brilló para ellos, no que ellos corrieran primero hacia la luz. A la verdad, antes de la venida de Cristo, la situación del género humano era extrema. Porque no solamente caminaban los hombres entre tinieblas, sino que estaban sentados en ella, que es señal de no tener ni esperanza de salir de ellas. Como si no supieran por donde tenían que andar, envueltos por las tinieblas, se habían sentado en ellas, pues ya no tenían fuerza ni para mantenerse en pie»[2]. Dice San Andrés de Creta: «Alégrate, Sión, la ciudad madre, no temas: Festeja tu fiesta. Glorifica por su misericordia al que en ti viene a nosotros. Y tú también, hija de Jerusalén, desborda de alegría, canta y brinca de gozo. ¡Levántate, brilla (así aclamamos con el son de aquella sagrada trompeta que es Isaías), que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! ¿De qué luz se trata? De aquella que, viniendo a este mundo, alumbra a todo hombre. Aquella luz, quiero decir, eterna, aquella luz intemporal y manifestada en el tiempo, aquella luz invisible por naturaleza y hecha visible en la carne, aquella luz que envolvió a los pastores y que guió a los Magos en su camino. Aquella luz que estaba en el mundo desde el principio,

[1] Cf. Is.9,1
[2]
Cf. San Juan Crisóstomo. Homilía sobre San Mateo 14,1 BAC 141 Pág. 256

    por la cual empezó a existir el mundo, y que el mundo no la reconoció. Aquella luz que vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. ¿Y a qué gloria del Señor se refiere? Ciertamente a la cruz, en la que fue glorificado Cristo, resplandor de la gloria del Padre, tal como afirma él mismo, en la inminencia de su pasión: Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él, y pronto lo glorificará. Con estas palabras identifica su gloria con su elevación en la cruz. La cruz de Cristo es, en efecto, su gloria y su exaltación, ya que dice: yo cuando sea levantado en alto, atraeré a mí a todos los hombres»[3]. Cristo es el Cordero inmolado que ha traído la salvación al hombre. Dice Melitón de Sardes: «Los profetas predijeron muchas cosas sobre el misterio pascual, que es el mismo Cristo, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén. Él vino del cielo a la tierra para remediar los sufrimientos del hombre; se hizo hombre en el seno de la Virgen, y de ella nació como hombre; cargó con los sufrimientos del hombre, mediante su cuerpo, sujeto al dolor, y destruyó los padecimientos de la carne, y él, que era inmortal por el Espíritu, destruyó el poder de la muerte que nos tenía bajo su dominio. Él fue llevado como una oveja y muerto como un cordero; nos redimió de la seducción del mundo, como antaño de Egipto, y de la esclavitud del demonio, como antaño del poder del Faraón; selló nuestras almas con su Espíritu y los miembros de nuestro cuerpo con su sangre. Él, aceptando la muerte, sumergió en la derrota a Satanás, como Moisés al Faraón. Él castigó la iniquidad y la injusticia, del mismo modo que Moisés castigó a Egipto con la esterilidad. Él nos ha hecho pasar de la esclavitud a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de la tiranía al reino eterno, y ha hecho de nosotros un sacerdocio nuevo, un pueblo elegido, eterno... degollado en el cordero pascual, perseguido en la persona de David y vilipendiado en la persona de los profetas. Él se encarnó en el seno de la Virgen, fue colgado en el madero, sepultado bajo tierra y, resucitando de entre los muertos, subió a lo más alto de los cielos. Éste es el cordero que permanecía mudo y que fue inmolado; éste es el que nació de María, la blanca oveja; éste es el que fue tomado de entre la grey y arrastrado al matadero, inmolado al atardecer y. ..... (sigue)

[3] Cf. San Andrés de Creta. Disertaciones 9. Sobre el Domingo de Ramos PG 97,1002 Spa T.II Pág.446

 
           

EXCURSUS

           
  4,16 El pueblo que yacía en tinieblas... X     4,16 El pueblo que yacía en tinieblas... X  
 

Excursus

Metanoia: Encuentro y conversión: [1] La palabra Metanoia significa “conversión” y supone un cambio de vida en nuestros hábitos y en nuestro corazón. «El término y el concepto mismo de penitencia son muy complejos. Si la relacionamos con metánoia, al que se refieren los sinópticos, entonces penitencia significa el cambio profundo de corazón bajo el influjo de la Palabra de Dios y en la perspectiva del Reino. Pero penitencia quiere también decir cambiar la vida en coherencia con el cambio de corazón, y en este sentido el hacer penitencia se completa con el de dar frutos dignos de penitencia; toda la existencia se hace penitencia orientándose a un continuo caminar hacia lo mejor. Sin embargo, hacer penitencia es algo auténtico y eficaz sólo si se traduce en actos y gestos de penitencia. En este sentido, penitencia significa, en el vocabulario cristiano teológico y espiritual, la ascesis, es decir, el esfuerzo concreto y cotidiano del hombre, sostenido por la gracia de Dios, para perder la propia vida por Cristo como único modo de ganarla; para despojarse del hombre viejo y revestirse del nuevo; para superar en sí mismo lo que es carnal, a fin de que prevalezca lo que es espiritual; para elevarse continuamente de las cosas de abajo a las de arriba donde está Cristo. La penitencia es, por tanto, la conversión que pasa del corazón a las obras y, consiguientemente, a la vida entera del cristiano»[1]. Hay que decir que la conversión no supone una vuelta a Dios exclusivamente, puede suponer también un cambio a un credo o una ideología. Alguna filosofía como el estoicismo proclamaba una forma de conversión para alcanzar una cierta forma de tranquilidad de espíritu. Escribe San Francisco de Sales: «Si bien la penitencia, en cierto modo, fue reconocida por algunos filósofos, lo fue de manera tan deficiente y rara, que los reputados entre ellos como más virtuosos, los estoicos, aseguraron que el hombre sabio jamás debía entristecerse, máxima tan contraria a la razón como el principio sobre el cual la fundaron es opuesto a la experiencia, a saber: que el hombre sabio no peca nunca[2]. Podemos decir con verdad, mi querido Teónimo, que la penitencia es virtud

[1] Cf. Juan Pablo II. Exh. Apost. Reconciliatio et Paenitentia 4 VAHF
[2]
Cf. Epicteto. Los dichos de Epicteto. Libro I Cap.V

   
completamente cristiana, pues por una parte fue conocida muy poco entre los paganos y por otra parte es tan conocida entre los verdaderos cristianos, que en ella se fundamenta abundante contenido de la filosofía evangélica, según la cual quien dice que nunca peca es insensato[3], y quien presume que reparará su pecado sin hacer penitencia es necio, ya que la exhortación más apremiante de Nuestro Señor es: “Haced penitencia[4]… Estamos completamente persuadidos de que, cuanto está de nuestra parte, ofendemos a Dios por nuestros pecados, despreciándole, deshonrándole, desobedeciéndole y rebelándonos contra Él; mientras que Él, por su parte, se tiene por ofendido, despreciado, deshonrado y menospreciado, reprobando y rechazando la iniquidad. De esta verdadera convicción nacen muchos motivos que, o todos juntos, o varios, o uno solo, nos pueden llevar al arrepentimiento»[5]. Aquí analizaremos la conversión en sentido teológico. Para que exista verdadera conversión es necesaria una experiencia personal y una transformación de todo nuestro ser: alma y cuerpo; un arrepentimiento que restituya la armonía que reinaba antes del pecado original, entre Dios y el hombre. Antes del pecado de nuestros primeros padres, el hombre vivía en armonía con Dios y con todo lo creado. Este alejamiento de Dios se encuentra ya presente en los primeros versículos del Génesis: “El Señor Dios llamó al hombre y le dijo: ¿Dónde estás?. Éste contestó: Oí tu voz en el jardín y tuve miedo porque estaba desnudo; por eso me oculté[6]. El pecado es una desobediencia a Dios que rompe la amistad con el hombre. Dice el Catecismo de la Iglesia: «La armonía en la que se encontraban, establecida gracias a la justicia original, queda destruida; el dominio de las facultades espirituales del alma sobre el cuerpo se quiebra; la unión entre el hombre y la mujer es sometida a tensiones; sus relaciones estarán marcadas por el deseo y el dominio. La armonía con la creación se rompe; la creación visible se hace para el hombre extraña y hostil. A causa del hombre, la creación es sometida “a la. ..... (sigue)

[3] Cf. 1 Ioh.1,8
[4] Cf. Mt.3,2
[5]
Cf. San Francisco de Sales. Tratado del amor de Dios. Libro II C. 18. Ed. Edibesa Pág.180
[6]
Cf. Gén.3,9-10

 
           

Web en Construcción