S02.03 4,21

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Mt.4,21

LIBRO VIIIb EXPLICACIÓN ANÁLISIS DOCTRINAL EXCURSUS

EXPLICACIÓN

           
        4,21 Pasando adelante, vio a otros dos hermanos... E  
 

a.      Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó.

Palabras clave

Santiago:                       Mt.10,2; Act.1,13

Juan:                              Mt.10,2; Act.1,13

Barca:                             Ps.76,20; Mc.1,20; Lc.5,2

Zebedeo:                       Mc.1,20

Redes:                           Lc.5.2; 5,4

Llamó:                            Mc.3,13-14

A.T.

Salmos

Ps.76,20          Hiciste un camino en el mar, un sendero entre las aguas caudalosas, y tus huellas no fueron conocidas.

N.T.

San Mateo

Mt.10,2            Los nombres de los Apóstoles son éstos: Primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano.

San Marcos

Mc.1,20           Y enseguida los llamó. Y dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él.

Mc.3,13-14      Y subiendo al monte llamó a los que él quiso, y fueron junto a él. Y eligió a doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar.

San Lucas

Lc.5,2             Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago; los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes.

Lc.5,4             Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca.

Hechos de los Apóstoles

Act.1,13          Y cuando llegaron, subieron al cenáculo donde vivían Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el de Alfeo y Simón el Zelotes, y Judas el de Santiago.

   

Explicación

[1] Jesús llama a esta pareja de pescadores, igual que llamó a Pedro y Andrés, a constituir parte del Colegio Apostólico. Esta llamada a Santiago y Juan se convertirá en el paradigma de toda llamada al apostolado y formarán con San Pedro parte del círculo íntimo del Señor. Ambos hermanos se hallan trabajando, en medio de su hacer cotidiano, arreglando las redes, en la barca con su padre, cuando el Señor los llama a su servicio a realizar la misión salvífica de la Iglesia. El Reino de Dios se materializa en este servicio a Dios y a los hermanos. De ahora en adelante ya no serán peces lo que capturen, sino que serán hombres, acercarán a otros a una comunión de vida con Jesús. La respuesta del hombre a esta llamada de Dios es libre y requiere, por tanto, de una respuesta personal. Dios pasa y llama, es el Señor el que elige, es interesante observar que es Jesús el que llama a los que quiere. Ante la llamada de Dios se requiere una rápida respuesta, puede ser, que la respuesta se deje para más tarde, pero quizá entonces sea ya demasiado tarde. Dios prepara la voluntad del hombre, para que éste acepte libremente la voluntad de Dios: “Os disponga con todo bien para que cumpláis su voluntad y obre en nosotros en su presencia por medio de Jesucristo[1]. La llamada divina es eterna, pero el hombre puede rechazar esta llamada: “Porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables[2]. En toda vocación se dan dos componentes: el amor de Dios y la libertad del hombre, que libremente responde al llamamiento. Sin libertad no puede haber verdadera vocación. Esta llamada que el Señor hace a Santiago y Juan, en medio de su trabajo ordinario, se repite a lo largo de la historia. Pero esta llamada al seguimiento de Cristo comporta participar también en los sufrimientos y tribulaciones que nos presenta la vida. El discípulo de Cristo no se amilana ante las dificultades o la amenaza de los poderosos, aunque sea a costa de su vida, como le ocurrió a Santiago, que sería el primer Apóstol en verter su sangre por Cristo. ..... (sigue)


[1] Cf. Heb.13,21
[2]
Cf. Rom.11,29

 
           

ANÁLISIS DOCTRINAL

           
  4,21 Pasando adelante, vio a otros dos hermanos... A      4,21 Pasando adelante, vio a otros dos hermanos... A  
 

Análisis Doctrinal

[1] San Mateo en este versículo nos deja un díptico paralelo del anterior. Los dos hermanos, Santiago[1] y Juan, formaban con San Pedro parte del círculo íntimo del Señor, y fueron testigos oculares de los principales milagros y de los acontecimientos más importantes en la vida del Señor, como la resurrección de la hija de Jairo: “Y no permitió que nadie le siguiera, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago”, para que fueran testigos según lo previsto en la ley[2]. También aparecen estos discípulos en la Transfiguración o en la Agonía de Getsemaní. 

[1] Santiago, uno de los doce Apóstoles de Jesús, era hijo de Zebedeo y hermano de San Juan Evangelista. Se le conoce por Santiago el Mayor para distinguirlo del otro Apóstol, el de Alfeo o Menor, y no por edad, sino por haber sido llamado antes por el Señor. Por su impetuosidad recibieron el nombre de “Boanergers”, hijos del trueno. Martirizado por el rey Herodes que le hizo decapitar para complacer a los judíos. Su festividad se celebra el 25 de Julio.

[2] Cf. Dt.19,15
[3] Cf. Mc.3,17
[4]
Cf. Jacobo de la Vorágine. Leyenda Áurea

[5] Imitando a Cristo que es “el Camino, la Verdad y la Vida”, la Iglesia es una iglesia que camina, que sale al encuentro del otro en su camino hacia Dios. El Apóstol Santiago, es celebre en el mundo entero por el camino de su mismo nombre o “ruta jacobea”, como se le conocía en la Edad Media. El camino es un espacio de oración y cultura, baste recordar los innumerables monumentos románicos y prerrománicos que lo jalonan. En el año 813, a partir del descubrimiento de la tumba del Apóstol por el monje Pelayo, el culto a Santiago Apóstol ira adquiriendo proporciones sorprendentes y las peregrinaciones para visitar su tumba se irán sucediendo a lo largo de los siglos. Uno de los primeros en peregrinar fue el rey Alfonso II el Casto, que mandó construir una iglesia en honor del Apóstol y poner en su tumba: “en nuestros días se nos reveló el preciado tesoro del bienaventurado Apóstol, es decir su santísimo cuerpo”. Texto datado en el 829. Con la orden de Cluny, en el siglo XI, se intensifica la afluencia de peregrinos y en el 1075 se comienza la construcción del tercer templo, la actual catedral románica que conocemos. En 1122 el Papa Calixto II proclama el Año Santo Jacobeo, periodo en el que la Iglesia, a imitación del año jubilar israelita, concede gracias espirituales a los fieles. En 1179 la Bula Regis Aeterna de Alejandro III, ratifica el privilegio de Calixto II y declara años santos los que la fiesta del Apóstol coincida en domingo y otorga indulgencia plenaria a quien peregrine en año santo. La indulgencia plenaria, con los debidos requisitos, borra todo resto de pecado, dejando el alma limpia para entrar en el cielo. Numerosos santos, reyes y peregrinos han visitado su tumba, para ganar el jubileo y Juan Pablo II fue el primer Papa en visitar Santiago. En 1985 la UNESCO declaró el Camino de Santiago Patrimonio Universal de la Humanidad.

   

El origen Galileo de los dos hermanos, puede ser una de las causas de su fuerte temperamento y de que el Señor les imponga el sobrenombre de “Hijos del trueno”: “Y a Santiago el de Zebedeo  y a Juan, el hermano de Santiago, a quienes llamó Boanerges, esto es, Hijos del trueno[3] «Llámasele Boanerges o hijo del trueno por la conmoción que su predicación producía; en efecto, cuando ejercía su ministerio hacía temblar de espanto a los malos, sacaba de su tibieza a los perezosos, y despertaba a todos con la profundidad de sus palabras»[4]. Según una antigua tradición, antes de su martirio en Jerusalén, Santiago estuvo en España predicando el Evangelio y preparó el camino en España para la Virgen María. En un altar dedicado a Santiago de finales del siglo VII,  se ha descubierto una inscripción en la que podemos leer: “Fue el primero que convirtió a las gentes hispanas a la fe”. Y Beato de Liébana en el siglo VIII, en su obra, intenta probar que está en posesión de la traditio sobre la llegada de Santiago a Hispania. Las sagradas reliquias del Apóstol Santiago se conservan en la Catedral de Santiago[5], uno de los lugares de mayor peregrinación en la Iglesia católica, junto a Roma y Jerusalén. En 1884, el Santo Padre León XIII publica la Bula Omnipotens Deus, confirmando que los restos pertenecían a Santiago Apóstol: «Nos también, desaparecidas todas las dudas y terminadas todas las controversias, aprobamos y confirmamos de ciencia cierta y por Nuestra propia iniciativa y en virtud de nuestra autoridad la sentencia de nuestro Venerable Hermano el Cardenal de Compostela, sobre la identidad de los sagrados cuerpos del Apóstol y Teodoro, y decretamos que esta sentencia tenga perpetuamente fuerza y valor. Además, Nos queremos y ordenamos que nadie le sea permitido, bajo pena de excomunión latae sententiae[6], y de la que nos reservamos del modo más firme la absolución a Nos y a Nuestros sucesores, separar, quitar y trasladar las santas reliquias que han vuelto a ser depositadas en el antiguo receptáculo, y que yacen bajo sello, así como tampoco ninguna de sus partículas»[7]. ..... (sigue)


[6] En el Derecho penal canónico las penas pueden ser, según el canón 1314 del Código de Derecho Canónico: “ferendae sententiae” y “latae sententiae”. La primera sólo obliga a la persona una vez que le ha sido impuesta por un proceso judicial o bien un procedimiento administrativo. En la “latae sententiae” se incurre ipso facto en ella, es decir, de forma automática, lo que implica que la misma persona se convierte en juez de ella misma. 

[7] Cf. León XIII. Bula Deus Omnipotens 01-11-1884

 
           

EXCURSUS

           
  4,21 Pasando adelante, vio a otros dos hermanos... X     4,21 Pasando adelante, vio a otros dos hermanos...X  
 

Excursus

La santificación del trabajo: [1] El hombre es imagen de Dios: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó[1]. «El trabajo es la vocación inicial del hombre, es una bendición de Dios, y se equivocan lamentablemente quienes lo consideran un castigo. El Señor, el mejor de los padres, colocó al primer hombre en el Paraíso, “ut operaretur” —para que trabajara»[2]. Esta similitud del hombre con Dios se manifiesta, sobre todo, en el trabajo que realiza en su actividad creadora: «Dios es causa de las cosas por su entendimiento y voluntad, como el artista lo es de sus obras. El artista obra según lo concebido en su entendimiento y por el amor de su voluntad hacia algo con lo que se relacione. Asimismo el Padre Dios ha producido las criaturas por su Palabra, que es el Hijo, y por su Amor, que es el Espíritu Santo. De este modo, las procesiones de las Personas son las razones de la producción de las criaturas, en cuanto que incluyen los atributos esenciales, que son la ciencia y la voluntad»[3]. Dice Juan Pablo II: «La Iglesia está convencida de que el trabajo constituye una dimensión fundamental de la existencia del hombre en la tierra. Ella se confirma en esta convicción considerando también todo el patrimonio de las diversas ciencias dedicadas al estudio del hombre: la antropología, la paleontología, la historia, la sociología, la psicología, etc.; todas parecen testimoniar de manera irrefutable esta realidad. La Iglesia, sin embargo, saca esta convicción sobre todo de la fuente de la Palabra de Dios revelada, y por ello lo que es una convicción de la inteligencia adquiere a la vez el carácter de una convicción de fe. El motivo es que la Iglesia —vale la pena observarlo desde ahora— cree en el hombre: ella piensa en el hombre y se dirige a él no sólo a la luz de la experiencia histórica, no sólo con la ayuda de los múltiples métodos del conocimiento científico, sino ante todo a la luz de la palabra revelada del Dios vivo. Al hacer referencia al hombre, ella trata de expresar los designios eternos y los destinos trascendentes que el Dios vivo,

[1] Cf. Gén.1,27  
[2] Cf. San Josemaría. SJEB Surco 482 Pág 224
[3]
Cf. Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I q.45 a.6

   
Creador y Redentor ha unido al hombre»[4]. Desde las primeras páginas de la Sagrada Escritura el trabajo aparece como la condición originaria el hombre: “El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín del Edén para que lo trabajara y lo guardara[5]. «Los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, están, por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio. Cuanto más se acrecienta el poder del hombre, más amplia es su responsabilidad individual y colectiva. De donde se sigue que el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo si los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo»[6]. El trabajo así continua la labor creadora de Dios que se extiende a través de la actividad humana, y mediante la cual el hombre sigue el mandato recibido de Dios de gobernar el mundo. Dice San Josemaría: «Desde el comienzo de su creación, el hombre —no me lo invento yo— ha tenido que trabajar. Basta abrir la Sagrada Biblia por las primeras páginas, y allí se lee que —antes de que entrara el pecado en la humanidad y, como consecuencia de esa ofensa, la muerte y las penalidades y miserias- Dios formó a Adán con el barro de la tierra, y creó para él y para su descendencia este mundo tan hermoso, ut operaretur et custodiret illum, con el fin de que lo trabajara y lo custodiase»[7]. El Señor establece así una alianza con el hombre, mediante la cual le hace colaborador de su poder creador. El trabajo no era un castigo que Dios imponía al hombre, sino que era: «dignidad de vida y un deber impuesto por el Creador, ya que el hombre fue creado ut operaretur. El trabajo es un medio por el que el hombre se hace participante de la creación y, por tanto, no sólo es digno, sea el que sea, sino que es un instrumento para conseguir la perfección humana ―terrena― y la perfección sobrenatural»[8]. Y Fernández Carvajal añade: «La dignidad de la ..... (sigue)

[4] Cf. Juan Pablo II. Enci. Laborem exercens, 4 VAHF  
[5] Cf. Gén.2,15
[6] Cf. Concilio Vaticano II. Const. Pastoral Gaudium et spes 34 VAA
[7]
Cf. San Josemaría. SJEB Amigos de Dios 57 Pág.100
[8]
Cf. San Josemaría. Carta 31-05-54 HD T.III Pág.313

 
           

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