S02.03 4,22

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Mt.4,22

LIBRO VIIIb EXPLICACIÓN ANÁLISIS DOCTRINAL EXCURSUS

EXPLICACIÓN

           
        4,22 Ellos, al instante, dejaron la barca y a su padre... E  
 

a.      Ellos, al instante, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron.

 Palabras clave

Barca:                             Lc.5,10-11

Padre:                            Ex.20,21; 1 Tim.5,4; Hb.12,9

Seguimiento:                Mc.10,52; Lc.5,10-11

A.T.

Éxodo

Ex.20,12          Honra a tu padre y a tu madre para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te da.

N.T.

San Marcos

Mc.10,52         Entonces Jesús le dijo: Anda, tu fe te ha salvado. Y al instante recobro la vista, y le seguía por el camino.

San Lucas

Lc.5,10-11       Lo mismo sucedía a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús dijo a Simón: No temas; desde ahora serán hombres lo que has de pescar. Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron.

Epístola a Timoteo

1 Tim.5,4          Pero si alguna viuda tiene hijos o nietos, que aprendan éstos en primer lugar a cumplir los deberes de piedad en su propia casa, y a corresponder por lo que recibieron de sus padres, pues esto es agradable a Dios.

Epístola a los Hebreos

Hb.12,9            A nuestros padres según la carne los teníamos como educadores y los respetábamos. ¿Y no nos someteremos  con mayor razón al Padre de nuestras almas, para  alcanzar la vida?

   

Explicación

[1] Igual que en la llamada anterior de Jesús a Pedro y Andrés, San Mateo resalta la prontitud de la respuesta de los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, que libremente deciden seguirle. Cada uno responde con plena libertad a la respuesta al apostolado, aunque sea el Señor mismo del quien parta la iniciativa. Es interesante observar el imperativo de la llamada ante la que es difícil resistirse. El profeta Jeremías nos lo recuerda: “Yo me dije: ‘No me acordaré de Él, ni hablaré más en su Nombre’. Pero es dentro de mí como fuego abrasador, encerrado en mis huesos; me esfuerzo por soportarlo, pero no puedo[1]. San Mateo y San Marcos nos muestra la llamada desde la obediencia, San Lucas desde la fe. San Marcos, en la misma línea de San Mateo, añade: “Y enseguida los llamó. Y dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él[2], dando evidencia de la cómoda situación económica en que se encontraba la familia; son hombres sencillos aunque no pertenecen a la clases sociales influyentes de los poderosos o de los intelectuales. San Lucas en una presentación más acabada, nos muestra la llamada de los cuatro apóstoles tras el prodigio de la pesca milagrosa. El seguimiento de Jesús implica que ambos hermanos quieren ser apóstoles de Cristo y ser enviados a propagar su mensaje. San Mateo en este versículo nos quiere dejar constancia de este camino radical del seguimiento de Jesús. Dice que dejaron la barca y a su padre. Pero por encima de todas las cosas y de cualquier autoridad humana está la voluntad de Dios. El discípulo de Cristo debe estar dispuesto a asumir las exigencias que conlleva el seguimiento. Para poder formar parte de la comunidad de Jesús se exige una renuncia a los bienes materiales, en apoyo a los más necesitados haciéndonos pobres como él. Los Apóstoles han tenido que dejar todo, su trabajo, su familia, sus posesiones y comenzar una vida nueva, pero es una vida que a pesar de todas las renuncias y sufrimientos cobra un significado especial. En adelante su vida estará íntimamente unida a la de Jesús. ..... (sigue)


[1] Cf. Jr.20,9b
[2]
Cf. Mc.1,20

 
           

ANÁLISIS DOCTRINAL

           
  4,22 Ellos, al instante, dejaron la barca y a su padre...A      4,22 Ellos, al instante, dejaron la barca y a su padre... A  
 

Análisis Doctrinal

[1] San Ambrosio decía que “la gracia del Espíritu Santo es una gracia presurosa”. San Mateo insiste en la prontitud de la respuesta, en esta ocasión, el Señor se fija en Santiago y en su hermano Juan, quienes le siguen sin consultar a su padre. «Según el relato de san Marcos y san Mateo, el escenario de la llamada de los primeros Apóstoles es el lago de Galilea. Jesús acaba de comenzar la predicación del reino de Dios, cuando su mirada se fija en dos pares de hermanos:  Simón y Andrés, Santiago y Juan. Son pescadores, dedicados a su trabajo diario. Echan las redes, las arreglan. Pero los espera otra pesca. Jesús los llama con decisión y ellos lo siguen con prontitud:  de ahora en adelante serán “pescadores de hombres”. San Lucas, aunque sigue la misma tradición, tiene un relato más elaborado. Muestra el camino de fe de los primeros discípulos, precisando que la invitación al seguimiento les llega después de haber escuchado la primera predicación de Jesús y de haber asistido a los primeros signos prodigiosos realizados por él. En particular, la pesca milagrosa constituye el contexto inmediato y brinda el símbolo de la misión de pescadores de hombres, encomendada a ellos. El destino de estos “llamados”, de ahora en adelante, estará íntimamente unido al de Jesús. El apóstol es un enviado, pero, ante todo, es un “experto” de Jesús»[1]. El seguimiento de Jesús es sinónimo de querer ser discípulo de Cristo. Seguir a Jesús es anunciarlo a los demás. San Pablo seguirá la llamada divina y dirá: ‘sin consultar a la sangre ni a la carne’: “Pero cuando Dios, que me eligió desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo para que le anunciara entre los gentiles, enseguida, sin pedir consejo a la carne ni a la sangre[2]. Comentando este pasaje, escribe San Cirilo de Alejandría: «Porque Jesús dijo también: ‘Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios...’, y miró hacia atrás el que pidió permiso de volver a su casa y hablar con los parientes. Pero vemos que no hicieron así los santos Apóstoles, sino que siguieron a Jesús dejando enseguida la barca y los padres. También Pablo

[1] Cf. Benedicto XVI. Audiencia General 22-03-06 VAHF
[2]
Cf. Gál.1,15-16

   

‘enseguida, sin pedir consejo a la carne ni a la sangre’. Así han de ser los que quieren seguir a Cristo»[3]. El discípulo de Cristo debe estar preparado para asumir estas exigencias del seguimiento. Dice San Cirilo de Alejandría: «Tu barca —tus talentos, tus aspiraciones, tus logros— no vale para nada, a no ser que la dejes a disposición de Jesucristo, que permitas que Él pueda entrar ahí con libertad, que no la conviertas en un ídolo. Tú solo, con tu barca, si prescindes del Maestro, sobrenaturalmente hablando, marchas derecho al naufragio. Únicamente si admites, si buscas, la presencia y el gobierno del Señor, estarás a salvo de las tempestades y de los reveses de la vida. Pon todo en las manos de Dios: que tus pensamientos, las buenas aventuras de tu imaginación, tus ambiciones humanas nobles, tus amores limpios, pasen por el corazón de Cristo. De otro modo, tarde o temprano, se irán a pique con tu egoísmo»[4]. A menudo los obstáculos para seguir a Cristo se encuentran dentro de la propia familia. La renuncia a la familia puede ser uno de los factores que impidan dar una respuesta positiva a la llamada de Dios. Dice San Agustín: «Se debe honrar a los padres, pero a Dios se le debe obedecer. Hay que amar a quien nos engendró, pero hay que dar el primer lugar al que nos creó»[5].

[2] Y Santo Tomás comenta: «Así como la carne tiene tendencias contrarias a las del espíritu, como se dice en Gál 5,17, así también los amigos carnales se oponen al progreso espiritual, conforme a lo que se dice en Miq 7,6: Los enemigos del hombre son los de su propia casa. Por eso San Cirilo, comentando el pasaje de Lc 9,61: Déjame antes despedirme de los de mi casa, escribe: Esta preocupación por avisar a los suyos deja entrever qué dividido está, ya que informar a los familiares y consultar con gentes contrarias a la justa estimación de las cosas indica un ánimo poco esforzado y retraído. Por eso el Señor respondió: “Nadie que ponga su mano en el arado y vuelva la vista atrás es apto para el reino de Dios”. En efecto, vuelve la vista atrás quien busca dilación para poder volver a su casa y consultar con los suyos»[6]. Santo Tomás dice que los hijos no deben dejar a los ..... (sigue)

[3] Cf. San Cirilo de Alejandría. Commentarium in Lucas 9 SB T.6 Pág.274
[4]
Cf. San Josemaría. SJEB Amigos de Dios 21 Pág. 51
[5]
Cf. San Agustín. Sermo 100 SB T.6 Pág.274
[6]
Cf. Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica II II q.189 a.10 ad.2

 
           

EXCURSUS

           
  4,22 Ellos, al instante, dejaron la barca y a su padre...X     4,22 Ellos, al instante, dejaron la barca y a su padre... X  
 

Excursus

La llamada a la vocación: [1] La palabra vocación proviene del latín “vocare”, que significa llamar. Para muchos cristianos la llamada a la vocación es sinónimo de ingresar en un seminario o una institución religiosa. Pero la vocación cristiana nace con el Bautismo, al recibir el sacramento del Bautismo nos hacemos hijos de Dios. Bautismo y vocación son dos conceptos que están íntimamente relacionados, mediante el Bautismo recibimos la gracia necesaria para responder a nuestra vocación. «Ésa es nuestra vocación por ser Iglesia: entrar dentro de Dios y, desde allí, en el ejercicio de nuestro peculiar sacerdocio, glorificar al mismo Dios y dar la vida infinita a los hombres»[1]. A cada hombre Dios le asigna una vocación personal y concreta para realizar su designio divino. El Concilio Vaticano II ha ampliado esta llamada a todo hombre y hacerle partícipe de la extensión del Reino de Cristo: «En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su corona»[2]. Noé es figura de Cristo por antonomasia. El pecado destruye el mundo idílico de Adán y Eva y provoca como castigo divino el diluvio, símbolo del Bautismo. Dice San Pedro: “Cuando en los días de Noé les esperaba Dios pacientemente, mientras se construía el arca. En ella, unos pocos ─ocho personas─ fueron salvados a través del agua. Esto era figura del bautismo, que ahora os salva, no por quitar la suciedad del cuerpo, sino por pedir firmemente a Dios una conciencia buena, en virtud de la resurrección de Jesucristo[3]. Comenta San Agustín: «En el símbolo del diluvio, en el que los justos fueron salvados en el arca, está profetizada la futura Iglesia, que salva de la muerte de este mundo para su Rey y Dios por medio de Cristo y del misterio de la

[1] Cf. Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia. Frutos de Oración 62 Pág.51
[2] Cf. Concilio Vaticano II. Cons Gaudium et Spes 22 VAA
[3]
Cf. 1 Pe.3,20-21

   

Cruz»[4]. Con Noé se establece el primer pacto entre Dios y el hombre: “Pongo mi arco en las nubes, que servirá de señal de alianza entre la tierra y yo[5]. Ruperto de Deutz, un autor espiritual del siglo XII, escribe: «En él Dios estableció con los hombres una alianza por medio de su Hijo Jesucristo; muriendo este en la cruz, Dios nos reconcilio consigo, lavándonos de nuestros pecados en su sangre, y nos dio por medio de Él el Espíritu Santo de su amor, instituyendo el bautismo de agua y del Espíritu Santo por el que renacemos. Por tanto, aquel arco que aparece en las nubes es signo del Hijo de Dios... Es signo de que Dios no volverá a destruir toda carne mediante las aguas del diluvio; el Hijo de Dios mismo, a quien una nube recubrió, y el que está elevado más allá de las nubes, por encima de todos los cielos, es para siempre un signo recordatorio a los ojos de Dios Padre, un memorial eterno de nuestra paz: después de que Él en su carne destruyó la enemistad, es tan firme la amistad entre Dios y los hombres, que ya no son siervos, sino amigos e hijos de Dios»[6]. Con Abrahán continua la alianza establecida entre Dios y el hombre. La historia de Abrahán es el paradigma de toda vocación. De improviso le llega la llamada de Dios. Cualquier vocación comienza con una llamada que supone cortar con nuestra vida anterior, sin saber lo que el futuro nos depara. Abrahán fiándose plenamente de Dios, lo abandona todo y rompe con todos los lazos que le atan: “Vete de tu tierra y de tu patria, y de casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré; de ti haré un gran pueblo, te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, que servirá de bendición[7]. Abrahán, de esta manera, se convierte en prototipo de todo creyente, que en su peregrinar se pone en camino hacia la Casa del Padre.

[2] Indica el Catecismo de la Iglesia: «La preparación lejana de la reunión del pueblo de Dios comienza con la vocación de Abrahán, a quien Dios promete que llegará a ser Padre de un gran pueblo. La preparación inmediata comienza con la elección de Israel como pueblo de Dios. Por su elección, Israel debe ser el signo de la reunión ..... (sigue)

[4] Cf. San Agustín. De catechizandis rudibus, 18
[5]
Cf. Gén.9,13
[6] Cf. Ruperto de Deutz. Commentarium in Genesis 4,36 PL 167,199-566 SBAT Pentateuco Pág.86
[7]
Cf. Gén.12,1-2

 
           

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