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INSTITUTO DE ESTUDIOS BÍBLICOS SAN MATEO
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Alvaro del Portillo
Prelado del Opus Dei 1975-1994

PRELATURA

BIOGRAFIA

SALVADOR BERNAL

CAUSA DE CANONIZACIÓN

ESTAMPA

Un hombre fiel

Subir  PRELATURA Los rasgos biográficos esenciales de don Álvaro, los que definen su personalidad, nos vienen dados por la misión que Dios le confió y en la que gastó toda su vida: desde 1939 -o sea, desde los 25 años- fue el colaborador más inmediato de san Josemaría en el gobierno del Opus Dei; y desde 1975 fue su sucesor. Con respecto a cómo era, las respuestas pueden ser muchas, ya que tenía una personalidad muy rica. Los que le han conocido de cerca, en sus testimonios escritos destacan sobre todo los siguientes aspectos: en primer lugar, su humildad; luego, su mansedumbre, su perenne actitud de serenidad, de paz interior; su visión positiva de las personas y los acontecimientos; su capacidad de cariño, de compresión, de ponerse a la altura de su interlocutor y hacerse cargo de sus problemas; en una palabra: su paternidad espiritual. Todos destacan también su ejemplar fidelidad a la persona y al espíritu de san Josemaría
Subir BIOGRAFIA Nace en Madrid el 11 de marzo de 1914, en una familia de tradición cristiana. Es el tercero de los ocho hijos de Ramón del Portillo (abogado) y Clementina Diez de Sollano. Después de cursar el bachillerato en el Colegio El Pilar (Madrid), ingresa en la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, en la que termina sus estudios en 1941. En esos años obtiene también el título de Ingeniero de Obras Públicas. Posteriormente pasa a formar parte de las Confederaciones Hidrográficas del Júcar, Duero y Ebro, así como de la Jefatura de Puentes y Cimentaciones. También durante esa época estudia en Madrid la carrera de Filosofía y Letras, en la Sección de Historia, en la que se doctora en 1944 con la tesis Descubrimientos y Exploraciones en las Costas de California (Premio Extraordinario). Más tarde (1948), obtendrá el doctorado en Derecho Canónico en la Universidad Pontificia de Santo Tomás. En julio de 1935, antes de salir de Madrid para las vacaciones de verano, decide despedirse del Fundador del Opus Dei, al que había conocido durante el curso académico. Josemaría Escrivá de Balaguer le invita a un retiro que iba a dirigir días después. Al término de ese retiro, el 7 de julio, Alvaro del Portillo pide la admisión en el Opus Dei y retrasa sus vacaciones. No son ésos los únicos planes que cambian en su vida. Al tiempo que termina sus estudios y empieza a trabajar como ingeniero, contribuye al desarrollo del Opus Dei. Muchos de sus viajes, en lo sucesivo, tienen una finalidad apostólica: extender la labor del Opus Dei en otras ciudades de España. Con el paso de los años, será el colaborador más directo del Fundador del Opus Dei, y trabajará junto a él en el gobierno de esta institución, cuya finalidad es promover la santidad y el apostolado en medio del mundo..En 1943 viaja a Roma por encargo de Mons. Escrivá de Balaguer, para ser recibido por Pío XII, y exponer el posible cauce jurídico del Opus Dei. El 25 de junio de 1944, tras una intensa preparación, es ordenado sacerdote por el Obispo de Madrid. Abandona entonces su trabajo como ingeniero y dedica todo su tiempo a tareas pastorales y al gobierno del Opus Dei. Josemaría Escrivá encuentra en él un apoyo continuo. En 1946, Alvaro del Portillo se traslada definitivamente a Roma, pocos meses antes de que fije allí su residencia Mons. Escrivá de Balaguer, con el que convive desde entonces. Son años de gran trascendencia para el Opus Dei, que recibe sucesivamente las necesarias aprobaciones jurídicas. Vicario Regional del Opus Dei en Italia desde 1947, impulsa el comienzo de la labor apostólica en las ciudades más importantes de ese país: Roma, Milán, Nápoles, Palermo, etc. Por esa época, es nombrado también primer Rector del Colegio Romano de la Santa Cruz (1948-1953), en el que se formarán miembros del Opus Dei de los más diversos países. Mons. Alvaro del Portillo acompaña al Fundador del Opus Dei en sus viajes por Europa y América, para preparar o consolidar el trabajo apostólico en diversos países. En algunos de estos viajes se reúnen con muchísimas personas, por ejemplo, durante su estancia en México (1970), en la Península Ibérica (1972) o en América del Sur (1974). El 15 de septiembre de 1975 fue elegido Presidente del Opus Dei, por unanimidad y en la primera votación, dentro del Congreso electivo convocado después del fallecimiento del Fundador. Josemaría Escrivá de Balaguer había fallecido en Roma. En la etapa de Mons. del Portillo al frente del Opus Dei se pueden destacar dos hechos: la erección de la Obra en Prelatura personal y la beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer. Además, Mons. Alvaro del Portillo ha impulsado durante estos años la labor apostólica del Opus Dei en nuevos países, como Suecia, Finlandia, Polonia, Checoslovaquia, Camerún, República Dominicana, Hong-Kong, Nueva Zelanda, Trinidad-Tobago, Zaire, Costa de Marfil, etc. Muchos de esos países han sido destino de sus viajes en los últimos años. Ha promovido también la creación del Ateneo Romano de la Santa Cruz. Desde 1975 a 1991, el Opus Dei ha pasado de 60.000 miembros a 78.000. Mons. Alvaro del Portillo ha sido llamado a desempeñar numerosos trabajos al servicio de la Santa Sede, desde el pontificado de Pío XII hasta el actual, y especialmente durante el Concilio Vaticano II (1962-65). Es Consultor de varias Congregaciones vaticanas y ha participado en los últimos Sínodos de los Obispos. Desde 1975 es Gran Canciller de las Universidades de Navarra (España) y Piura (Perú); desde 1980, ocupa este mismo cargo en la Universidad de la Sabana (Colombia), y desde 1990 en el Ateneo Romano della Santa Croce (Roma). Entre otros títulos honoríficos, es Caballero de Honor y Devoción de la Soberana Orden de Malta (1958) y posee la Gran Cruz de San Raimundo de Peñafort (1967). Además de numerosísimos trabajos teológicos y jurídicos para la Santa Sede y de publicaciones sobre temas históricos, se ha ocupado preferentemente en sus escritos de cuestiones eclesiológicas y pastorales. Algunos de sus libros y ensayos traducidos a varios idiomas han supuesto una notable aportación a la doctrina sobre el laicado y el sacerdocio, por ejemplo, Fieles y laicos en la Iglesia y Escritos sobre el sacerdocio. Desde 1982, es miembro ad honorem de la Pontificia Academia Teológica Romana. Desde 1975 es Gran Canciller de las Universidades de Navarra (España) y Piura (Perú); desde 1980, de la Universidad de la Sabana (Colombia) y desde 1990, del Ateneo Romano della Santa Croce (Roma).
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En la madrugada del 23 de marzo de 1994 fallecía en Roma Mons. Alvaro del Portillo, Obispo Prelado del Opus Dei. Conocí la noticia en Madrid unos minutos después de las nueve de la mañana. Cuando me quise dar cuenta, estaba escribiendo un artículo que debería entregar a un diario de la capital de España antes de las cinco de la tarde. En medio de la urgencia, afloraban en mí las mismas sensaciones que tuve el 26 de junio de 1975, cuando murió Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Incluso, escribía palabras semejantes, como comprobé al encontrar el comentario periodístico que había publicado casi veinte años atrás con el título "Convertir las lágrimas en oración". "Se llora cuando alguno muere, y se siente dolor y el corazón se aflige, y todo se vuelve amargura", proclamaba en sus Confesiones San Agustín, gran conocedor de los contrastes del corazón humano y de la incapacidad de las cosas creadas para colmar las ansias de felicidad. No encontré un modo mejor para describir mis sentimientos aquella mañana de marzo. Esa impresión se agudizaba al tomar conciencia de que no volvería a ver la estampa amable de un hombre que, gastado en mil batallas, derrochó cariño a manos llenas y nunca perdió la juventud del amor. Había pasado muchas horas a su lado, desde 1976 hasta muy poco antes de su fallecimiento: junto con otras personas, le acompañé bastantes veranos, en tiempos de trabajo y descanso, lejos de sus actividades ordinarias en Roma; y acudí con relativa frecuencia a la Ciudad Eterna, para ocuparme de tareas encomendadas por el Prelado del Opus Dei. Sentí muy pronto la necesidad de dar a conocer la figura afable y recia de Alvaro del Portillo, que había deseado esconderse, hasta desaparecer tras el Fundador del Opus Dei, de quien fue "fidelísimo hijo y sucesor", según reza la oración para su devoción privada. En octubre de 1976, vieron la luz mis Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, que alcanzaron una amplia difusión. Por eso, al presentar ahora un libro sobre don Alvaro del Portillo, deseo advertir a los lectores que intento describir su personalidad a partir de mis recuerdos y vivencias, sin perjuicio lógicamente de mencionar otros hechos y datos objetivos. Mi información se agrupa en torno a momentos decisivos en la biografía de don Alvaro, inspirada y apoyada en secuencias de las que soy testigo presencial. Otra advertencia me parece obligada: estas páginas presuponen un cierto conocimiento de la historia del Opus Dei y de su Fundador. Sólo incluyo los detalles imprescindibles para situar mi relato o encuadrar mis impresiones. Cuando es posible o necesario, el recuerdo personal se completa con testimonios cualificados, con algunos libros y documentos públicos o, en fin, con las noticias autobiográficas que surgen -muy de tarde en tarde, justo es reconocerlo- en los propios escritos de don Alvaro. Si se refería a sí mismo era por puro sentido del humor o porque, sin señalar su presencia, le habría resultado más difícil exponer con precisión fiel un rasgo concreto del Fundador. Y, ciertamente, la virtud humana y cristiana de la fidelidad -natural y heroica a la vez- compendia la vida de Alvaro del Portillo. Además, he procurado tener presente una idea que aprendí de él en agosto de 1976, a propósito de los trabajos históricos que le ocupaban por aquella época: deseaba reflejar cómo Mons. Escrivá de Balaguer vivió in crescendo las virtudes teologales y morales a lo largo de las diversas etapas de su caminar terreno. Para lograrlo, consideraba muy importante relatar sucesos vivos; pero, también, evitar el peligro -sobre todo para los que llegaron al Opus Dei más recientemente, o no habían conocido físicamente al Fundador- de quedarse en cosas anecdóticas, sin calar en la profunda santidad de su respuesta cristiana. Esta cautela resulta indispensable al escribir sobre Alvaro del Portillo: porque su existencia estuvo presidida por ese carisma de normalidad característico de las personas humildes, que alcanzan las cumbres de la perfección sin hacer nada raro ni llamativo. Una noche de 1985, anoté en Solavieya (Asturias): "un día más, muy normal en todo, con ese tono sereno -lleno de oración y de trabajo- que se vive siempre junto a don Alvaro". Y es que encarnaba tan ejemplarmente la espiritualidad laical del Opus Dei que, a su lado, parecía cobrar vida un texto del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer sobre la Virgen, en Es Cristo que pasa, 148: "María santifica lo más menudo, lo que muchos consideran erróneamente como intrascendente y sin valor: el trabajo de cada día, los detalles de atención hacia las personas queridas, las conversaciones y las visitas con motivo de parentesco o de amistad. ¡Bendita normalidad, que puede estar llena de tanto amor de Dios!" Al evocar escenas protagonizadas por don Alvaro, se funden en mi memoria ideas antitéticas: natural sobrenaturalidad, heroísmo en lo cotidiano, extraordinaria normalidad. Pienso sinceramente que su correspondencia a la gracia de Dios convertía en santas -divinas- las circunstancias comunes y corrientes de cada día. Transformaba realmente -me sirvo de palabras del Fundador del Opus Dei- en endecasílabo, en verso heroico, la prosa de la jornada. Vibraba con acentos de eternidad en la existencia ordinaria, en las cosas más pequeñas. Y, en todo, con una profunda humildad, que rebosaba mansedumbre y olvido de sí mismo. Se reproducía una vez más la paradoja de los hombres de Dios, que tratan de ocultarse, para que sólo Jesús se luzca -en frase también del Beato Josemaría Escrivá-, y las almas descubren la senda divina de su clamorosa humildad. Ha pasado ya tiempo desde su muerte. Entre cuantos le conocieron, la coincidencia es unánime: Alvaro del Portillo fue fundamentalmente fiel, un hombre bueno, pleno de cariño. Lo sintetizó el comentario espontáneo de Mons. Stanislaw Dziwisz, secretario del Papa Juan Pablo II, cuando recibió las primeras estampas para la devoción privada de don Alvaro, impresas en polaco: "-¡Qué bueno era el Prelado!". Siempre recordaré la paz y el sosiego que vivía e infundía, muestra evidente de su unión con Dios. Pero, al observar ya en la madurez de su vida esa bondad y equitativa ecuanimidad -su serenidad deslumbrante-, me atrevo a sospechar que, más que fruto del temperamento, fueron consecuencia de la lucha ascética, de la victoria de la voluntad y del entendimiento, dóciles a la gracia divina, sobre los rasgos de un carácter enérgico. He procurado hacerlo ver a lo largo de estas páginas: don Alvaro fue un fidelísimo hombre de paz -aun en medio de las más graves dificultades-, con una personalidad afable y firme, leal y paciente, exigente y recia, llena de valentía y audacia, de exigencia consigo mismo y comprensión hacia los demás. Estos rasgos configuraron la imagen amable de un pastor ejemplar en el servicio a la Iglesia.

 Subir CAUSA DE CANONIZACIÓN Finalizada la primera sesión del Proceso con la firma del acta, el Cardenal Ruini tomó nuevamente la palabra. En su discurso, después de hacer un bosquejo biográfico de la figura de don Álvaro, habló del prestigio del que gozaba en la Curia Romana: “fue especialmente relevante la prolongada y multiforme actividad de Mons. del Portillo al servicio de la Sede Apostólica. La profunda experiencia pastoral acumulada junto a San Josemaría, sus patentes cualidades humanas y su competencia teológica y jurídica, lo convertían en una persona apta para múltiples oficios”. Luego pasó a referirse a hechos más recientes: “las ocasiones que tuve de encontrar a Mons. del Portillo habían impreso en mí la persuasión de encontrarme ante un pastor ejemplar: en la firmeza de su adhesión a la doctrina de la Iglesia, en su unión con el Papa, en su caridad pastoral, en su humildad, en su equilibrio, se mostraba con total evidencia una riqueza interior nada común”. Concluyó diciendo: “para garantizar el éxito de los trabajos que nos disponemos a comenzar, invocamos la asistencia del Espíritu Santo, causa principal de la santidad en la Iglesia. Permitidme que también acuda a la intercesión de San Josemaría, de quien Mons. Álvaro del Portillo fue el hijo más fiel y, después, su primer sucesor. El servicio que don Álvaro prestó siempre a la Iglesia de Roma, la prontitud y la diligencia con la cual apoyó las iniciativas pastorales del Santo Padre en favor de su Diócesis eran parte de aquel amor a la Iglesia que había aprendido de San Josemaría”.
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Dios Padre misericordioso, que concediste a tu siervo Alvaro, Obispo, la gracia de ser Pastor ejemplar en el servicio a la Iglesia y fidelísimo hijo y sucesor de San Josemaría, Fundador del Opus Dei: haz que yo sepa también responder con fidelidad a las exigencias de la vocación cristiana, convirtiendo todos los momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de amarte y de servir al Reino de Jesucristo; dígnate glorificar a tu siervo Alvaro, y con-cédeme por su intercesión el favor que te pido… (pídase). Así sea.

Padrenuestro, Avemaría, Gloria

 

   

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