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Lectura de las Horas

Llegaréis a vuestra plenitud según la plenitud de Cristo

Anónimo del siglo IV

Homilía 18,7-11

Los que han llegado a ser hijos de Dios y han sido hallados dignos de renacer de lo alto por el Espíritu Santo y poseen en sí a Cristo, que los ilumina y los crea de nuevo, son guiados por el Espíritu de varias y diversas maneras, y sus corazones son conducidos de manera invisible y suave por la acción de la gracia.  A veces, lloran y se lamentan por el género humano y ruegan por él con lágrimas y llanto, encendidos de amor espiritual hacia el mismo.  Otras veces, el Espíritu Santo los inflama con una ale­gría y un amor tan grandes que, si pudieran, abrazarían en su corazón a todos los hombres, sin distinción de bue­nos o malos.  Otras veces, experimentan un sentimiento de humildad, que los hace rebajarse por debajo de todos los demás hombres, teniéndose a sí mismos por los más abyectos y despreciables.  Otras veces, el Espíritu les comunica un gozo inefable.  Otras veces, son como un hombre valeroso que, equi­pado con toda la armadura regia y lanzándose al comba­te, pelea con valentía contra sus enemigos y los vence. Así también el hombre espiritual, tomando las armas celestiales del Espíritu, arremete contra el enemigo y lo somete bajo sus pies.  Otras veces, el alma descansa en un gran silencio, tranquilidad y paz, gozando de un excelente optimismo y bienestar espiritual y de un sosiego inefable.  Otras veces, el Espíritu le otorga una inteligencia, una sabiduría y un conocimiento inefables, superiores a todo lo que pueda hablarse o expresarse.  Otras veces, no experimenta nada en especial.  De este modo, el alma es conducida por la gracia a tra­vés de varios y diversos estados, según la voluntad de Dios que así la favorece, ejercitándola de diversas mane­ras, con el fin de hacerla íntegra, irreprensible y sin man­cha ante el Padre celestial.  Pidamos también nosotros a Dios, y pidámoslo con gran amor y esperanza, que nos conceda la gracia celes­tial del don del Espíritu, para que también nosotros sea­mos gobernados y guiados por el mismo Espíritu, según disponga en cada momento la voluntad divina, y para que él nos reanime con su consuelo multiforme; así, con la ayuda de su dirección y ejercitación y de su moción espi­ritual, podremos llegar a la perfección de la plenitud de Cristo, como dice el Apóstol: Así llegaréis a vuestra pleni­tud, según la plenitud total de Cristo.

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